La política y la cultura

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Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

Cuando un barco tocaba el puerto de Alejandría, durante el reinado de los primeros Ptolomeos, se le registraban minuciosamente sus bodegas, no con el fin de pillar algún contrabando, sino con el propósito de confiscar cualquier libro valioso. Los volúmenes eran entregados a una multitud de copistas, que reproducían réplicas de los originales, los cuales eran devueltos. De este modo, la Biblioteca de Alejandría llegó a compilar 532.000 tomos – incluyendo los manuscritos de Esquilo, Sófocles y Eurípides -, convirtiéndose en el centro más importante del conocimiento y de la cultura, hasta que fue devorado por un incendio.

Casi veinte siglos más tarde, en 1523, el Santo Oficio de España, organizado por Torquemada – el tenebroso y sádico dominico que había sido nombrado Inquisidor General – dispuso que toda nave que echara sus amarras en un puerto español debía ser cuidadosamente inspeccionada con el propósito, igualmente, de confiscar libros. Pero la finalidad era quemar en la hoguera todo aquella obra, cuyo contenido fuera sospechoso de herejía luterana y grandes piras se levantaron en las que se consumieron, no sólo valiosas obras, sino también innumerables vidas humanas, víctimas del oscurantismo intolerante y dogmático. Algo similar sucedería aquella novela de Carpentier, en la que el dictador antillano ordena confiscar toda literatura “roja”, por lo que se procedió diligentemente a incautar “Caperucita Roja”, así como “Le Rouge et le Noir” y “El caballero de la Casa Roja”.

Esa intransigente y cruel persecución, en el momento en que los mecenas italianos del Renacimiento subvencionaban el arte y la cultura, se produjo como resultado de una extraordinaria revolución cultural, provocada por dos inventos fabulosos, provenientes de China: la imprenta y el papel. Con ambos, la pluma se volvió más poderosa que la espada y, como afirmaría Víctor Hugo, el libro sustituía a la catedral gótica, como símbolo de una cultura que remplaza a otra en decadencia. El papel había sido introducido en Europa, en el siglo IX, por los árabes. Anteriormente los egipcios habían utilizado el papiro y, posteriormente, los romanos divulgaron el uso del pergamino, mientras que a la Iglesia se le atribuye, a su vez, el formato del libro, tal como lo conocemos en la actualidad.

La imprenta moderna – introducida, no se sabe aún, si por Gutemberg, Fust o Schoffer – constituyó el segundo elemento transformador de esta profunda revolución mental, que se produjo en el siglo XV y se estima que doscientos años más tarde ya se habían producido 200 millones de libros, entre los cuales el favorito era un “best-seller” intitulado “Don Quijote de la Mancha”. La repercusión inmediata más importante – como lo señala el historiador Hugh Thomas- fue la de contribuir poderosamente a la división de la Iglesia – ya separada entre la vertiente católica y la ortodoxa y debilitada por la profunda crisis moral que erosionaba la autoridad del Papado -, al propagar conocimientos y nuevas ideas, así como severas críticas, que rompieron los viejos y arcaicos moldes del dogmatismo escolástico.

La segunda transformación de mentes y de la creatividad humana se inicia a finales del siglo XVIII, en Inglaterra, en un movimiento casi masivo y obsesivo por descubrir nuevos inventos e innovaciones tecnológicas, convirtiéndose en la Revolución Industrial que modificaría toda la faz del planeta. A su vez tendrá grandes repercusiones culturales, así como políticas, en el desarrollo de las tres grandes corrientes de nuestro siglo: el fascismo, el socialismo y la democracia.

La actitud del fascismo hacia la cultura puede quedar sintetizada en la expresión de un fanático admirador del Duce, quien proclamaba: “Cuando oigo hablar de cultura, me dan ganas de sacar mi pistola”. También quedó plasmada en aquel 12 de octubre de 1936, cuando el gran filósofo, don Miguel de Unamuno, le reprochó a los fascistas su “necrofilia” y su afán de convertir a España en un país de mutilados, ante el grito de “¡Viva la muerte!”. Como respuesta, el general Millán Astray, fundador de la sanguinaria Legión Extranjera, sólo pudo replicar con un grito tenebroso: “¡Muera la inteligencia!, o según otra versión: “¡Mueran los Intelectuales!”

