La Posada de la Luna

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Elliot Coen Riba.

Pocas cosas son tan ricas como una tortilla con queso. Una vez por semana hacia el trayecto San Jose, Liverpool, Limón. Ahí mi hermano mayor Daniel y yo teníamos una finca. A mi me tocó atenderla unos años.

Para aquel entonces aun no habían terminado la ruta 32, así que inevitablemente tocaba viajar por Cartago, Paraiso, Cervantes, Juan Viñas, Turrialba, Siquirres y finalmente Liverpool, pocos kilometros antes de llegar a Limón. Por supuesto que el nombre de aquel pueblo, Liverpool, de inmediato me recordaba a los Beatles y a veces hasta sentía la necesidad de poner «Let it be» cuando ya iba llegando a la finca, casi como una especie de marcha triunfal por mi llegada. Otra de las cosas que hacía que ese camino de 270 km fuera especial es que siempre tenía la oportunidad de hacer una paradita en Cervantes, en la Posada de la Luna. Para mi era una parada obligada. No solo me encantaba la deliciosa cocina sino también el ambiente nostálgico que cuelga de los muros del lugar. A lo largo del tiempo, el dueño del sitio fue guindando cuanto chunche se encontraba y así las paredes del Restaurante pasaron a convertirse en un enorme tapiz de cientos de historias que deseaban ser contadas.

Salía de mi casa por la madrugada, calculando llegar a La Posada de la Luna para desayunar. Allí me esperaba un pinto con huevos fritos. Al regreso, unos días después, salía de la finca recién almorzado para pasar por allí justo a la hora del café y disfrutar de aquella milagrosa bebida con un gallo de queso a eso de las tres o cuatro de la tarde.

Los chiles jalapeños del lugar eran espectaculares. Cogía uno entero y lo picaba bien menudillo y lo revolvía con el pinto. Reventaba la yema para mojar mi tenedor en ella y tomaba  un bocado del pinto con el jalapeño y me lo llevaba a la boca. Que delicia. Por ese instante todo el viaje valía la pena.

Casi siempre me encontraba solo. ¿Quién quería ir a Limón un fin de semana cuando estábamos en la edad en que los fines de semana se empleaban para la fiesta? Nadie. Solo en la época de carnavales me aparecían «amigos» que ni recordaba yo que tenía. Pero bueno, así es la vida y a mi, la verdad, poco me importaban los paracaídistas. Es más, hasta los disfrutaba. Yo algunas veces también lo fui.  Por eso, mientras mis amigos disfrutaban de la capital yo me sentaba solo en una de las grandes mesas del salón del restaurante y, mientras me servían lo pedido, mi vista recorría los muros del lugar como haciendo un viaje por tiempos y lugares desconocidos.

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En un rincón del lugar colgaban algunas espadas. Unas eran un tanto sofisticadas, otras, las rústicas, eran apenas pedazos de hierro a los que se les había hecho filo.

Las espadas por si solas no dicen nada pero en las manos del hombre cobran vida, se potencializan, adquieren una dimensión única, se pronto parecen vivir. Yo les daba vida con los cuentos que escribía en mi mente de niño.

Me fascinaba una espada con el puño en nácar que mostraba su belleza a la distancia. Era hermosa, muy hermosa. La hoja brillaba y su empuñadura destacaba por los detalles en oro sobre el nácar blanco hueso del puño. Tenía también unas piedras de colores en el tope de la empuñadura que formaban un rombo. Era realmente bella.

– ¿Quien habrá empuñado esa espada? me preguntaba

No pudo ser cualquiera. Esa espada era de alguien importante, no podía pertenecer a un patas vueltas cualquiera. ¿De quién sería? Posiblemente de alguien con un nombre rimbombante como Fernando de la Gracia de Vueltas de Jorco o algo así. ¿Qué sé yo?

A juzgar por la belleza de la espada, detrás de ella debía haber glamour, mucho glamour.

Un día decidí que aquella linda espada perteneció a un valiente caballero que tristemente había perdido su vida en un duelo. Aquel hombre se había enfrentado con un atrevido que le dio un piropo inapropiado a una distinguida señorita de la sociedad cartaginesa.

