La primera es gracia

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Damaris Fernández Pinto.

Clementina nació con la mirada oscura. Unas largas trenzas, más azules  que negras enmarcaban su diminuto rostro de ojos centelleantes. Todo en su persona era pequeño, salvo aquella mirada feroz y tímida que se le escapaba de sus silencios ancestrales. Porque sí, ella era indígena de verdad, cartaginesa.

A las cinco de la mañana, cuando el gato saltaba sobre el tejado cazando el último ratoncillo, se la oía encendiendo el horno. La amplia falda almidonada, el gran delantal y la transparencia de su liviandad apenas si dejaban entrever el pequeñísimo pie que corría sin cesar de un rincón a otro preparando el desayuno. Siempre, al despertar, me encontraba con aquellas trenzas y su mirada fija puesta sobre mis hombros.

-Usté sí que es bonita, niña. Y ese novio que tiene, tan bonito. Fíjese que no le eche el mal de ojo.

-Clementina por Dios, qué cosas dice. ¿Cómo echarme el mal de ojo?

-Yo le hablo con experiencia. Los hombres son así. Mire, a mí me lo hicieron. Ahí están los gemelos.

-Pero Tina, cómo dice que son rubios, siendo usted morena?

-El papá era muy bonito, como su novio, de un país que se llama Holanda. Me llevaba al cine, a comer, y después me acostaba en las tucas, cerca del ferrocarril. Pero eso ya pasó, nunca más. Dice mi mamá que me cuida éstos, que otros no. La primera vez es gracia, la segunda, desgracia.

-Pues no vuelva usted a hacerlo, Tinita. Porque, gemelos además…vea qué trabajo tiene para alimentarlos.

– ¿Y el padre no le da algo?

-Se fue, ni los conoce. No sé dónde está.

De pronto una centella cruzaba sobre su frente y la mirada se le encendía como carbón al rojo vivo.

-Pero nunca más, nunca más.

Realizar la labor doméstica, si bien monótona, era su gran orgullo. Se preciaba de hacer el oficio con nitidez, como era su persona.  Su abierta sencillez aumentaba el buen sentido de humos entre quienes la observábamos. A muchas peticiones por parte de mi padre con un bendito timbre con el cual pretendía darle algunas órdenes, una tarde me la encontré desconsolada: su papá dice que a una timbrada es café con azúcar, a dos timbradas es solamente café, a dos timbradas y medio es pan tostado con miel…Esto está muy complicado, mejor me voy.

Poco a poco se familiarizó con la casona. Fue asumiendo todos los oficios y cumpliendo con exactitud todos los mandatos. Una tarde al regresar a la casa di con  dos inditos de cabello dorado. Descalzos, tomados de la mano, de una incontenible dulzura, tanto más, provocada por aquel contraste entre la rigidez de sus facciones y el oro lacio de sus cabezas.

-Clementina, ¡Esos son sus hijos!

-Sí niña, no ve qué bonitos. Pero como dice mamá, la primera es gracia, la segunda desgracia. Aunque sean tan bonitos, ni uno más.

Observé cómo sus manos acariciaban aquellos dos rostros sonrosados y tímidos. Cómo cubrió con sus trenzas los frágiles cuerpecitos y alzándolos los dos a la vez, se los acomodó cual cántaros de luz: dos lumbres encendidas en su cadera morena. La vi alejarse lentamente con su cara preciosa por los corredores, arrullándolos con canciones de cuna que yo no conocía.

Durante varios meses escuché el rumor de su falda, el horno encendido de madrugada y el gato persiguiendo los ratones. No cesó  una y otra vez de advertirme sobre los peligros de mi novio tan bonito. Y de que, para una gracia, ahí estaban los gemelos.

De pronto su mirada ensombreció. Los ojos perdieron el fulgor. Todo su cuerpo se encogió, como dando abrigo a un nuevo dolor. Las trenzas se le cayeron desconsoladas sobre los hombros y los pómulos sobresalieron más que nunca. El delantal se achicó, creció la cintura, perdió la agilidad.

Una mañana encontré su cuarto vacío. El armario sin ropa. La cama tendida. Dejó un papelito, con letra igualmente chica, como ella: la primera es gracia, la segunda…

 

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