Las brujas y sus calderos: ¿adoradoras del diablo o drogodependientes?

Los estereotipos medievales sobre las brujas las convirtieron en una figura con una fuerte raíz folclórica que pobló las leyendas locales en toda Europa, casi siempre desde una óptica negativa, saturada de tópicos y escasamente realista.

Entre estos tópicos cabe mencionar la firma de pactos diabólicos con marca corporal (stigmata diaboli); la asistencia periódica a aquelarres para reverenciar al diablo, en forma de macho cabrío y festejar en comunidad, mediante bailes, banquetes y orgías sexuales; la capacidad de asistir a los conventículos volando sobre escobas o toneles, metamorfoseadas en animales o a lomos de bestias; la práctica de la antropofagia, sobre todo de niños, etc. Todo ello magníficamente recreado en la película La Bruja (2015), de Robert Eggers.

Tráiler de La bruja, de Robert Eggers.

Durante los siglos XVI y XVII, los procesos de herejía por brujería abiertos por el Tribunal de la Inquisición alcanzaron su máxima expresión, convirtiéndose Europa en una permanente hoguera, fruto de la denominada “caza de brujas”. Se estima que, en toda Europa, medio millón de personas fueron ejecutadas bajo esta acusación, básicamente mujeres, entre los siglos XV y XVII.

En la actualidad, y desde la campaña anticomunista organizada por el senador Joseph R. McCarthy en EE.UU., el término “caza de brujas” viene a referirse a la persecución gubernamental de enemigos políticos incómodos, manipulando pruebas y sin respetar sus derechos civiles.

El caldero de la bruja

Capricho nº 68, Francisco Goya y Lucientes.
Wikimedia Commons

Una de las imágenes más recurrentes del imaginario popular sobre las brujas, además de los vuelos sobre las escobas, ha sido la elaboración de pócimas y ungüentos en sus famosos calderos.

Entre las hierbas que se empleaban en los cocidos de algunas de aquellas consideradas brujas destacan las plantas de la familia de las solanáceas, dotadas de propiedades psicotrópicas y alucinógenas, como el beleño, la belladona, la mandrágora, el estramonio y el eléboro, además de otras especies, como la verbena o el opio.

Las solanáceas son plantas muy abundantes en Europa que crecen en terrenos ricos en materia orgánica, como basureros, cementerios o riberas de ríos, por lo que eran de fácil adquisición.

También se utilizaban sustancias obtenidas de sapos y escuerzos (hoy se sabe que de la piel de ciertos sapos del género Bufo se obtiene la bufotenina, un alcaloide de efectos alucinógenos) y otras de carácter simbólico y valor ilusorio, como las barbas y la sangre del macho cabrío, vinculadas a la transmisión de la lujuria.

Sábado de brujas en el monte Brocken.
Michael Herr / Wikimedia Commons

Para elaborar estos ungüentos, se añadían los extractos de las plantas y sustancias a un caldero de bronce donde se había calentado grasa de gato o de lobo (aunque la superstición popular declaraba que provenía de niño recién nacido no bautizado). Se reservaba la parte más espesa del hervido, del fondo de la olla, para su utilización. La grasa actuaba como espesante y favorecía la absorción del unto tras su administración tópica.

Estas unturas se aplicaban, entre otras partes, en la región genital y sus efectos eran casi inmediatos, al absorberse rápidamente los principios activos alucinógenos a través de la mucosa vaginal, ocasionando alucinaciones en estado de vigilia (sensación de transporte aéreo, fantasías sexuales, etc.). A continuación, sobrevenía un profundo sueño, en el cual lo soñado, al despertar, se confundía con la realidad.

Entre los efectos del beleño se encuentra el de inducir, gracias a su riqueza en alcaloides, como hiosciamina y escopolamina, una extraña sensación de ligereza y de ingravidez, que puede explicar la vívida certeza de estar volando.