Es que en aquellos tiempos no era como ahora que algunos se ríen de  las barbaridades que le dicen a las mujeres y nadie sale en su defensa. Que va, en esos años tal atrevimiento te podía costar la vida. Me pregunto ¿En qué momento dejamos de cuidar a nuestras mujeres? Algunos llaman a eso progreso. Progreso mi abuela. Tiene otros nombre pero jamás progreso.

En fin, al apuesto caballero lo imaginé quitándose su guante blanco y golpeándo el rostro del irrespetuoso, retándolo a duelo por tal atropello a la honorabilidad de una dama.

Como era costumbre el oponente escogería las armas, y así fue como se determinó que las espadas se encargarían de dar cuenta de aquel irrespetuoso gesto. Se decidió también que cerca del Guarco, allá en el Tejar, en unos de los potreros de los Fernandez, sería el lugar apropiado para tan terrible encuentro.

Cada uno llegó en su caballo acompañado de algunos de sus amigos. Los padrinos que no podían faltar, allí estaban, compungidos.  

Me pareció que para hacer la locación perfecta, el día sería un típico día de Cartago, nublado, frío, oscuro, triste.

Los padrinos trataron de convencer a sus amigos de cancelar el duelo, pero el agravio era tan grande que el honor no lo permitía. Nada cambiaría la decisión tomada. Y así, el duelo empezó. Se oía el grito de los metales y se podían ver los destellos de los filos que chocaban una y otra vez. En un movimiento totalmente inesperado, hasta accidental diría yo, aquel pachuco, el que se había propasado con la señorita, el que debía morir abatido por el hidalgo, clavó su espada en el pecho de su oponente.

El caballero soltó su espada, cayo al suelo, ensangrentado, primero sobre sus rodillas, después sobre su pecho. Los que veían aquel pavoroso espectáculo no lo podían creer. Mientras caía, de su boca salió un sonido aterrador que aun todos recuerdan. Dicen, los que hoy viven en el Tejar que aun ahora, doscientos años después, en el Tejar del Guarco, en las noches silenciosas se oye el grito de don Fernando de las Gracias de las Vueltas de Jorco. Dicen que es un grito seco, agonizante, último.

El padrino recogió la espada. La guardó como recuerdo de aquel amigo que dio su vida por proteger la dignidad de una señorita. Si hoy en día nos siguiéramos peleando por cada piropo que le sueltan a las señoritas la avenida central seria un río de sangre y muerte. Me quedé con la pregunta ¿En qué momento dejamos de defender a nuestras mujeres, los valores dignos, el respeto? Posiblemente ese día, en que murió el que no debía morir.  

Es que ya nadie da su vida. Fernando de las Gracias de las Vueltas de Jorco fue el último de esos hombres de «adeveras» que ya no existen, que se extinguieron cuando mudaron la capital para San José, creo yo, como que los caballeros se quedaron allá, en Cartago, al cuidado de la negrita en la Basílica de Los Angeles.

El padrino conservó la espada, su hijo también, pero para cuando llegó a manos de su nieto el recuerdo ya había perdido brillo, le pareció demasiado lejano como para  conservar aquel tesoro. Así, la espada dejó de ser un testimonio y se convirtió en simple artefacto del que se podía prescindir sin problema. Quizá de la misma forma que algunos valores lamentablemente pasaron a ser prescindibles y ya no se les requiere tan fuertemente conservados a nuestro lado. El arma se convirtió en un estorbo y fue obsequiada una y otra vez, siempre cayendo en manos de quienes desconocían lo que llegaba a sus manos. Hasta que un día aquella valiosa pieza llegó a manos del propietario de la Posada, alguien que por fin pudo ver su belleza y valor. Este decidió que ya no debía seguir por allí tirada y decidió lucirla haciéndole un espacio en una de las paredes del restaurante. Hoy reposa allí como testimonio del carácter de un caballero, no es una espada cualquiera.

Otro día capturaron mi atención unas pistolas que cuelgan en la pared que da a la cocina. Hay desde fusiles de chispa hasta 38 milímetros como las que usaba Jhon Wayne en sus películas de vaqueros. 

Quizás,  una de esas pistola fue actriz de cine, me digo. Pero ¿Como habría llegado ahí?

Posiblemente un gringillo de esos que aun hoy siguen llegando a Costa Rica se la robó de un Estudio en los Ángeles y se la trajo para Costa Rica. Aquí la usó, mató muchas serpientes en los matorrales y algunos tepezcuintles para el consumo hasta que se quedo sin dólares y la tuvo que vender por nada para regresar a su país, sin fama ni gloria.

