La Religión Civil de Rosseau

No pudiendo ir más allá de las mismas limitaciones filosóficas tradicionales Rosseau desplaza de la Idea de Dios al hombre para llevarlo al hombre natural que sin dejar de ser naturaleza, es también espíritu, entendido esto último, como el reflejo de Dios.

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Vladimir de la CruzHistoriador.

Introducción

Es evidente que el problema de la religión, planteado por Rosseau aunque sea una justificación del Estado, como veremos más adelante, nos lleva también a plantear, aunque sin proponérselo, tal vez el mismo Rosseau, la cuestión de la alienación, en el campo de la religión, de la cual, aún siendo él quien fue y viviendo la época que vivió, no pudo desembarazarse.

Enfocaré en el trabajo las dos cuestiones; es decir la cuestión en su aspecto ontológico y en su aspecto político.

La cuestión religiosa rousseauniana

No pudiendo ir más allá de las mismas limitaciones filosóficas tradicionales Rosseau desplaza de la Idea de Dios al hombre para llevarlo al hombre natural que sin dejar de ser naturaleza, es también espíritu, entendido esto último, como el reflejo de Dios.

La enajenación religiosa

El problema de la religión de por sí nos plantea el problema de su alienación, la que puede resumirse de la siguiente manera: “Dios no existe en sí y por sí, como sujeto, sino como objeto que, en definitiva, es un producto humano. En este objeto el hombre se objetiva siendo él mismo o su esencia objetivada, al mismo tiempo que este hombre no se da cuenta de que el objeto de la religión, es decir Dios, es un producto suyo, no reconociéndose él, por lo que esa relación entre objeto y sujeto se manifiesta como enajenación, en la que Dios es la esencia misma del hombre pero fuera del hombre mismo que la creó” (1).

El monoteismo rousseauniano

Nos plantea Rosseau que el hombre vive en una sociedad egoísta en la cual el mismo hombre es un ser degenerado o mejor dicho, desde que los pueblos se hicieron politeístas el hombre dejó de vivir la sociedad natural, de convivencia de todos los hombres. Por esto es necesario que el hombre se reencuentre, pues “todo lo que salió bien de las manos del creador degenera en las del hombre” (2). Lo necesario es volver al Estado del bien. La sociedad, y por qué no el mismo Estado como tal, Rosseau la encuentra divida desde que “Jesús… hizo que el Estado dejase de ser uno y ocasionó las divisiones interiores que no han cesado de agitar a los pueblos cristianos” (3) y, de estas “divisiones nacionales surgió el politeísmo, y de éste la intolerancia teológica y civil que naturalmente es la misma cosa” (4), ya que “los hombres en principio no tuvieron más reyes que los dioses ni otro gobierno que el Teocrático” (5) y; en medio de esa sociedad dividida que se encuentra Rosseau, halla la expresión politeísta pues del “solo hecho de colocar a Dios a la cabeza de cada sociedad política se sigue que hubo tantos dioses como pueblos… dos ejércitos en combate no pueden obedecer al mismo jefe” (6) y, teniendo “cada Estado su culto propio tanto como su gobierno, no distinguía sus dioses de sus leyes. La guerra política era también teológica. La jurisdicción de los dioses estaba, digámoslo así, fijada por los limites de las naciones” (7).

Ante esta situación clamará, como necesario, que la sociedad tenga un asidero que permita a los hombres “estrechar el lazo cívico” (8). Tal es el planteamiento de la cuestión religiosa en Rosseau. Esta respuesta la encuentra en la Religión civil.

Los hombres dejaron de vivir el Estado de naturaleza cuando, aún no sabiéndolo, hicieron el contrato que les permitió la convivencia (9) social.

La religión civil

“Qué se trata pues de encontrar? Una fórmula que posea todas las ventajas de la religión del ciudadano antiguo, sin atentar a la libertad interior del hombre ni a la verdad, sin imponer su contenido propiamente dogmático, de donde nace la intolerancia. Una fórmula que fortifique el lazo social y la obediencia al soberano, profundizando en el ciudadano sus sentimientos de sociabilidad, de fervor hacia la sociedad justa surgida del contrato” (10).

Rosseau va a defender la primacía del sentimiento apelando a las razones “del corazón para establecer la religión, también natural, sin Dios, ni dogmas ni culto” (11). En cuanto a las normas que regirán tal religión serán aquellos que deben “ser sencillos, en corto número, enunciados con precisión, sin explicaciones ni comentarios. La existencia de la Divinidad poderosa, inteligente, bienhechora, previsora y misericordiosa; la vida futura, el bienestar de los justos, el castigo de los malvados; la santidad del contrato social y de las leyes son los dogmas positivos” (12). El único dogma negativo que encuentra es la intolerancia civil y teológica que son una misma.

