La montaña rusa

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Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

El intento de Yeltsin de implantar en Rusia el capitalismo salvaje, nos re­cuerda aquella anécdota apócrifa se­gún la cual, cuando Marx escribía su obra Das Kapital, su esposa se quejaba amarga­mente: “¡No me explico cómo Carlitos, con to­do lo que sabe sobre el capital, en lugar de describirlo, no se dedi­ca a acumular uno!”.

Esa gran nación siempre ha vacilado entre Oriente y Occi­dente, que se inició cuando en el siglo IX, el rey de Kiev decidió adoptar una religión y razonó su opción: “La musulmana no, por­que prohíbe el vodka. El judaísmo tampoco, porque su Dios ha abandonado a su pue­blo a la persecución católica. Será el cristianismo ortodoxo, por­que sus cardenales son obesos y viven en la opulencia, señal de prosperidad y sabiduría.”

Posteriormente, el gran occidentalizador fue Pedro el Grande, en el siglo XVIII. Mo­derniza la administración, la educación, el ejército, la armada, la tributación; crea un Senado, impulsa la industria, somete al San­to Sínodo y funda San Petersburgo como una ventana a Occidente, que admira e imita. Actuó en oposición a la tradición y a los esla­vófilos, quienes seguirán creyendo que Rusia debía obedecer mesiánicamente a su propio destino.

Durante el siglo XIX, cada zar iniciaba un nuevo movimiento pendular y, en 1861, se procedió a emancipar a los siervos, por moti­vos humanitarios y para convertirlos en obreros agrícolas o en pequeños agricultores y elevar así la productividad de una tierra ri­ca en cereales, los que se exportaban mien­tras imperaba el hambre y la miseria.

Con la Revolución de 1917, de inspiración occidental, Lenin introduce un sistema de economía mixta, en 1921, después de una sangrienta guerra civil. Stalin impone, en 1929, la colectivización de la tierra, la plani­ficación y la industrialización a ultranza. En una década, logra la revolución industrial que a Europa le tomó un siglo, gracias al Es­tado, a la mística revolucionaria y a un siste­ma de terror que exterminó a cuatro millo­nes de ”kulaki”, pequeños agricultores y a otro tanto de víctimas ideológicas. Después de la invasión nazi de 1941, que mata a 22 millones de rusos y devasta a la URSS, se re­construye aquel imperio que avasalla a Eu­ropa Oriental y se enfrenta en la Guerra Fría.

Cuando en 1953 muere Stalin, Krutchev detiene el baño de sangre. Impulsa la deses­talinización, la desburocratización, una di­rección colegiada, la descentralización y la democratización. Pero, por la humillación de los misiles en Cuba, la sublevación en Buda­pest, su lucha contra los privilegios de la “Nueva Clase”, y su promesa del inminente comunismo igualitario, es destituido por la Nomenklatura, que saboteaba todas las re­formas a sus espaldas.

De 1964 a 1982, Brezhnev comparte el poder con su camarilla en una dictadura co­legiada, que garantiza los privilegios de los “apparatchiki”, que se autoperpetúan como clase dominante. Garantiza la fosilización del sistema colectivista, la petrificación del totalitarismo y un statu quo cuya única nor­ma es el inmovilismo, pero el precio es un di­vorcio con el resto de la sociedad que, sin em­bargo, se moderniza y prospera lentamente.

El siguiente movimiento pendular, de 1985 a 1991, le corresponde a Gorbachov quien inicia otra revolución desde la cúpula. Combate la esclerosis del sistema, el estan­camiento de la economía, la burocratización y la centralización excesivas, mientras re­nuncia al mesianismo ideológico y hegemó­nico. Lucha contra los privilegios, por la li­bertad de expresión, el retiro de Afganistán, un mundo sin guerras y una democracia par­ticipativa, pero con un sistema de partido único.

Esto provocó el fallido “putsch” de los neoestalinistas, en agosto de 1991, en su tor­pe intento por retornar al totalitarismo. Pe­ro poco después, Yeltsin provoca la desapari­ción la URSS y Gorbachov queda cesante, abortándose sus reformas eclécticas para implantar una economía mixta. La URSS, moribunda ya por inanición y por las fuerzas centrífugas de la periferia, se desintegra y es remplazada por la nueva Comunidad de Es­tados Independientes.