Digo yo. Es que mientras me como mi gallo de tortilla con queso dejo que mi imaginación vuele. Quizá para eso inventaron la soledad, para que uno invente o se re-invente ¿No creen?

En otra pared hay fotos de Keneddy. El original, el presidente. Recuerdo que él estuvo en Costa Rica en 1961. LLegó a la Universidad de Costa Rica. Siempre conservo en mi memoria uno de sus discursos, aquel en el que dijo: «antes que termine la década el hombre pisará la luna».

A mi me encanta esa osadía. Yo procuro llevar mi vida así, apuntando a la luna. Algunos dicen que tengo aires de grandeza y les caigo gordo porque quiero alcanzar las estrellas, están en su derecho de verme como quieran, a mi eso no me afecta y a ellos los hace felices, así todos ganamos.

Hoy me senté en otra mesa y un arado me llama la atención. Me concentro en él. Está viejo, muy viejo. Es más herrumbre que hierro. ¿Como sería el caballo que tiro de él? ¿Vallo, pinto, blanco o negro?  No tengo ni la menor idea,  pero en lo que si se ha detenido mi mente es en el hombre que puso sus manos sobre este viejo arado.

Lo imagino un hombre pequeño, Cartago por supuesto, de piel tostada y quebrada por tantas horas trabajando la tierra. Su oficio, agricultor, ¡y a mucha honra!, me parece oírlo replicar.

Este hombre se levanta todos los días a las 3 de la mañana. Descalzo le pone los aparejos al caballo y ara la tierra, hasta que quede blanda, granulada, desmenuzada para que la semilla eche sus raíces sin esfuerzo y la papa crezca, redondita, enorme, a unos centímetros bajo la tierra.

Que oficio más hermoso es el del agricultor. De carajillo me encantaba meter las manos en la tierra. Se siente rico. Si escarbas unos centímetros sientes la humedad de la tierra que huele a valle y a río. Las uñas se te ponen negras como las de aquel hombre que empuñando el arado recorrió laderas aquí cerquita de Cervantes, kilómetros después de Paraiso, preparando la tierra para la siembra.

Cerré los ojos y el olor a tierra mojada, fecunda, se hizo presente, penetrante, fuerte, delicioso. De pronto el camarero me saca del trance para ofrecerme un poco más de café. Le digo que si, uno no puede dejar pasar un traguito más de café. De todas maneras aun me queda como hora y media de «volar rueda» para llegar a casa donde nadie me espera y no tengo apuro. Una vez más regreso al arado viejo y herrumbrado y a su dueño .

¿Cuantos hijos habrá criado este hombre con ese arado? De seguro que muchos porque en esos tiempos esa era la costumbre. No menos de seis o siete pienso. Nosotros fuimos cinco. Eramos bastantes para nuestros tiempos. Ya no se ven familias así. Ya con tres o cuatro nos asustamos. Algunos hasta los llaman irresponsables. Qué barbaridad. Irresponsables son los hombres que están dejando a las naciones sin hijos, sin futuro. ¿Porqué? Por puro egoísmo, para gastarse en ellos todo su ingreso, ya saben la excusa:  los hijos cuestan mucho dinero.

Este viejo de seguro nunca se puso a pensar en eso. Él sabía que Dios le daría el sustento necesario. Es que la gente de campo no se afana con las tonteras de este mundo. Son gente de fe. No como nosotros que ponemos toda nuestra confianza en nosotros mismos. Solo el que ha puesto una semilla pequeñita a un par de pulgadas del suelo y ha tenido la paciencia para verla germinar y producir una papa hermosa muchos meses después, sabe mejor que nadie lo que es la fe y la esperanza.  En cambio nosotros si no vemos como la papa va creciendo no lo creemos. De seguro que si le preguntan cómo se transforma una semilla en una gran papa le dirán cosas tan simples como que porque la semilla es de papa. Además agregarían para burlarse de la tonta pregunta: -Raro seria si la semilla fuera de otra cosa ¿Verdad?

Es que es gente tan sencilla….y tan sabia, a la vez. Les aseguro que si nosotros viviésemos la vida con la «sencillez» de pensamiento de este agricultor no nos saldrían canas. Este viejo ya va llegando a los ochenta y no tiene ni un pelo blanco, él no se preocupa, solo se ocupa. Hoy siembro y mañana cosecho, en medio de esos dos actos aprendemos a esperar en Dios. Nosotros tenemos la vista puesta en la cosecha, él en la siembra y el favor de Dios. Inmensa diferencia.

