La ruleta rusa

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Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

Aunque hayan pasado algunas décadas del desmembramiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviética (URSS) -que muchos hoy desconocen-, así como de la “guerra fría”, hay temas que perduran como el uso y usufructo del poder.

En el caso ruso como en muchos otros, se reinventó a nivel doméstico y readecuó en el campo de la política internacional, sin perder en ningún momento los aspectos esenciales propias de quienes han sido potencia milenaria unificada por Oleg de Nóvgorod en el 882.

El mundo de hoy es distinto al de Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov​, ambos protagonistas de hitos trascendentales, ambos personajes sin quienes el mundo de hoy sería muy distinto o tal vez ni siquiera estaríamos para contarlo.

El mundo de hoy es de los Donald Trump y Vladimir Putin, personajes que juzgará la historia en su debido momento.

La historia de las Nomenklaturas es interminables y las capacidades de adaptación a las épocas y escenarios -desde la gélida Siberia hasta las cálidas playas del Caribe-, es  fenomenal estimados lectores.

RMM

Cuenta una vieja anécdota moscovita que a un disidente soviético, por divulgar un panfleto –en el que denunciaba la represión, la corruptela, el injusto sacrificio del pueblo y el parasitismo de una Nomenklatura que, aferraba a sus privilegios, confiscó la revolución y ha postergado el advenimiento del comunismo prometido– lo condenaron a veinte años en Siberia: “Cinco años por actividades subversivas y quince años por revelar un secreto de Estado.”

Como Gorbachov ha tratado de cauterizar esa gangrena que carcome las entrañas de la URSS, el mundo entero ha festejado con júbilo el fracaso del “putsch” de quienes, al cruzar ese Rubicón estepario, intentaron derrocar a este gran emancipador, al que muchos analistas no tomaron muy en serio al principio de su mandato –“Le Canard Enchainé”, por ejemplo, lo bautizó con humor como –”Gorba-show”– y quien será comparado con Lincoln o Solón. La resistencia heroica del pueblo ruso a los conspiradores evoca, a su vez la toma de la Bastilla, mientras que Yeltsin merece el respeto conferido a Temístocles, a Kutuzov y a Juana de Arco. Pero no debemos precipitarnos en el error de concluir que la perestroika es apoyada unánimemente, ya que ha creado importantes anticuerpos y los usurpadores reflejaban un movimiento de resistencia y oposición que ha obstaculizado seriamente su ejecución.

El primer tropiezo de esta profunda revolución desde la cúpula parece ser un importante sentimiento de neofobia. Es natural y humano el terror a lo nuevo y el miedo al cambio, sobre todo en una vasta nación donde muchas transformaciones – tales como la guerra civil, las purgas, la colectivización forzada o la invasión nazi– ha dejado dolorosas secuelas. El miedo a la mutación y a las innovaciones suele ser paralizante, lo que favorece el conformismo, el inmovilismo y la inercia del statu quo. Instintiva y racionalmente se puede llegar a la convicción de que el cambio no conduce necesariamente al progreso, ni garantiza estabilidad y seguridad. Si es acelerado y precipitado, como parece ser el caso en la URSS, puede conducir al caos, a la anarquía y a la desintegración nacional por la fuerza centrifuga que palpita en el seno de ese vasto mosaico multiétnico.

Otro motivo de oposición a las transformaciones a sido de naturaleza ideológica. Para cierto sector de la “intelligentzia” –pensadores, intelectuales, académicos e ideólogos de la vanguardia proletaria– la perestroika equivale a una claudicación a los postulados más elevados y sagrados del socialismo revolucionario. Abolir el monopolio del poder que le fue conferido como una custodia a la “élite de la élite trabajadora”, desmantelar un Estado totalitario que ha sido considerado como el legado supremo de Lenin, desmembrar el minucioso tinglado de la colectivización y renunciar al laberintino y aparatoso proceso de la planificación, significa, desde esa perspectiva dogmática, renunciar al comunismo. Quienes se atrevan a cometer semejante acto de herejía son considerados como herejes, apóstatas y desviacionistas que sólo merecen ser inmolados en la hoguera de la inquisición revolucionaria.

