La Revolución Francesa

Nadie supo expresar mejor que Voltaire la lucha contra la prepotencia y la intolerancia, cuando al final de su correspondencia exclamaba: “¡Qué muera la infame!”

0

Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo

“¡Después de mí, el diluvio!”, habían sido las palabras lacónicas, enigmáticas y proféticas que supuestamente pronunció Luis XV, poco antes de morir. No obstante, sin duda nunca se imaginó que el vasto movimiento revolucionario que se estaba gestando llevaría en sus entrañas el germen de casi todas las ideas que, a lo largo de dos siglos, harían estremecer el mundo moderno.

Su predecesor, el ‘Rey Sol’, había consolidado un proceso que se había iniciado en el otoño de la Edad Media: la implantación del Estado moderno, del fenómeno nacional y de la monarquía absoluta. Juana de Arco, al final de la Guerra de los Cien Años, encarna el ideal del Estado-Nación y Luis XIV lo conduce a su punto culminante, hasta llegar a la jactancia de proclamar: “El Estado soy yo”. Su hijo se percata, tardíamente, del peligro que implica una excesiva centralización del poder y su nieto pierde su augusta cabeza en la guillotina, por no percibir las causas que promovieron ese extraordinario episodio en la historia del mundo

El motivo más profundo consistió, sin duda, en que la monarquía se aferró al poder absoluto y la vieja aristocracia, ya decadente, a sus privilegios feudales, arcaicos y caducos, mientras que el resto de la sociedad se había transformado y se modernizaba. Mientras la corte soñaba con petrificar el pasado en un inmovilismo oscurantista, ya en los centros urbanos habían surgido nuevos sectores populares que exigían cambios y, sobre todo, una clase media impulsiva, dinámica, codiciosa y erudita que, por sus méritos, reclamaba un rango mayor y una participación política en la esfera del Estado.

Mientras esta burguesía, producto de la difusión del conocimiento, de las universidades y del incipiente capitalismo que ya emprendía el camino de la Revolución Industrial, aspiraba a compartir o conquistar el poder político –esgrimiendo sus credenciales que le conferían su talento, su capacidad creadora y su espíritu de lucro–, con el apoyo de los estratos populares de los cuales emergía, a su vez la alta aristocracia, despojada del poder político, pero no de sus privilegios, se refugia en la corte de Versalles, en una existencia ociosa, fastuosa y frívola que causaba escándalo, envidia e indignación.

Esa vida de lujo cortesano, a su vez, pesaba enormemente en el erario público y en el sacrificio tributario que se le imponía al país. Para corregir esos gastos tan innecesarios y extravagantes, el ministro Fleury implantó un ‘ahorro de cabos de velas’ y al efímero Silhouette no se le ocurrió nada más innovador que recurrir a mayores impuestos, ‘hasta sobre el aire que se respira’, por lo que su nombre quedó acuñado como sinónimo de una sombra tenebrosa que se esfuma. Mientras que el pueblo bautizó a María Antonieta, la dispendiosa reina, con el sobrenombre de ‘Madame Déficit’, ésta sugería frívolamente que si el pueblo no tenía pan, se le dieran pasteles. A su vez, el rey le preguntaba a uno de sus ministros lo que pensaba de un fastuoso y opíparo banquete y éste le respondió: “Impagable señor”.

Pero más pesada fue la cruz tributaria causada por los gastos militares, dirigidos a sostener incesantes e impopulares guerras, en un absurdo y obsesivo afán por modificar el mapa político de Europa, por mantener una posición hegemónica y por rivalizar con las otras grandes potencias. El predominio de la tendencia belicista sólo sirvió para desprestigiar aún más al régimen, para atizar el malestar popular y para conducir al país a la pérdida de la mayor parte de sus colonias ultramarinas.

El abismo que se fue cavando entre la corona y el resto de la nación se amplió aún más con la existencia licenciosa que se le atribuía a la corte, la cual era sacudida intermitentemente por sonoros escándalos y por rumores calumniosos, cuando en realidad la moral reinante era apenas salpicada por alguna ‘peccata minuta’. Esa falsa imagen quedó encarnada en Madame Pompadour, la bella y seductora cortesana que, después de conferirle carnales deleites e ilícitos placeres a Luis XV, asumió la delicada función de escogerle a sus sustitutas, por lo que un cruel libelista le dedicó un cáustico e irreverente epitafio: “Aquí yace la que durante veinte años fue doncella, durante quince años ramera y durante siete años celestina”.

Otra causa que contribuyó a acelerar el proceso revolucionario fue el poder de las ideas, confirmando que, a menudo, la pluma puede ser más poderosa que la espada. Pensadores, eruditos e intelectuales se entregaron a la sistemática y afanosa tarea de erosionar las bases de la monarquía y a divulgar los ideales de la libertad, del progreso, del culto a la razón y de los derechos humanos. “La felicidad es una idea nueva en Europa”, proclamaba Saint-Just, compañero de Robespierre, mientras los enciclopedistas destilaban en sus tinteros los ideales que debían romper las oxidadas cadenas del oscurantismo, del dogmatismo y del despotismo.

Nadie supo expresar mejor que Voltaire la lucha contra la prepotencia y la intolerancia, cuando al final de su correspondencia exclamaba: “¡Qué muera la infame!”. Ninguno supo captar mejor que Montesquieu la necesidad y la aspiración universal de limitar la autoridad arbitraria y absoluta, al proclamar lacónicamente que “sólo el poder detiene al poder”. Pocos oradores interpretaron mejor que Mirabeau la oposición y la indignación del pueblo contra la tiranía, al lanzar su famosa frase de indignación y protesta: “Las bayonetas sirven para todo, menos para sentarse en ellas”.

La Revolución Francesa no consistió ni culminó, como todos sabemos, con la toma de la Bastilla, símbolo universal de la opresión. Aquella fue el resultado de un profundo y prolongado proceso histórico. Tampoco dio a luz, en forma inmediata, a una pura y virginal república, basada en los postulados de libertad, igualdad y fraternidad. Después del 14 de julio de 1789 siguió otro largo proceso en el que, durante muchos años, los revolucionarios intentaron varias fórmulas institucionales. Francia fue obligada a enfrentarse a una poderosa coalición militar, formada por las grandes potencias monárquicas que combatían la expansión revolucionaria y el contagio ideológico.

El asedio internacional, las conspiraciones internas y las luchas intestinas, entre las mismas facciones revolucionarias, arrastraron al nuevo régimen aun sistema de terror, cuya degollina salpicó con sangre culpable e inocente a todos los nobles ideales de la revolución, gracias a la monstruosa invención de un tal Guillotin, hasta que ésta terminó devorando, como el dios Cronos, a sus propios hijos, según la célebre profecía de Danton, quien fue cómplice y víctima de aquel sistema represivo y anárquico que culminó con las gloriosas hazañas de Napoleón.

El diluvio que había pronosticado Luis XV sirvió, al menos, para arrasar en Francia y en casi toda Europa los cimientos de un sistema feudal arcaico y erigir las bases de una sociedad moderna y democrática. La cuota de sacrificio que tuvo que pagar Francia, con sus luchas y convulsiones revolucionarias fue muy elevada y, por lo tanto, igual debe ser la gratitud de la humanidad por haberle señalado el sendero de sus más nobles ideales.

El autor es académico, Politólogo, y Ex Viceministro de Cultura.
Publicado en Reflexiones Políticas

También podría gustarte

Comentarios

Cargando...