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La relación no comenzó del todo bien. El mago Méliès lanzó un cohete con una bala de cañón y se estampó en el ojo izquierdo de la Luna. Lorca la previno: “Huye luna, luna, luna. Si vinieran los gitanos, harían con tu corazón, collares y anillos blancos”. La Luna huye, despacio, pero huye: el radio de su órbita se aleja de la Tierra unos 3,78 cm por año. Y no nos lo pone fácil.

En poco tiempo cinco misiones, con distintas banderas, se han dado de bruces con su piel rugosa.

La última ha sido ‘Odiseo’. La misión de Intuitive Machines bajo contrato con la NASA puso pie en la Luna, pero el pie se enganchó en la superficie y Odiseo se inclinó. Cayó de lado. Dos antenas de comunicación y los paneles solares apuntaban en dirección equivocada y ahora Odiseo está congelado y con una pata rota.

En abril de 2023 la sonda japonesa Hakuto-R parecía una polilla confundida, girando a 5 kilómetros de la superficie, hasta que agotó el combustible y cayó en picado. Unos meses después Luna 25, esta vez asunto ruso, no apagó a tiempo los motores y se estrelló un poco más abajo del ojo de la Luna.

Una fuga de combustible forzó el regreso de Peregrino a la Tierra en enero de este año, vaporizándose sobre el Océano Pacífico, diseminando restos biológicos de varios presidentes norteamericanos que formaban parte de su carga. Solo el líder de la nación navajo, Buu Nygren, protestó, en una carta a la NASA, porque “el acto de depositar en la Luna restos humanos y otros materiales, que podrían percibirse como desechos en cualquier otro lugar, equivale a profanar este espacio sagrado”.

No son solo los indios navajo los que cuestionan la ética de llevar nuestras cosas a la Luna. También produce dudas la presencia de una colonia de tardígrados, diminutos invertebrados, resistentes a casi todo, que posiblemente sigan deshidratados, pero vivos, bajo el regolito lunar. Los tardígrados quedaron esparcidos cuando Beresheet, la sonda lunar que Israel lanzó en 2019, se hizo añicos al impactar contra la Luna.

Japón llegó a la Luna en enero de este año con SLIM. Su vehículo experimental, destinado a ensayar alunizajes de precisión (¡qué irónico!), se posó sobre su morro. SLIM quedó literalmente clavado, como el cohete de Méliès.

Tales son los problemas de alunizar con éxito que la NASA ha decidido posponer un año los planes del programa Artemis. El regreso humano a la Luna queda así postergado, como pronto, hasta 2026.

La dificultad de alunizar

La luna no tiene cielo. Desde su superficie, en la gélida larga noche (que equivale a 14 días terrestres), podemos ver amanecer la Tierra y, conforme asciende el Sol blanco, lo único que lo diferencia de otras estrellas es su tamaño y su cegadora luminosidad.

Pero en la Luna no hay viento, ni nubes, ni arcoíris, porque no tiene atmósfera. Sin atmósfera que los sostenga, no pueden utilizarse paracaídas para posar naves suavemente. Esto exige usar motores de frenado hasta el último momento. Tienen que ser muy pequeños, para que la nave pese lo menos posible, y llevar poco combustible. Si la maniobra no es precisa, el combustible se agota y fin de la aventura.

En la piel de la Luna las llanuras escasean. La superficie está sembrada de abismos, cráteres, volcanes y rocas imprevistas. El polvo lunar es un remolino de problemas en el aterrizaje, tanto que la NASA da un dineral a quien lo resuelva. Y, además, el alunizaje no puede controlarse desde la Tierra. Las señales de radio tardan tres segundos en su viaje de ida y vuelta, demasiado tiempo para una maniobra que tiene que decidirse en décimas de segundo.

Con tanta pega, ¿cómo lo lograron los astronautas del Apollo XI?

Era el año 1969, la tecnología pensada para el aterrizaje del módulo Eagle era realmente ingeniosa, pero el ordenador de a bordo dio varias señales de “error” porque no tenía capacidad para procesar tanto dato.

La nave se dirigía al Mar de la Tranquilidad, una planicie perfecta, aunque no del todo. La nave habría caído sobre un cráter de 30 metros de profundidad, con grandes bloques de roca, si Armstrong no hubiera tomado el control manual de la Eagle para sortear obstáculos como si manejara un helicóptero.

Es verdad que no todo han sido fracasos. ‘Chandrayaan-3’, la misión de la India, se convirtió en el verano de 2023 en el primer artefacto en el polo sur de la Luna, aunque los expertos chinos dudan que realmente cayera ahí.

La sonda china Chang’e 4 se convirtió en 2019 en la primera máquina sobre la cara oculta de la Luna y Chang’e 5 ha regresado con trocitos de Luna, pero además ha detectado que en su superficie puede haber entre 30 y 30 000 millones de toneladas de agua congelada.

Investigar la Luna, asentar en su suelo una base humana y explotar sus recursos, que no son para collares ni anillos blancos, está en el empeño humano. Así que nos abriremos paso, por mucho que la Luna se resista.

The Conversation

Publicado originalmente en The Conversation