Las brujas en el Siglo de Oro

El médico segoviano Andrés Laguna, una de las más brillantes figuras de la cultura europea del Renacimiento, fue posiblemente el primer científico que demostró la relación entre el consumo de sustancias psicotrópicas y lo que se consideraba práctica de la brujería.

En su famoso Dioscórides, Laguna describió los efectos de estos ungüentos, a base de solano, beleño o mandrágora. Fue capaz de demostrarlos experimentalmente al aplicar estas unturas a ciertos sujetos, concluyendo que estas drogas ocasionaban un incremento de la sugestibilidad, induciendo una especie de trastorno mental transitorio. En el capítulo correspondiente al solano o hierba mora, comenta:

“Representa ciertas imágenes vanas, pero muy agradables, lo cual se ha de entender entre sueños… las imprime en el cerebro tenazmente mil burlas y vanidades, de suerte que después de despiertas confiesan lo que jamás hicieron”.

También la literatura del Siglo de Oro se ocupó de este tema. Miguel de Cervantes describió detalladamente los efectos de estos ungüentos en la novela ejemplar El coloquio de los perros, donde una anciana bruja, la Cañizares, confesaba el empleo de estas pomadas:

“Este ungüento con que las brujas nos untamos es compuesto de jugos de yerbas… nos privan de todos los sentidos en untándonos con ellas, y quedamos tendidas y desnudas en el suelo, y entonces dicen que en la fantasía pasamos todo aquello que nos parece pasar verdaderamente. Otras veces, acabadas de untar, a nuestro parecer, mudamos forma, y convertidas en gallos, lechuzas o cuervos, vamos al lugar donde nuestro dueño nos espera, y allí cobramos nuestra primera forma y gozamos de los deleites que te dejo de decir”.

Cervantes describe magistralmente en este pasaje los efectos psicotrópicos de las mezclas de agentes alucinógenos administrados por vía tópica (viajes extracorpóreos, alucinaciones visuales, sensaciones placenteras, etc.).

Vuelo de brujas de Francisco de Goya.
Wikimedia Commons

Los apuntes científicos de naturaleza psiquiátrica de Laguna abrieron una nueva luz sobre la visión social de algunas de las brujas, que comenzaron a dejar de considerarse “poseídas” y ser evaluadas desde la perspectiva de “sujetos enajenados”.

Del mismo modo, los textos literarios cervantinos (cuya semejanza casi literal en algunos puntos con los de Laguna nos hizo postular la teoría del uso por parte del literato de las anotaciones del científico) ponen de manifiesto que estos ungüentos podrían haber sido elaborados, cercenando la excusa ritual o satánica, con fines evidentemente recreativos y lúdicos.

La leyenda de las brujas

Como apuntaba la bruja Cañizares: “buenos ratos me dan mis unturas… y el deleite mucho mayor es imaginado que gozado”. Además, confiesa que tiene un “vicio dificultosísimo de dejar” y que “la costumbre del vicio se vuelve naturaleza”, criterios que hoy forman parte del diagnóstico de los trastornos por abuso de sustancias.

La Cañizares incluso justifica en la drogodependencia sus prácticas brujeriles: “… y como el deleite me tiene echados grillos a la voluntad, siempre he sido y seré mala”. En esta obra, Cervantes nos muestra a una anciana aislada socialmente que es adicta a las unturas elaboradas con plantas alucinógenas. En suma, una persona estigmatizada, en una sociedad marcada por un puritanismo religioso atroz.

Factores como la herejía y los delirios teológicos, las carencias científicas de la época, un mundo misógino, el monolitismo cultural impuesto por la “limpieza de sangre” y el desorden político confluyeron en una caracterización de la brujería más libresca que real.

Y de esta forma convirtieron a parte de un colectivo femenino desarraigado, marginal y añoso en poderosas herramientas diabólicas capaces de turbar la naturaleza. En realidad, se trataba de mujeres drogodependientes y curanderas que buscaban reiteradamente un estado de enajenación en el que disfrutar de determinados placeres.

The Conversation

Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

Publicado originalmente en The Conversation

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