Las Cavernas de Venado

Si pueden, vayan; son las cosas que tiene nuestro país que todos debemos conocer y visitar aunque sea una vez en la vida

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Ana Álvarez Rojas, Psicóloga.

Esta vez me tocó y pude cumplir con un sueño gestado hace ya más de 30 años. Por esas fechas, conocí en la universidad a un amigo que había quedado maravillado con unas cavernas que estaban cerca de La Fortuna de San Carlos.

Las “Cuevas”, como las llamaba, eran amplias, con estalactitas y estalagmitas por todas partes. Con una corriente de agua constante, clara y fría que corría por un cauce pedregoso. Una cascada en lo profundo y la magia saliendo de todas las paredes.

En esos días yo no paraba de preguntarle, cada vez que tenía la oportunidad, sobre aquella experiencia que me parecía alucinante, como salida de un capítulo de “Perdidos en el espacio”. Tenía que asociarlas con algo para poder lograr imaginarlas y esa era, en aquel momento, una de mis series favoritas de televisión.

Les cuento que junto a su relato me asaltaban, de vez en cuando, ahogos y escalofríos, pues siempre he tenido la sensación de que debo tener algún grado de claustrofobia. Me pasa en lugares cerrados, (pero no en todos y no en todos los momentos), aún con solo el hecho de imaginarme en una situación de encierro. Debe ser como una “falsa claustrofobia” o una “claustrofobia selectiva” porque si no, sería en todas las ocasiones que me asaltarían esos
episodios y no es así. Cosa rara, pero bueno, de que me da, me da.

Su relato siempre empezaba contándome sobre la oscuridad total de la cueva, los murciélagos, uno que otro vampiro y sobre las formaciones rocosas con figuras fantasmagóricas.

El interés que generaba en mí era fortísimo. El imaginarme metida en una cavidad oscura, subterránea, llena de animales extraños y con un río que corría a lo largo de ella, me provocaba una gran emoción. Había un solo obstáculo, ¿cómo llegar a ellas?

Mi amigo tuvo la oportunidad de ir con un grupo de estudiantes de su universidad, y yo, ¿cómo le haría para conocerlas? En ese tiempo no era tan fácil hacer este tipo de giras como lo es en estos días. Tuvieron que pasar muchos años para tener esta oportunidad, y por supuesto, no la desprecié; ahora al fin pude cumplir mi deseo de adentrarme en el oscuro y tenebroso corazón de Las Cavernas de Venado.

Me fui con un grupo de “biocaminantes”, con mi querida Agnes como guía y otros aventureros de las bellezas de esta tierra tan querida para todos nosotros. Había que cumplir con ese sueño por tantos años postergado. La verdad es que, al final de la gira, regresé a mi casa con unas ganas inmensas de volver, de tomar más fotos, fotos de mejor calidad, darme el tiempo para hacerlas bien, con calma. Esta vez había tanto por descubrir, tanto que aprender que mi
atención estaba dispersa. Las cavernas tienen para enseñarnos cosas diferentes cada vez que las visitamos, de eso estoy segura.

Y me asaltaron las preguntas, por supuesto. Es que algo como esas cuevas lo dejan a una con un millón de incógnitas, como la evidencia de un sistema educativo que no valora la necesidad de que sus niños conozcan, a fondo, el país en que viven. ¡Qué fallo!, pensé. Bueno y ¿por qué están ahí?, ¿cómo se formaron?

Las Cavernas de Venado son viejas, tienen entre 15 y 20 millones de años y se formaron durante el período Mioceno, que es la cuarta época geológica de la Era Cenozoica (una Era que comenzó hace 65 millones de años y que, por la cantidad de información que manejan los paleontólogos, han tenido que dividirla en épocas). En esa época hubo mucha actividad geológica. Los continentes siguieron moviéndose hacia lo que hoy conocemos.

La actividad orogénica (del griego oros=montaña y génesis = creación u origen) fue bastante activa formándose muchas de las cordilleras que hoy conocemos. También se empezaron a formar cavernas, como las de Venado. Es un proceso larguísimo que puede durar millones de años.

Son cavidades naturales del terreno causadas por algún tipo de erosión de corrientes de agua, hielo o lava, o la combinación de algunos de estos factores. Las cuevas son formadas por procesos de espeliogénesis (a quienes estudian las cavernas se les conoce como espeleólogos), lo que involucra actividad, química, geológica, fuerzas tectónicas e influencias atmosférica.

Así también se forman las estalactitas (las columnas que cuelgan del techo de la cueva) y las estalagmitas (salen del suelo hacia arriba). Ellas están íntimamente relacionadas porque al filtrarse por el techo una gota de agua cargada de un mineral blanco llamado calcita y evaporarse el agua, ese material se va acumulando y froma la estalactita, y al caer esta gota al suelo también se acumula el mineral y va creciendo hacia arriba formando la estalagmita. Este proceso es tan lento que estas formaciones pueden crecer unos 0.5 cm. por siglo.

Llegar a las Cavernas de Venado es sencillo, están a tres kilómetros al Este del pueblo de Venado, como a unos 45 minutos de La Fortuna de San Carlos, provincia de Alajuela. Del punto de encuentro, hay que caminar unos 300 metros hasta encontrarnos con un pequeño riachuelo donde está la entrada principal. Una boca oscura y amplia. A partir de ese punto, la oscuridad es completa: como quien dice, antes de ahí, la luz; después, las tinieblas. Iniciamos el ingreso con nuestro guía, Henry, quien nos acompañó e instruyó todo el trayecto.

Hay muchas cosas que conocer y él nos permitió aprender muchas de ellas, como la extensa población de murciélagos que vive allí y una pequeña comunidad de vampiros, ranitas, sapos y arañas.

Conocimos un hoyo al que llaman “El parto” por el que teníamos que pasar acostados y de lado, que daba a una pequeña cámara cuya pared tuvimos que escalar para llegar a otra, más arriba y del mismo tamaño.

Llegamos al “Altar”, una formación rocosa blanca, muy húmeda y con pequeñas cavidades llenas de agua. Parecía un templo de sal.

La Papaya es icónica, y de aproximadamente 2 metros de altura. He encontrado notas que dicen que es una estalagmita y, otras, una columna de roca. No sé en realidad, pero de ser una estalagmita: ¿cuánto habrá durado en formarse?

Siguiendo los oscuros pasadizos, nos encontramos, en aquellas profundidades, una cascada de agua fresquísima. Les juro que esto generó una emoción y una paz pocas veces vivida.

También pasamos por canales muy bajos y llenos, hasta la mitad de la cavidad, de agua corriente con un piso de lodo por los que debíamos gatear para avanzar hacia otra cámara mayor.

Si es por contar, hay miles de cosas que describir. Solo puedo decir que la experiencia es inigualable. He estado en otras cavernas, como la de Olla Quemada en Piedras Blancas de Pérez Zeledón, y las de Barra Honda, cerca de Nicoya. Pero siendo sincera, mis preferidas, ahora, son las bellísimas Cavernas de Venado.

Si pueden, vayan; son las cosas que tiene nuestro país que todos debemos conocer y visitar aunque sea una vez en la vida. Tengo muchísimas fotos más y me costó mucho decidir cuáles poner. Espero que las disfruten, como yo cada vez que las veo. Gracias por llegar hasta aquí acompañándome en mi relato. Hasta la próxima.

 

 

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