Como diría mi primo Manolete ¡Qué profundo que  estuvo eso!

De tanto pensamiento se me enfrío la tortilla con queso. Le pido al salonero que me le dé una calentadita. Es que caliente sabe más rico. Mientras el mesero se lleva mi tortilla con queso vuelvo a las paredes, hay tanto que ver.

Me detengo en un billete de 2 colones. ¿Se acuerdan de esos? Según pude ver existieron a principios del siglo 20. Yo me acuerdo de una edición que pusieron a circular por los sesenta. Eran medio rojos. Si, del siglo pasado.

Me acuerdo de ellos porque una vez veníamos todos, mis papas y mis cuatro hermanos, de Puntarenas. Habíamos ido a pasar la Semana Santa al Roble, en casa de unos amigos de mis tatas. En aquel tiempo aún no existía la autopista de San Ramón y tocaba venirse por dentro, pasando por Naranjo, Palmares, Grecia, San Josecito, Alajuela centro, San Joaquin de Flores, Heredia centro, La Valencia y finalmente la Uruca donde tomábamos la Willson hasta La Sabana. A los años hicieron la General Cañas. El viaje al Puerto era largo, caliente, muy caliente, y se duraba como seis mil  “¿Cuanto falta?” que preguntaba mi hermanilla pequeña en cada curva y recta. Si a mi que ya no estaba en edad de esa preguntadera me cansaba oirla, ahora imagínese a mis tatas que nos tuvieron que oir a los cinco con la misma pregunta cada vez que nos montábamos al carro.

Hermosos tiempos aquellos en que mediamos el tiempo de acuerdo al aburrimiento. Entre más aburrido estábamos más largas se hacían las horas. Cuando la contentera era la que mandaba el tiempo volaba. Pero eso era antes, ahora ya no.

Tras que el viaje en carro era largo, a mi papá le encantaba estirarlo más. Para nosotros eso era como una tortura. Cada vez que veíamos un puesto de frutas y verduras en la carretera los cuatro menores, cerrábamos los ojos, empalmábamos las manos como nos enseñaron en la Iglesia y rezamos en coro:

– Que no pare, que no pare, Diosito que no pare.

Algunas veces Dios nos escuchaba. Otras no.

Antitos de Esparza donde hay una curva larga había un puesto de verduras y frutas muy grande, al lado derecho de la carretara. En ese nos detuvimos, para mi Papá aquel lugar era como Disneylandia para nosotros. Miles de cosas para entretenerse, inmenso, asombroso.

El tocaba todo. Cogió un aguacate, lo apretó, me lo pasó y me dijo:

– Ves, está suavecito. Ese ya está para comerse.

– Este otro no, me dijo mientras me cambiaba el aguacate por otro.

– Esta durito. Este lo envolvés en papel periódico y le das unos días.

A mi hermanilla le dio un melón. Le decía:

– Le das un golpe firme y si suena como hueco esta bueno.

– A la papaya hay que meterle la uña del dedo gordo. También le enseñó.

Nosotros bostezábamos del aburrimiento. Lástima no haber sabido que aquello nos iba a servir de viejos, tal vez no nos hubiésemos aburrido tanto.

Por allá mi mamá gritó:

– Cómprate unas naranjas. Son malagueñas que a vos te gustan tanto.

Es que en Chepe solo Washington se conseguían. Son ricas pero las malagueñas son otra cosa. Más dulcitas, menos cítricas.

– Si, si. Que nos eche unas ¢25 en el carro. Contestó papá.

Un señor de unos setenta bien cumpliditos,  con su chonete de lona y su hablar arrastrado era el que nos estaba atendiendo. Papá le pasaba unos aguacates y él los envolvía en periódico y los iba guardando en una bolsa de manilla, grande. Le compramos plátanos, melón, aguacate, sandía y naranjas.

– ¿Cuánto es? Finalmente preguntó papá.

– Once con sesenta y cinco. Contestó el señor.

– Mi papa sacó un billete de diez colones y otro de dos colones, nuevecito. Se lo entregó.

– El señor los cogió y se quedó viendo el de dos.