Pero de las ruinas de la URSS surge una “Nueva Clase” que trata de implantar ese capitalismo manchesteriano que tanto daño ha causado en el mundo. Esa elite económi­ca está constituida por tres grupos. El prime­ro lo forman los “yuppies”, jóvenes dinámi­cos, talentosos y emprendedores, pero obnu­bilados por el éxtasis del dinero, la ostenta­ción, el éxito y el poder, sin importarles el bienestar del pueblo o la entrega del país.

El segundo grupo lo constituyen los “no­menklaturistas reciclados” que –después de haber confiscado la revolución de 1917–, en­golosinados ahora por el lucro y la rapiña, se apoderan de parte del botín del Estado como bienes de difunto, mediante la privatización, y renuncian súbitamente a sus convicciones para convertirse en la “neoplutocracia” que antes repudiaban.

El tercer sector –el más beneficado, im­portante y corrupto– es el de los “maffiosi”. Es el crimen organizado que saqueaba el sec­tor productivo y controlaba el mercado ne­gro, el contrabando y el hampa, en la sinies­tra y tenebrosa clandestinidad de la “econo­mía de las tinieblas”. Gracias a sus fecho­rías, esos nuevos barones son los únicos que esgrimen una sólida experiencia empresa­rial y gigantescas fortunas, acumuladas so­bre la miseria humana.

Esos capos controlan el 45% del sector productivo, y han movilizado una fuga de ca­pitales de $1.000 millones mensuales al ex­tranjero, desde el inicio del ciclo liberal, sa­queando masivamente al país. Así, el “capi­talismo de iniciativa estatal” dio origen a una élite empresarial que encuentra en el “capitalismo salvaje de iniciativa privada” su caldo de cultivo, engendrándose así una “cleptocracia económica”.

Pero como una reacción y un anticuerpo, el nuevo sistema democrático ha generado una élite política que encarna y esgrime el repudio popular contra esa “economía del go­teo a la Raskólnikov”, que ha agudizado la penuria de las grandes masas, así como una brutal, aguda y excesiva polarización social.

El resultado de la “terapia de choque fon­domonetarista” ha sido que el 90% de la po­blación quedó bajo el nivel del mínimo vital. Sus principales víctimas han sido los ancia­nos, los enfermos y los discapacitados, al cer­cenar los programas de salud, educación, se­guridad social y defensa. En 1993, siete mi­llones perdieron sus empleos, lo que se agra­vó en 1994, mientras que para 1995, la pro­ducción se había reducido en una tercera parte.

Eso explica que el 75% de la opinión repu­dia esa versión rusa del darwinismo social, según The Economist. Por eso, las elecciones legislativas, en diciembre de 1995, reflejaron la impopularidad de esa “economía de budú a la Rasputín” y los liberales son los respon­sables de despertar la nostalgia por un impe­rio totalitario que, al menos, se inspiraba en una solidaridad humana que ahora una vas­ta mayoría comienza a añorar.

Eso también explica que los excomunis­tas, ahora con un programa socialista mode­rado, conquistaran el 21,9% de los votos, que los ultranacionalistas del excéntrico Jiri­novsky obtuvieron un 11,1%, mientras que el grupo neoliberal de Yeltsin apenas logra­ra un insignificante y humillante 9,6% del sufragio, lo que equivale a una aplastante derrota.

Esto no significa un retorno apocalíptico al arcaico y brutal stalinismo –porque las conquistas democráticas parecen irreversi­bles en una nación que atesora enormes va­lores y un elevado nivel cultural– sino el re­pudio a un “anarcocapitalismo a la Karamá­sovi”, igualmente duro, frío y caduco. Por eso se pronostica la adopción de una moderada socialdemocracia al estilo escandinavo, en una coalición de los vencedores, a partir de las elecciones presidenciales, a mediados de este año.

En 1917, Rusia era mitad imperio y mi­tad colonia; dejó ya de ser imperio y si no se detiene el entreguismo, de nuevo será otra colonia económica del Tercer Mundo. Pero una vez más, en ese movimiento pendular se demuestra el fracaso universal de los extre­mismos ideológicos, tanto del comunismo epiléptico como del liberalismo paleolítico. Sobre todo cuando, por abrazar otro credo, como el rey de Kiev, son camaradas los que, en lugar de teorizar sobre el capitalismo, lo’ implantan brutalmente para amasar coque­tas fortunas y vivir como cardenales bizanti­nos.

 

Rodrigo Madrigal Montealegre.
El autor es académico, Politólogo, fundador de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR y Profesor Emérito de esa Escuela y Ex Viceministro de Cultura.
En La Nación 19/01/1996

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