La mitomanía política   

Los pueblos se indignan cuando constatan que se siguen manoseando sus llagas abiertas. Saben que el movimiento se demuestra andando y pueden captar cuando es mucho el ruido y son pocas las nueces

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Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

Cuenta Plutarco que Alcibíades –quien con sus gravísimos errores había sumido a Atenas en la desgracia y la derrota– poseía un hermosísimo perro al que un buen día le cortó la cola. Sus amigos le hicieron ver que los demás ciudadanos le reprochaban indignados aquel acto tan infame, a los que el discípulo favorito de Sócrates respondió: “Eso es lo que quiero, para que los atenienses hablen de esto y no digan de mí cosas peores”.

Este es, posiblemente, el caso más antiguo que se conoce de la vieja estratagema utilizada por los políticos para distraer a la opinión pública y disimular sus fracasos. Cuando en un desenfrenado afán por conquistar las cimas del poder y obnubilado por la “concupiscencia dominandi”, se recurre al irresponsable expediente de la mendacidad, a la demagogia y a las falsas promesas, mientras que la política adoptada sucumbe en el absurdo y se precipita en un mar de contradicciones, de decisiones erráticas y de alegres improvisaciones, el pueblo constata entonces que ha sido víctima de una burla grotesca y cruel.

Las encuestas negativas, la ira popular y el humor mordaz e irrespetuoso suelen ser los primeros síntomas y vaticinios de vientos de fronda que empieza a soplar cuando el pueblo logra constatar que las falsas expectativas y las seductoras promesas se disipan como pompas de jabón o espejismos en el candente desierto. Si provocar esas amargas y crueles frustraciones en un acto irresponsable, a su vez se cae en el sadismo cuando se persevera en los errores y se trata de anestesiar a las masas populares con una sobredosis de promesas repetidas, de fugaces quimeras e ilusorias utopías, aunque sean relatadas con el tono fatuo, ampuloso y cursi de las novelas rosas.

Los pueblos se indignan cuando constatan que se siguen manoseando sus llagas abiertas. Saben que el movimiento se demuestra andando y pueden captar cuando es mucho el ruido y son pocas las nueces. Por más que se intente mantenerlas hechizadas con nuevas letanías, estribillos y tediosas cantinelas que suenan a falsete, las masas logran distinguir a los auténticos estadistas de los falsos profetas y de los diletantes que no puedan ocultar su amateurismo político. La sabiduría política no se improvisa, pues exige capacidad, talento, experiencia y difícilmente puede ser remplazada con modelos extravagantes que son copiados o impuestos desde afuera. Tampoco sirve de mucho –como suele suceder– el rodearse de un obsequioso séquito de aduladores cortesanos, que actúa como una placenta protectora que acaricia la egolatría y aísla la gobernante de todo un pueblo que termina por preguntarse: “¿Para qué lo rodean de tanto consejero, si sabe equivocarse solo?”.

Lo más grave es que los insólitos protagonistas de tan pintorescos y trágicos melodramas, en lugar de actuar con honestidad y de reconocer que todo ha sido una grotesca mascarada para conquistar el poder tan codiciado con promesas falsas, se obstinan en una mendacidad endémica que sólo sirve para alimentar la hilaridad colectiva, una fastidiosa sensación de burla a la inteligencia popular y un peligroso efecto de autoengaño. El riesgo de transitar por los brumosos senderos de la fantasía, consiste en precipitarse a sí mismo en el abismo de la irrealidad y convertirse en la víctima de su propia mitomanía. Después de todo, el mismo Nerón, convencido de su propia grandeza, exclamo al expirar: “¡Qué gran artista pierde el mundo!”.