– Se lo devolvió. Disculpe pero no acepto dólares. Le dijo.

– No, no son dólares. Son colones. Ve aquí dice Banco Central de Costa Rica.

– Disculpe, no se leer. No le puedo aceptar este billete. No es de aquí.

– ¿No tiene uno de cinco? Del bonito con la carreta. Ese si es tico. Le dijo.

– Si, si tengo pero acépteme este. Es de verdad. En ese momento sentí que mi papá se empezó a molestar. De seguro que por la mente de papá pasaron preguntas cómo ¿Qué cree, qué yo lo voy a engañar? ¿Será que no sabe que estos billetes son nuevos?

– Salieron el viernes. En televisión lo anunciaron. Le aseguró pa.

– Aquí no tenemos televisión.

A mi papá como que se le prendió una luz y le dijo a mi mamá:

– Traete La Nación que está en el carro.

Hay en primera página decía: Nuevos billetes de ¢2 colones. Venía una foto de ellos y en las páginas de adentro todo un artículo sobre los nuevos billetes. Papá le enseño el periódico. El señor contestó:

– No se leer. Pero déme el periódico que mi hijo que va a la escuela me lo puede leer. El señor se fue para adentro con la Nación abierta en la página correspondiente.

Como a los cinco minutos regreso, más relajado.

– Si, esta bien. Dice mi hijo que son billetes nuevos. Me lo leyó en el periódico que usted me dio. Mi mujer dice que ella también lo oyó en la radio que habían billetes nuevos de dos.

– Va a disculpar, agregó al tiempo que le daba ¢35 centavos vuelto.

Yo me quedé pensando. Es que eso de darle vuelta en la cabeza a las cosas me viene desde siempre. Nos subimos al Rambler y nos vinimos para San José pero mi mente se quedo ahí, en aquel puesto en Esparza, preguntándome:

¿Porqué no sabía leer? ¿Porqué no le creyó a mi tata? ¿Porqué no tenían tele? ¿Quién era el hijo? ¿ Quién le ayudaba con las tareas si el tata no sabia leer? ¿La mamá? ¿Dónde jugará el chiquillo? ¿Cómo harán para vivir sin tele? ¿Cómo hizo la cuenta sino sabía leer?

Lo que me impresionó del viejo es que dos veces dijo que no sabía leer con una tranquilidad como diciendo que eso de leer no era importante. ¿Será? Me quede pensando.

A la mañana siguiente, para el desayuno, mi mamá hizo jugo de naranja con las malagueñas que compramos con el billete de dos colones que causó tanto polvorín en aquel puesto de frutas y verduras. Ese billete como las espadas o el revolver de John Wayme no es nada, tan solo un trozo de papel, pero en las manos de mi tata fue todo un acontecimiento. ¿Qué habrá hecho el viejo con él?  Siga Usted el cuento. Ahí se lo dejo.

Yo le di los últimos mordiscos a la tortilla. Pedí la cuenta. Al ratito me la trajeron. Pagué y seguí volando rueda para San José.

En el camino me puse a darle cabeza a las cosas. Un poco continuando mi paseo por las paredes de la Posada de La Luna, pero ahora a la distancia. ¿Qué valor tienen las cosas? ¿Qué es una espada sino un pedazo de hierro? ¿Qué es una 38 sino más hierro? ¿Qué es un billete? ¿Una máquina de escribir? ¿Un casco del ejército? Son simples chunches. Lo que los vuelve valiosos, o no, son las manos en las que cayeron un día. En las manos de un hombre o una mujer aquellos simples artefactos toman una dimensión distinta, adquieren vida, se potencializan. Como esa espada de don Fernando de la Gracias de Vueltas de Jorco, por ejemplo.

Lo que quiero decir es que las cosas son eso, cosas. Es lo que hacemos con ellas lo que las hace diferentes. Un libro puede ser un completo bostezo o un viaje maravilloso al conocimiento.  En fin, en medio de tanta divagación y manejada, finalmente llegué a casa. Pero finalmente me quedé con una pregunta:

  • A nosotros los hombres ¿Cúales manos nos potencializan?
  • Las manos de Dios, sin duda. Concluí convencido

 

Yo sé los planes que tengo para ustedes, planes para su bienestar y no para su mal, a fin de darles un futuro lleno de esperanza. Yo, el Señor, lo afirmo. Jeremías 29:11

 

 

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