La “matanza” de los niños inocentes: Un evento no documentado

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Carlos Araya Guillén, Filósofo (Dr.).

la Escritura, en el Nuevo Testamento que “Al darse cuenta Herodes de que aquellos sabios lo habían engañado, se llenó de ira y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo que vivían en Belén y sus alrededores, de acuerdo con el tiempo que le habían dicho los sabios. Así se cumplió lo escrito por el profeta Jeremías: ‘Se oyó una voz en Ramá, llantos y grandes lamentos. Era Raquel, que lloraba por sus hijos y no quería ser consolada porque ya estaban muertos”. (Mateo 2:16 18/DHH/SBU/2011/Edición Interconfesional).

De los cuatro evangelios sinópticos, Mateo, el hijo de Alfeo y de oficio recaudador de impuestos y posible autor del libro bíblico que lleva su nombre (lo escribió en su propia lengua, arameo, y después se tradujo al griego koiné) es el único que hace referencia a tan siniestro y cruel acontecimiento. Los otros tres apóstoles de Jesús, Marcos, Lucas y Juan, ignoran en sus textos la “matanza” de inocentes. La orden de Herodes Primero el Grande, el famoso vasallo y pechero de los gobernantes romanos, tampoco se encuentra mencionada en ningunos de los manuscritos de la época.

La Escritura sí menciona el hecho de que José y María también tuvieron miedo de Arquelao, hijo de Herodes, que gobernaba Judea. Entonces, dice la Biblia, que se fueron a la región de Galilea, específicamente, al pueblo de Nazaret para que se cumpliera lo que dijeron los profetas, que Jesús sería llamado Nazareno.

Todo parece indicar que es un evento de “verdad histórica” no comprobada por estudiosos y hagiógrafos de la época. El argumento sostenido por algunos en el sentido de que Herodes, por su espíritu m

aligno, tiránico y ambicioso, fue capaz de emitir tal “ejecución” no prueba su realidad. Lo único que reconoce es que Herodes como asesino despiadado era capaz de emitir esa orden. Su miedo a perder el poder lo llevó a matar hasta a sus propios familiares. Gobernante corrupto, cobarde y lamedor de las “gladius” romanas.

Si bien es cierto Belén era una muy pequeña ciudad perdida entre los grotescos montes de Judea y con muy pocos habitantes (por eso se calcula que no había más de una docena de niños menores de dos años en tan pequeño asentamiento de población y sus alrededores), degollar a un grupo de niños inocentes no hubiera pasado inadvertido entre judíos y romanos. Mucho menos para el historiador judío, famoso por su buena memoria, Tito Flavio Josefo (38- 101 DC), quien siempre se preocupó por contar los crímenes de Herodes.

Más que documentar un hecho histórico, el relato bíblico (inspirado por Dios) trata de reelaborar y recordar el decreto del Faraón de mandar a matar a todos los primogénitos del pueblo hebreo (Éxodo 1:16) y recordar el cumplimiento de una profecía. Vale tener presente aquí que Mateo es el evangelista preocupado de asociar la venida de Jesús con el cumplimiento profético de las Escrituras. Por eso, no es de extrañar su referencia a Jeremías como recordatorio de la esperanza mesiánica cumplida.

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El simbolismo de la referencia de Mateo a una “matanza” de inocentes es drámático. Es el mal encarnado en Herodes que trata de “oscurecer” el diáfano misterio de la encarnación. Herodes es el prototipo del dictador asesino que rechaza la verdad, el mensaje de salvación y la llegada del verbo en su locura y necedad de ser el verdadero y absoluto rey. El contraste de la “masacre” infantil con las “buenas nuevas de redención y paz” es evidente y didáctico.

En algunas esculturas y obras pictóricas de antiguos mosaicos se destaca la “degollación” de los niños inocentes pero no con la intención de fortalecer la celebración de “El Día de los Santos Inocentes” y mucho menos convertirla en un culto de festividad religiosa, sino como una alegoría de la tradición.

Un episodio muy trágico para ser verdad. No es coherente con el contexto casi idílico del nacimiento del hijo de Dios. La oración del ángel Gabriel, la promesa del nacimiento del Hijo del Dios Altísimo, un reinado sin fin, la venida del Espíritu Santo sobre María, el himno de Zacarías, los ángeles y los pastores, los sabios de oriente, la luz de una estrella, el niño envuelto en pañales y acostado en un establo (no pesebre), espíritus celestes que cantaban “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”, todos alabaron la llegada de Jesús por lo que habían visto y oído.

Sin embargo, por estas tierras de Dios todos los años se recuerda ese “hecho” el 28 de diciembre pero con inocentadas, burlas, engaños, bromas que, de una u otra manera, tergiversan el verdadero propósito bíblico y teológico de la enseñanza.

Verdad o no verdad la historicidad de los niños inocentes. Creencia, leyenda, imaginería plástica, fe popular sin comprobación del conocimiento verdadero o un recordatorio profético de la antigüedad, lo cierto es que con la plenitud de los tiempos envió Dios a su hijo unigénito (Juan 3:16) para que todo aquel que en Él crea no se pierda más tenga vida eterna. Frente a la perversidad humana de Herodes el Espíritu Santo infunde en la virgen María la naturaleza humana del nazareno. ¡Abbá, Padre!

La Prensa Libre 26 de diciembre, 2016

Carlos Araya Guillén
Educador, político y filósofo costarricense, dirigente del Partido Unidad Social Cristiana, ha sido Diputado y Embajador.

 

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