Tanto el fascismo como el nazismo – inspirados en la irracionalidad, la violencia, la agresividad y la guerra – manipularon a las masas recurriendo sistemáticamente a los instintos y las pasiones más primitivas: el odio, el miedo, la venganza y la rapiña. Esto explica la persecución contra todo aquel que tuviera un ápice de materia gris racional. Mussolini, al menos era un hombre de cierta cultura, que dominaba las cuatro lenguas de los protagonistas principales en la reunión de Munich y fue más indulgente con los intelectuales. Hitler, por su parte – como artista frustrado y psicópata sádico – se ensañó contra todo aquel que tuviera alguna manifestación de inteligencia, privando a Alemania de sus mejores mentes, algunas de las cuales le entregaron a sus adversarios los secretos de la bomba atómica.

En el campo socialista, una vez descartadas las dos mentes más brillantes -las de Lenin y Trotsky – todo el poder quedó concentrado en manos de Stalin, de quien su camarada Bujarin decía que era “un Gengis Kan que había leído a Marx y que nos exterminará a todos”, frase que pronto le costó la vida, así como a varios millones de sus compatriotas. Al final de su vida, el genial Padre de los Pueblos pontificaba delirante y peregrinamente – como decía Voltaire refiriéndose a Pico de la Mirandola – sobre todo lo humano, lo divino y otras cosas más. A la ‘intelligentsia’ rusa -al intelectual, al artista y al científico – sólo le quedaron dos alternativas. Una consistía en sucumbir en el conformismo, en dejarse avasallar y en renunciar a la creatividad auténtica, doblegándose servilmente ante los caprichos pseudointelectuales del amo del Kremlin. La otra opción consistía en la disidencia, lo que equivalía a que le alojaran nueve onzas de plomo en la nuca, según una expresión favorita de Stalin, el internamiento en una clínica psiquiátrica o, en el mejor de los casos, el destierro al Archipiélago Gulag. Sólo se podía escoger entre convertirse en cómplice y disfrutar los privilegios de la Nomenklatura o desfilar, como un masoquista, por el camino del calvario al rechazar el ‘socialismo real’. Debemos reconocer, sin embargo que nuevos vientos de deshielo recorren la tundra rusa y que una nueva era de liberalización se inicia con las reformas de Gorbachov, aunque el fantasma de Stalin aún ronda por el Kremlin.

La relación entre la política y la cultura en la sociedad democrática, por el contrario, está regida por los viejos postulados de libertad y de creatividad espontánea, lo que ha dado como resultado un avanzado nivel de tecnología, grandes conquistas científicas y una cultura de masas, gracias a la prodigiosa elevación del nivel de vida. Pero, en forma paralela a una importante proliferación de esa cultura, en la que se cristalizan los más elevados valores estéticos, éticos, espirituales y humanos, la economía consumista ha favorecido la comercialización de una subcultura de fácil digestión, masiva, frívola, superficial y de la más dudosa estirpe, que sólo sirve el propósito de anestesiar, embrutecer y cretinizar, en lugar de enaltecer y estimular, las mentes débiles.

Paradójicamente, el siglo XX debió ser – con todo avance de la tecnología y de la expansión económica – la era en que se daría ese prodigioso salto cualitativo con el que soñaron tantos pensadores. Desafortunadamente se convirtió – con una fuerte dosis de nihilismo, de fanatización, de dogmatismo y de mediocridad – en una página de la Historia que quedará como un estigma de la humanidad.

 

Rodrigo Madrigal Montealegre.
El autor es académico, Politólogo, fundador de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR y Profesor Emérito de esa Escuela y Ex Viceministro de Cultura.
Publicado en La Nación 31/071988

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