La tecnodemocracia

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Rodrigo Madrigal MontealegrePolitólogo.

Se decía de un regente de la monarquía francesa que tenia todos los talentos, menos el talento de saber usarlos. En el pasado era más fácil gobernar con un cetro personal, sobre todo cuando se trataba de estadistas excepcionales. Alejandro Magno, Pericles o Julio César podían abandonar sus tronos durante periodos muy prolongados para dedicarse a esa rapiña en gran escala que llamaron imperios. Napoleón y Bolívar dedicaron buena parte de su tiempo como gobernantes en los campos de batalla, dejando el trono vacío y el Estado prácticamente acéfalo, sin que su ausencia tuviera graves consecuencias.

La civilización moderna ha convertido al Estado en un aparato complejo, en una organización expansiva de enormes proporciones, con una gran concentración de poder y una dilatada atribución de funciones, que todo regula y en todo interviene, por lo que resulta nefasto, absurdo y peligroso un sistema de gobierno basado en el criterio egocentrista de “I’ Etat c’est moi”.

Aquella voluntad de poder de los monarcas feudales, los condottieri o los caudillos – que en el pasado sirvió para forjar más de un Estado nacional – ahora acarrea el peligroso riesgo de conducir a graves errores, desaciertos y desatinos y hasta puede precipitar a toda una nación al caos, al desastre y a la ruina.

La forma de gobierno eminentemente unipersonal –el “one man show” en la escena política– resulta anacrónica y extemporánea al agonizar el siglo veinte, aun cuando el protagonista sea un personaje tan omnisciente y erudito como aquel Pico della Mirandola, de quien decía Voltaire con ironía que “sabía de todo lo humano, de todo lo divino y de muchas otras cosas más”.

La tragedia de los dictadores más connotados de nuestro siglo –como el Duce, el Führer, Stalin o Perón– fue la de haberse dejado arrastrar por un narcisismo político, que adquiría proporciones de infalibilidad papal y que los condujo a esa triste celebridad que Stefan Zweig – en su biografía de Nietzsche – denominó como un solitario y trágico “monodrama”.

La realidad y la experiencia, que suelen ser testarudas, parecen confirmar con obstinación que las organizaciones modernas y el Estado particularmente por ser la más compleja, -la más amplia y la que más compromete el destino del ser humano- exigen ser dirigidas por aquellos que esgriman como credenciales un enorme cúmulo de capacidad, de preparación, de experiencia y de esa especial sabiduría que sólo enseña la vida.

Pero también se empeñan con terquedad en el imperativo de que la toma de decisiones emane desde el ámbito de un auténtico trabajo de equipo que integre a los colaboradores más aptos dentro de un marco de concurso y participación. Pero implica, además, la necesidad de recurrir a la consulta del profesional, del técnico, del perito, del experto y del especialista en los campos de acción que afecten las decisiones, así como al criterio, asesoramiento y consejo de los sectores afectados por cualquier resolución.

Si bien es cierto que, en última instancia, es el mandatario quien debe tomar una determinación final, se termina dando espectaculares palos de ciego si las decisiones son el producto del ingenio, la imaginación o la inspiración que, en forma ampulosa y prepotente, surgen por generación espontánea en el claustro de una torre de marfil y son simplemente aclamadas por un restringido séquito que –como una cámara de resonancia o una placenta protectora– nutre con aprobadora adulación a una egolatría hipertrofiada.

El ejercicio del poder exige, por su naturaleza compleja, intervencionista y dinámica, un flujo vital de consulta permanente, un manantial múltiple de asesoramiento y un proceso eminentemente participativo y pluralista.

Esa forma de articulación institucional, con un carácter tecnocrático y a la vez más colectivo, es lo que Galbraith ha denominado como “tecnoestructura” y está integrada por lo que él, con excesivo lirismo y entusiasmo, ha calificado como una nueva raza de hombres: los que – por sus conocimientos, su preparación y su capacidad – hacen posible que cualquier decisión importante sea el producto de un diálogo permanente y de una consulta participativa, en lugar de una improvisación irreflexiva e impremeditada.

Existe, por lo tanto, una distancia abismal de carácter cualitativo entre esa forma moderna de gobierno que Duverger ha bautizado como “tecnodemocracia” y el estilo arcaico de corte monárquico, más unipersonal y egocéntrico. Del gobernante –que no utiliza ese prodigioso manantial de neuronas y no moviliza ese extraordinario patrimonio de materia gris y de riqueza cerebral, que es el mejor tesoro de una nación moderna, y comete graves errores que dejan postrada a toda una nación–  se puede afirmar que tiene a su disposición todos los talentos menos ese tan importante: el que se necesita para saber usarlo.

 

  • El autor es académico, Politólogo, fundador de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR y Profesor Emérito de esa Escuela y Ex Viceministro de Cultura.
    Publicado en La Nación 08/05/1982

 

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