La resistencia a creer

Lo que no se debe permitir es que esa posición irracional ahogue el debate, y mucho menos que propicie acciones de boicot, sabotaje o bloqueo a los mecanismos de la democracia republicana

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Carlos Francisco Echeverría. 

El debate público sobre la reforma fiscal ha sacado a la luz un fenómeno muy interesante y generalizado. No importa cuántas veces se les diga y se les demuestre, muchísimas personas simplemente se resisten a creer que ya se redujeron sustancialmente las pensiones de lujo, cobrándoles impuestos.

Se resisten a creer que los salarios de los jerarcas del Estado fueron congelados, y que si pasa la reforma fiscal pagarán más impuestos.

Se resisten a creer que los salarios actuales del resto de los funcionarios públicos no se tocan.

Se resisten a creer que la reforma fiscal incluye medidas para evitar la evasión, comenzando por el IVA. Se resisten a creer que la reforma les sube los impuestos a los que más tienen, con el aumento al de renta y al de ganancias de capital.

Se resisten a creer que la norma de subcapitalización sigue incluida en el proyecto.

Se resisten a creer cualquier cosa contraria a su arraigada convicción de que la política, en Costa Rica, no es sino una gran conspiración de los poderosos contra todos los demás.

Además, esas personas se hacen eco y se refuerzan unas a otras, porque no necesitan demostrar nada. Les basta con repetir una y otra vez lo que siempre han creído como dogma de fe. Se les puede razonar, se les puede explicar, se les puede citar literalmente las normas vigentes o propuestas, igual no van a creer. Están en su derecho.

Lo que no se debe permitir es que esa posición irracional ahogue el debate, y mucho menos que propicie acciones de boicot, sabotaje o bloqueo a los mecanismos de la democracia republicana. Uno quisiera pensar que quienes confiamos en esos mecanismos somos la mayoría. Y que lo que tenemos sobre la mesa, después de años de análisis y debates, no es la receta perfecta pero es suficientemente buena, por ahora, para la salud financiera del país. La alternativa, además, sería una debacle económica que, sumada a la falta de fe democrática, nos puede llevar en pocos años al triste destino que viven hoy otros países latinoamericanos.

Tengamos paciencia con quienes se resisten a creer, pero no perdamos la fe en que, aunque queda mucho por corregir, Costa Rica puede salir adelante por las vías institucionales que hemos tardado 200 años en construir.

 

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