La paz será posible a través de la memoria

Les aseguro que si encaramos el espíritu de nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro; si edificamos la paz desde la justicia, el desarrollo y la naturaleza; si rechazamos el olvido, el armamentismo y la destrucción ambiental; llegaremos algún día a esa tierra prometida, y nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos no serán nunca más mendigos en el reino de sus sueños.

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Óscar rias Sánchez, Politólogo (Dr.).

LXIII Sesión plenaria de la asamblea General de las Naciones Unidas (24/09/2008)

“Como el viejo protagonista del cuento de Charles Dickens, abramos los ojos frente a nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro; es necesario que garanticemos paz y justicia para el pasado, paz y desarrollo para el presente, paz y naturaleza para el futuro”.

He venido aquí con el verbo de la urgencia que carga cualquier líder en los momentos álgidos de la historia. No es éste un año cualquiera. Mientras celebramos esta Asamblea General, millones de personas que antes podían cubrir sus necesidades más básicas, han visto de nuevo la cara de la pobreza. El hambre, ese monstruo abominable que durante tantos años hemos dejado escapar, ha vuelto a ahuyentar los sueños de la humanidad. El pesimismo y la desesperanza se han apoderado de nuestras economías, y quienes menos tienen pagarán, como siempre, las consecuencias. El gasto militar mundial asciende a $3.300 millones diarios, pero la ayuda internacional sigue llegando a cuentagotas a los países más pobres, y a los países de renta media no les llega del todo. Crudos huracanes y sequías intensas nos recuerdan que el planeta reacciona ante nuestra irracionalidad, y el tiempo que nos queda puede ser una cuenta regresiva si no hacemos algo por cambiar.

Tal vez no ha habido una Asamblea General en donde se discutan asuntos más globales que ésta. Nuestra interdependencia nos ha hecho a todos vulnerables, pero en eso radica también nuestra fortaleza. Ayer una nación podía apartar la mirada ante el sufrimiento ajeno, podía desdeñar las penas de los demás. Hoy esa opción no existe. Toda victoria es compartida, todo fracaso es común. El hombre que movido por el hambre corta un árbol en la selva virgen del Amazonas, nos priva sin saberlo de una fracción del aire que respiramos en esta sala. La madre europea que ha debido comprar menos alimentos porque ya no le alcanza el dinero, afecta sin saberlo la economía de todas las naciones del mundo. El niño africano que abandona la escuela por falta de recursos, determina sin saberlo el desempeño futuro de nuestra especie. Estamos todos unidos en esto, y tal vez por primera vez en la historia, nadie puede mirar en otra dirección. Estamos sentados simultáneamente en el banquillo de los acusados y en el de los acusadores, en la galería del público y en la silla del juez. Tenemos que saber aprovechar este momento, en que la igualdad entre las naciones se hace cierta en la igualdad de sus desafíos.

No podremos enfrentar nuestras realidades sin conocerlas en su totalidad. No podremos difundir la luz de la razón en nuestra Tierra, si dejamos a propósito regiones en la sombra. Si hemos de asumir seriamente los retos de nuestros días, es justo que, como el viejo protagonista del cuento de Charles Dickens, abramos los ojos frente nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro; es necesario que garanticemos paz y justicia para el pasado, paz y desarrollo para el presente, paz y naturaleza para el futuro.

En el Preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas, los Estados que integramos esta organización nos hemos comprometido a crear condiciones bajo las cuales pueda mantenerse la justicia. De esas condiciones, quizás la más elemental es la voluntad. La voluntad de exigir el cumplimiento de las obligaciones. La voluntad de alzar la voz frente al irrespeto al Derecho Internacional. Y sobre todo, la voluntad de no dejar pasar desapercibidos hechos que constituyen una afrenta a toda la humanidad.

No sólo con la acción se consiente el mal. También, y sobre todo, con la omisión. Callar, cuando los crímenes son grandes y las responsabilidades son claras, no es ser neutral, sino tomar partido del lado de los agresores. Hay en nuestro pasado reciente crímenes impunes y horrendos, que no claman por venganza, pero sí por justicia. No podemos banalizar el mal. Si no queremos repetir las dolorosas historias de Kósovo y Bosnia, de Rwanda y Kampuchea, entonces es hora de que la comunidad internacional presione porque los responsables de los crímenes cometidos en Darfur, sean llevados a la Corte Penal Internacional. Costa Rica se opondrá a cualquier intento por evadir este camino, que es el camino de la paz. Porque el perdón se basa en la recuerdo, no en el disimulo; y la paz sólo será posible a través de la memoria. Debemos comprender, en palabras de Ellie Wiesel, que “la memoria del mal servirá como escudo contra el mal; la memoria de la muerte servirá como escudo contra la muerte”.

Si el espíritu del pasado nos impulsa a exigir responsabilidades por la violación de los derechos humanos, el espíritu del presente nos impulsa a velar por su cumplimiento actual. Existen muchas formas por las cuales los Gobiernos pueden agredir indirectamente a sus pueblos, y una de ellas es el desmedido gasto militar. Particularmente en naciones en vías de desarrollo, cada misil de largo alcance, cada helicóptero artillado, cada tanque de guerra, constituye un símbolo de las necesidades pospuestas de nuestras poblaciones.