Si bien el método de adulterar la realidad no requiere mucho talento y a menudo basta con un poco de imaginación burda y de torpe fantasía, uno de los casos más ingeniosos de la falsificación política fue el del conde Potemkin quien, como ministro de Catalina la Grande, tuvo la genial ocurrencia de construir, con madera y cartón, fachadas fastuosas de aldeas ficticias e inexistentes, a lo largo del trayecto que la emperatriz recorrió durante su viaje a Crimea, para inculcarle la ilusa convicción de que Rusia progresaba y prosperaba bajo su mando. Desde el siglo XVIII, los rusos bautizaron como “potemkinismo” el procedimiento de torturar la realidad en un lecho de Procusto, aquel personaje mitológico que le amputaba o estiraba las extremidades a sus huéspedes para que cupieran en dicha cama. Más recientemente, ellos denominan con el término de “pokazukha”, la perseverante manía, desde el reinado de Stalin, de adulterar las estadísticas para disimular sus fracasos e inculcar una mística colectiva de esfuerzo y sacrificio.

Los episodios más patéticos de esta naturaleza se dieron, a su vez, en la Revolución Francesa en la que un humor maligno precedió el derrocamiento y la decapitación de una monarquía que perseveró en una política de desatinos y de desaciertos fatales, que sólo lograron enfurecer a las muchedumbres, sedientas de sangre y rencor. La noble reina por ser muy dispendiosa, a la vez que extranjera, llegó a ser conocida entre sus irrespetuosos súbditos como madame Déficit. De un ministro de Hacienda, llamado Silueta, se decía que había propuesto toda clase de impuestos, ‘hasta del aire que se respira’ y, ante una indignación unánime, atinó a esfumarse como una sombra furtiva. A los consejeros del monarca se les llegó a conocer, no como notables, sino como ‘notables’ o incapaces. Al bondadoso rey, quien a todos pedía consejo para orientar su mente un tanto perturbada por su confusión en los asuntos de Estado, en lugar de Su Majestad lo apodaron Su Indecisión y, como no era él quien gobernaba y a todos preguntaba qué debía hacer, alguien un buen día se atrevió a responderle: “¡Hágase rey!”. Todo culminó en un baño de sangre, en el que cabezas culpables e inocentes cayeron en el ignominioso cesto de la guillotina y de los sobrevivientes y descendientes que regresaron, después de un prolongado exilio, se decía que en esa larga ausencia “nada aprendieron y nada olvidaron”.

Otras mentes más ingeniosas, antes de sucumbir en el patíbulo de la ira popular, recurren a expedientes menos ortodoxos que las promesas mesiánicas para disimular sus fracasos. Una vieja estratagema de distraer la atención del pueblo ha consistido en provocar un conflicto con una nación vecina y utilizar el patriotismo como una cortina de humo y una válvula de escape, pero se corre el riesgo de que culmine en una guerra y de que el remedio resulte peor que la enfermedad. Otro viejo recurso ha consistido en canalizar las frustraciones populares y desatarlas contra una víctima propiciatoria; para esto fueron útiles los cristianos en la Roma Imperial, los herejes que terminaron en la hoguera en la Edad Media, los judíos en los pogromos zaristas, los armenios en Turquía, los descendientes de esclavos en los Estados Unidos, los intelectuales durante el marcatismo o los ‘enemigos del pueblo’ durante el stalinismo. Lo vil e ignominioso de recurrir a la cacería de brujas es que pagan justos por pecadores y, además, sus efectos suelen ser efímeros, a menos que exista un gran potencial de fanatismo y de credulidad en el pueblo.

Son muchos los gobiernos que, en mayor o menor medida, corresponden al estereotipo que hemos esbozado; pero obstinarse en un avestrucismo en el que se entierra la cabeza para no enfrentar la realidad, tratar de ocultar el sol con un dedo, perseverar en el potemkinismo y en una constante mitomanía, como lo hace quien nos gobierna, resulta absurdo y peligroso. Puede conducir no sólo al suicidio político, sino a colgar también una espada de Damocles sobre la institucionalidad del país. Imitar el ejemplo de Alcibíades puede resultar en la amputación de extremidades más valiosas y apreciables que la cola de un perro, como lo demuestran tantos casos históricos.

El autor es académico, Politólogo, y Ex Viceministro de Cultura.
Publicado en Reflexiones Políticas

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