Dentro de esta problemática cada ciudadano debe tener una religión que le obligue amar a sus deberes, porque una sociedad “de verdaderos cristianos ya no sería una sociedad de hombres” (13) si tienen una religión que sea contraria al espíritu del Evangelio, que reconoce a todos los hombres, en primer lugar, como hijos del mismo Dios y en segundo lugar como hermanos. Al mismo tiempo tal religión no puede ser comprendida ni, mucho menos, realizada si no es a través de la participación estatal en la misma pues de lo contrario sería dejar un ámbito muy importante del quehacer político fuera de su jurisdicción, cual es la Ley, el derecho, que además tiene fuerza en sí mismo y por tal se convierte en lazo de la sociedad.

Con este criterio Rosseau ha criticado ya los tres tipos de religión que él considera y que son propios del hombre, que es la del cristianismo evangélico que es a la vez como una profesión de fe, una manifestación del derecho divino, el que no da ninguna utilidad política en la medida que no apoya religiosamente al Estado, haciendo al hombre antisocial separándolo de las cosas terrestres. Critica también la religión del ciudadano que es la que  se tenía en las ciudades antiguas, la que tiene sus propias normas, rituales y leyes, siendo una especie de derecho divino civil o positivo y con dos grandes errores: por un lado se basa en la mentira y en el error y por otro la hace, a la religión y la idea de Dios, de un modo exclusivo en el tanto pertenecen solo a una Nación y fuera de ella todo le será hostil; no en balde dirá él que “como cada religión (cada ciudad podía tener la suya (14) estaba sujeto únicamente a las leyes del Estado que las prescribía, no había otra posibilidad de convertir a un pueblo que esclavizarle, ni otros misioneros que los (esclavizadores conquistadores”) (15). También critica la religión que es propia del sacerdocio pues es especie de derecho mixto insociable dando poder especial a los sacerdotes, creando una situación conflictiva de jurisdicción la que ha perjudicado enormemente la justa política (“Policía”) (16) del Estado sin que se sepa quién es el que manda, si el Señor o el Sacerdote, siendo el interés del sacerdote ajeno al Estado a la vez que es más poderoso (el mundo extraterreno). Para el logro de este poder los sacerdotes, haciendo alarde de alta política han creado la comunión y la excomunión, por la cual “el clero será siempre señor de los pueblos y de los reyes” (17), nada más contrario al principio de la igualdad!!!

Por esto llegaba a afirmar que “los verdaderos cristianos (los de la segunda religión) están hechos para ser esclavos” (18), no inmutándose porque esta vida es corta, despreciable, la cual tiene apenas un valor ante los ojos, aunque con la llegada de Jesús, que estableció en la tierra un reino espiritual, se estableció en el mundo un violento despotismo que ayudó a crear la división religión-política, dos reinos distintos entre sí, dos señores con  potestades diferentes: el soberano y el sacerdote; por tanto proclama Rosseau que “aquel que se atreva a decir que fuera del Estado de la Iglesia no hay salvación, debe ser arrojado del Estado, a menos que el Estado no sea Iglesia y el príncipe pontífice” (19).

Evidentemente hay confusión de Iglesia y Estado para el justo quehacer político. Esta es la idea básica de Roseeau. Se enfrenta dos concepciones al respecto: a los que dicen que la religión no ha desempeñado, o mejor dicho no desempeña, ninguna utilidad al Estado y a los que consideran que el cristianismo, como tal, es su más firme apoyo. Con respecto a la primera de estas concepciones dirán que Mahoma fue ejemplo de haber sabido aprovechar para él, y haber unido en sí, el culto sagrado con el poder político. En cuanto a la segunda de las observaciones, la del cristianismo como asidero firme del Estado, la halla errónea en la medida que crea un mundo ajeno al terrenal y hace que los hombres se divorcien de las cuestiones puramente políticas, siendo su vicio destructor de su propia perfección ya que “el cristianismo es una religión completamente espiritual ocupada únicamente de las cosas del cielo: la patria del cristiano no es de este mundo; cumple con su deber, es cierto, pero lo hace con una profunda indiferencia del buen o mal éxito de sus desvelos, no teniendo nada que reprocharse, poco le importa que vaya todo bien o mal aquí abajo” (20).