Otra fuente adicional de resistencia surge como reacción a las reformas económicas, provocando sentimientos contradictorios. Por una parte, parece existir un gran consenso en que el colectivismo, la estatización y el totalismo staliniano fueron decisivos en una primera etapa de desarrollo, pero que se ha convertido en un peso muerto; que esa burocracia hipertrofiada y el megalocefalismo tienden a anquilosar a la sociedad y a frenar la formación plena de una economía moderna y más sofisticada, la cual exige más flexibilidad, eficiencia y agilidad. A esto se opone la ausencia de iniciativa y experiencia empresarial, lo cual constituye un freno a una economía más liberal, como esperan o exigen algunos teóricos demasiado impacientes. A su vez, parece ser serio e importante el prejuicio o la aversión hacia la iniciativa privada ya que, mediante un sistemático lavado cerebral, se le inculcó a todas las mentes que el afán de lucro es considerado como nefasto, repudiable e inmoral, por ser de naturaleza egoísta y por constituir la esencia y médula del sistema capitalista.

Otro motivo de reticencia emerge en el seno mismo de la clase obrera, acostumbrada al pleno empleo y a la seguridad de un puesto, sin sufrir el despido por motivo de ausentismo, de alcoholismo o de ineptitud. Esa garantía de estabilidad laboral lo resume un slogan muy elocuente: “Ellos simulan remuneramos y nosotros fingimos trabajar.” No es fácil tratar de modificar esa cómoda fórmula – como pretende la perestroika – en que el bajo poder adquisitivo del salario se compensa con la inmovilidad laboral, la indolencia y una baja productividad, en un pacto de mutua complicidad, y explica una seria fuente de impopularidad contra las reformas económicas, pues es una amenaza a derechos laborales adquiridos.

Esto explica que el fantasma de Stalin – como el espectro de padre de Hamlet, en el castillo del Elsinore – aún ronda en las centenarias murallas del Kremlin y provoca sentimientos ambivalentes. Por una parte se repudian cada vez más sus métodos sanguinarios su sistema de terror institucionalizado. Por otra parte, perdura cierta nostalgia por el modelo –mezcla de despotismo oriental, de socialismo primitivo, de paternalismo zarista, de idealismo robespierrano y de fascismo revolucionario– que impulsó, en una década, la revolución industrial que le tomó a Inglaterra más de un siglo, que salvó a su país del genocidio nazi en la Gran Guerra Patriótica y que convirtió a la URSS en la segunda potencia industrial y militar. Todavía sobrevive un sector influyente que considera que sólo esos métodos disciplinarios, represivos y de mística mesiánica de Stalin pueden salvar a esa gran nación y que considera –como Nina Andreyeva, esa pasionaria rusa del stalinismo– que Gorbachov es un nihilista que precipita a su nación en el abismo de la anarquía.

La principal fuente de oposición, a su vez, proviene de la Nomenklatura – al acecho en el seno mismo del “Apparat” y en los medios de comunicación – desde donde han tratado de sabotear –como lo hicieron con Krutchev– todas las reformas democráticas, sociales y económicas que Gorbachov, por considerarlas una amenaza a todos los privilegios, dádivas y sinecuras, con las que Stalin los corrompió y los engolosinó para garantizarse su lealtad y que constituyen   – tal y como lo han denunciado tantos marxistas como Trotsky, Djilas o Voslensky– un insulto escandaloso a los postulados igualitarios del comunismo; monopolio de poder, jugosos emolumentos, lujosas residencias, coquetas datchas o quintas de recreo, limosinas con chofer, así como viajes, restaurantes, tiendas, clínicas y hospitales exclusivamente reservados a esa élite dominante o nueva clase disfrazada de proletaria.

Dichosamente los efímeros usurpadores, que consideraban que las reformas abrían una peligrosa caja de Pandora nunca leyeron “La técnica del golpe del Estado”, el libro en el que Malaparte demuestra cómo Lenin se había apoderado del poder con un puñado de militares, controlando rápidamente los centros neurálgicos, tales como medios de transporte y de comunicación del régimen zarista, aplicando una táctica más eficiente que el asalto a los cuarteles.

Por actuar los conspiradores como principiantes que nunca aprobaron el curso más elemental del leninismo, Gorbachov recuperó el poder y ya no será condenado a cinco años de prisión por conspirar contra el statu quo y a quince años de cárcel por revelar el más importante secreto de estado de la gluteocracia soviética. Pero aún si su nación no sucumbe en la sedición, la anarquía y la desintegración, su misión emancipadora y audaz lo expondrá siempre al peligro de esa ruleta rusa desde hace siglos decide, con golpes de Estado, el destino de Kremlin.

 

Rodrigo Madrigal Montealegre.
El autor es académico, Politólogo, fundador de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR y Profesor Emérito de esa Escuela y Ex Viceministro de Cultura.

Publicado en La Nación 11/09/1991

 

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