En un planeta donde una sexta parte de la población vive con menos de un dólar al día, gastar $1.2 trillones en armas y soldados es una ofensa y un síntoma de irracionalidad, porque la seguridad de un mundo satisfecho es más cierta que la seguridad de un mundo armado. América Latina no escapa a este fenómeno. El año pasado, el gasto militar latinoamericano ascendió a $39 mil millones, en una región que nunca ha sido más pacífica, y nunca ha sido más democrática.

No conozco mayor distorsión de los valores, o mayor extravío de las prioridades. Con un pequeño porcentaje del gasto militar mundial, se puede dar agua potable a toda la humanidad, poner luz eléctrica en todos los hogares, lograr la alfabetización universal, y erradicar todas las enfermedades prevenibles. No estoy hablando de la utopía de un mundo sin ejércitos. Lamentablemente esa es una idea a la que no le ha llegado su hora. Estoy hablando de porcentajes mínimos de un gasto que puede disminuirse, sin lesionar la capacidad de defensa de los países, particularmente de los países en vías de desarrollo.

Es por eso que mi Gobierno ha dado a conocer el Consenso de Costa Rica (ver discurso Un futuro a la altura de nuestros sueños, 19/9/2006). Estoy convencido de que eso nos traerá mayor desarrollo, mayor seguridad y mayor paz, que todo el dinero que actualmente destinamos a nuestros ejércitos. Hoy les pido humildemente su apoyo a esta iniciativa.

Y les pido también su apoyo al Tratado sobre la Transferencia de Armas (ver discurso Un futuro a la altura de nuestros sueños, 19/9/2006). El poder de destrucción de los 640 millones de armas pequeñas y livianas que existen en el mundo, en su gran mayoría en manos de civiles, merece igual o mayor atención que el gasto militar.

Pero por muy urgente que sea asegurar el desarrollo presente de nuestros pueblos, es igual de importante asegurar su desarrollo por venir. El espíritu del futuro, tal y como lo estamos prefigurando, nos muestra una imagen desoladora, una imagen de destrucción absoluta: es el mundo que nos espera si no hacemos algo aquí y ahora mismo, por declarar la Paz con la Naturaleza (ver discurso No renunciaremos a la vida en el planeta 10 /7/2007).

Hace 60 años, un ilustre costarricense, don José Figueres, abolió el ejército en mi país. Lo que fue el Cuartel General de las fuerzas armadas costarricenses, es hoy un Museo Nacional. Nuestros niños, que nunca han visto marchar a una columna de soldados, conocen sólo la marcha de las columnas de hormigas. Ningún joven costarricense sabe la diferencia entre tal o cual misil, entre tal o cual avión de combate, pero puede distinguir entre los árboles del bosque y los animales del mar, sabe la importancia de los ciclos del agua, y de la energía del viento, los ríos y el sol. La nuestra es una nación de paz con los seres humanos, pero aspiramos también a ser una nación de paz con todas las formas de vida.

Nos hemos propuesto ser neutrales en emisiones de carbono para el año 2021. El año pasado nos convertimos en la nación con más árboles per capita y por kilómetro cuadrado en el mundo, al sembrar 5 millones de árboles. En el 2008 sembraremos 7 millones de árboles más. Lideramos una cruzada internacional en contra del calentamiento global y la destrucción del ambiente, particularmente del bosque primario.

La marcha de la humanidad por la historia no es lineal ni continua. Tiene desvíos y caídas. Tiene incluso dolorosos retrocesos. Como en la obra de Pedro Calderón de la Barca, una mañana amanecemos príncipes, y a la siguiente no somos más que mendigos. Pero no todo en la vida es sueño. Hay realidades concretas que hemos logrado construir. Hay logros indiscutibles en la historia del hombre. Esta organización es uno de ellos. Me dirán que las Naciones Unidas está fundada sobre la búsqueda de la paz, sobre el entendimiento entre los pueblos, sobre el respeto al Derecho Internacional. Y todo eso es cierto. Pero me atrevo a decir que, antes que nada, esta organización está fundada sobre la esperanza. La esperanza de que nuestra marcha sea ascendente, de que nuestro futuro sea mejor, de que exista una tierra prometida detrás de los desiertos de violencia e injusticia, que con tanta valentía hemos podido atravesar.

Les aseguro que si encaramos el espíritu de nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro; si edificamos la paz desde la justicia, el desarrollo y la naturaleza; si rechazamos el olvido, el armamentismo y la destrucción ambiental; llegaremos algún día a esa tierra prometida, y nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos no serán nunca más mendigos en el reino de sus sueños.

 

Óscar Arias Sánchez
Abogado y politólogo, Presidente de Costa Rica en los períodos de 1986-1990 y 2006-2010.
Premio Nobel de la Paz en 1987.

 

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