En este sentido podemos decir que Rosseau ve a la religión, como institución oficializada y ajena a los intereses del Estado o separada del quehacer político nada más que como un aspecto alienante, en la definición dada al principio. Hay una sustitución del hombre por Dios. El hombre se relega al plano que no tiene que actuar (¿será este quizás el papel de la praxis de Rosseau?) pues no importa como esté el mundo terrenal sabiendo que el del cielo es perfecto. Hay que dejar hacer del hombre que Rosseau no comparte. Al mismo tiempo Rosseau tampoco comparte la no religión en la medida que ella ayuda al poder político, al estado sirviéndole como lazo, que estrecha más los lazos cívicos de la comunidad política y para ello Iglesia y Estado han de ser uno, como el Príncipe y el Sacerdote. Esta comunidad de religión política será pues la consecuencia del contrato que los hombres realizaron para la convivencia social a la vez que constituirá en esta medida el espíritu social, pero un espíritu social nacionalizado, ya que la religión deberá ser la de la nación. No importando que habiendo la religión nacional puedan existir otros cultos siempre y cuando estos, los cultos y los dogmas que los ciudadanos profesen, “no interesen al Estado ni a sus miembros sino cuanto sus dogmas se refieren a la moral y a los deberes que el que profesa está obligado a cumplir respecto a los demás” (21).

En este aspecto el soberano no se preocupará de lo que piensen sus súbditos excepto que sean buenos ciudadanos en su reino, además de que él, el Soberano, no tiene competencia en ese mundo. Lo importante será para el Soberano que el ciudadano tenga no importa cual religión pero que ésta le impulse a amar sus deberes. Así lo que debe existir será la profesión de fe puramente civil, la que el Soberano o el titular del poder, no la verá como dogmas de religión sino que como  sentimientos de sociabilidad, será “la santidad del contrato social y las leyes” (22).

¿Qué busca Rosseau? El estado civil teológico, pues en el fondo el estado de naturaleza es un estado de concepción teológica. Religión y política son una como el Estado y la Iglesia y el Príncipe y el Sacerdote. La religión rosseauniana viene en el fondo a contradecir los derechos inalienables. Roseeau no puede desembarazarse de las limitaciones mismas de la burguesía al aceptar la religión civil, esto es la nacional, la estatal como una sola unidad de Estado Iglesia. No proclama la completa libertad de conciencia en la posibilidad de eliminar todo tipo de religión. Llega a oponer al hombre natural el hombre civilizado siendo el primero más fuerte, más noble, fuerte a la vez que espontáneo. Esta es la cuestión de porque el hombre debe reencontrarse en su estado de naturaleza, haciendo una identificación de Dios hombre en el estado de naturaleza propiamente dicho. La religión civil es en definitiva el espíritu social del contrato.

(Trabajo hecho, como estudiante, para la Cátedra de Historia del Pensamiento Político, de la Universidad de Costa Rica, impartida por el Dr. Manuel Formoso Herrera, entregado al finalizar el curso, en diciembre de 1970)

Notas

  1. Trabajo hecho por V. de la C. para la Cátedra de Filosofía Contemporánea, curso de 1970, del Dr. Arnoldo Mora sobre La concepción de la praxis en Feuerbach; pág. 1.
  2. Roseeau, citado por Horacio Sanguinetti en Rosseau, pág. 29.
  3. Roseeau; El contrato social pág. 132.
  4. Roseeau; op. cit. pág. 130.
  5. Roseeau; op. cit. pág. 129.
  6. Roseeau; op. cit. pág. 130.
  7. Roseeau; op. cit. pág. 130.
  8. B. de Jouvenel, citado por J.J. Chevalier en los grandes textos políticos, pág. 170.
  9. Mejor expresión que “no sabiéndolo” es  “no dándose cuenta de ello o no proponiéndoselo” conscientemente, pues el mismo Roseeau señala que ese momento, el del Contrato, no podría indicarse expresamente, pero el hecho real es que existió y que gracias a él el hombre vive en comunidad.
  10. J. J. Chevalier; op, cit. pág. 173.
  11. Ángel González Álvarez; Historia de la Filosofía pág. 101.
  12. Rosseau op. cit. pág. 139.
  13. Roseeau op. cit. pág. 135.
  14. El paréntesis es mío.
  15. Roseeau op. cit. pág. 131.
  16. Término empleado por Roseeau
  17. Rosseau op. cit. pág. 133.
  18. Rosseau, cit. por Horacio Sanguinetti op. cit. pág. 29.
  19. Rosseau op. cit. pág. 140.
  20. Rosseau op. cit. pág. 136.
  21. Rosseau op. cit. pág. 138.
  22. Rosseau op. cit. pág. 139.

Bibliografía

  1. Juan Jacobo Rosseau. El contrato social. Ediciones Taurus. Madrid 1966
  2. George Sabine. Historia de la teoría Política. Fondo de Cultura Económica. México 1968, 4ª. Edición
  3. Jean Jacques Chevalier. Los grandes textos políticos. Editorial Aguilar. Madrid 1967, 6ª. Edición
  4. V. S. Pokrovsky . Historia de las ideas políticas. Editorial Grijalbo. México 1966

 

Vladimir de la Cruz
Político, historiador, profesor universitario y ex embajador de Costa Rica en Venezuela. 
Fue candidato presidencial del partido izquierdista Fuerza Democrática en tres ocasiones.

 

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