Las llagas abiertas

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Rodrigo Madrigal Montealegre. 

Llegó el momento de abandonar Sevilla, me despedí de los compañeros de ruta y tomé uno de los trenes locales con locomotoras decimonónicas que, impulsadas con carbón mineral, avanzaban lentamente, ennegreciendo el cielo con una densa estela de hollín y se detenían en todas las aldeas a su paso, por lo que entre sus pasajeros abundaban los campesinos y los aldeanos, gente buena, simpática y jovial.

En cierto momento se me agotaron los cigarrillos, por lo que alguien me sugirió que descendiera en la siguiente parada, en donde los podía conseguir en la estación. Pero quiso la mala suerte que, al regresar al andén, el tren ya se había largado. Me invadió una angustiosa sensación de soledad, de abandono y, sobre todo, de infinita impotencia, porque el tren se alejaba con mi maleta, mi pasaporte y mis escasas pertenencias.

Afortunadamente, un aldeano que adivinó con gran agilidad mental lo que me había sucedido, me espetó con un tono imperativo: “¡Pues, hala! ¿Qué esperas? ¡Corre y lo alcanzas!”. Sin pensarlo un instante y como no tenía otra alternativa, obedecí y empecé a correr como un galgo detrás de aquel tren que me llevaba ya un largo trecho de ventaja, pero que marchaba perezosamente en aquella maratónica tan asimétrica.

Entonces, mis compañeros de viaje, desde las ventanas del tren, me alentaban a no claudicar: “¡Corre! ¡Más de prisa! ¡No desistas! ¡Más rápido y lo alcanzas!”. Ya no me quedaba aliento, el calor me debilitaba, me flaqueaban las fuerzas y me dolían todos los múscu- los de las piernas. Finalmente, logré alcanzarlo, por lo que recibí, como recompensa por mi hazaña, una andanada de aplausos y ge- nerosos sorbos de varias botas de vino.

Entre la gente joven y alegre iba un grupo de tunantes quienes, por divertirse, le repartían bromas a todo el mundo. En cierto momento, notaron que un anciano había ingresado en el inodoro; entonces, uno de ellos tocó la puerta con fuerza y exclamó con acento burocrático: “¡Señó, su boleto, por favó!”. Se entreabrió apenas la puerta y salió una mano temblorosa y senil que entregó un boleto en el vacío. Todos reímos alegremente festejando la travesura, pero más tarde tuvimos que pasar las de Caín, convenciendo al auténtico revisor de que la víctima de aquella travesura ya había entregado su boleto.

En aquel tren, iba una estudiantina, esa festiva comparsa de estudiantes universitarios vestidos con los tradicionales trajes y capas medievales, que interpretan canciones jocosas con guitarras, mandolinas, laúdes, bandurrias y panderetas, con el propósito de recoger dinero para viajar durante las vacaciones. Así, aquel viaje caluroso, incómodo y prolongado, se tornó más ameno con los cánticos picarescos de aquella alegre tuna:

“Una vez, que te quisí y tu madre lo supió, como tiene el genio así, todo lo descompusió…” “Ya no me caso contigo, porque me dijo tu tío que estabas en el balcón, haciendo pio, pio, pio, pio…” “Cuando yo me muera, tengo ya dispuesto en el testamento que me han de enterrar en una bodega al pie de una cuba con un grano de uva en el paladar…” “Pobrecitos los borrachos, que están en el camposanto, que Dios los tenga en su gloria por haber bebido tanto…”.

Pero, de repente, durante una pausa, se escucharon tres voces potentes y masculinas que, acompañadas por las guitarras, entonaron una canción que, en España, no se escuchaba desde la época en que la República se enfrentó a la sangrienta guerra civil: “Pueblo de España, ponte a cantar, pueblo que canta no morirá. Canta el martillo, canta el motor y canta el brazo trabajador. Pueblo de España ponte a cantar, pueblo que canta no morirá…”.

Como poseídos por un súbito contagio, la mayoría de los pasajeros del vagón se unió para entonar aquella canción, en una especie de catarsis colectiva y, como retrocediendo en el tiempo e imaginando por un instante que se encontraban en plena guerra civil, alguien gritó con el puño levantado: “¡No pasarán!”. Se escuchó, entonces, un eco solemne que afloró de aquellos pechos reprimidos, nostálgicos y humillados, que disfrutaban un efímero instante de libertad: “¡No pasarán!”, “¡No pasarán!”.

Súbitamente, todos callaron. Se impuso un profundo silencio, como si la cruel verdad de repente levantara sus dolorosos velos y los triturara con saña; como si la fría y dura realidad cayera como una pesada lápida de granito y sepultara las ilusiones y las esperanzas que intempestivamente afloraron como un efímero destello en medio de la oscura, vasta e infinita eternidad. Con respeto y conmiseración observé cómo se inclinaron aquellas cabezas viriles con ira contenida y dura resignación, mientras muchos de aquellos ojos varoniles se llenaron de esas lágrimas viriles que afloran con la humillación.

Otras notas:

Entonces recordé que, paradójicamente, el anarquismo había gozado de gran apoyo entre los campesinos andaluces, siendo usualmente un movimiento eminentemente obrero. Afortunadamente, cuando unos curas y unos militares que viajaban en primera clase se irguieron como cobras, se evitó un grave incidente gracias a que la estudiantina tuvo el acierto de continuar con sus alegres canciones de la tuna: “No te acuerdas cuando te decía, a la pálida luz de la luna, yo no puedo querer más que a una, y esa una, mi vida, eres tú. Triste y sola, sola se queda Fonseca, triste y llorosa queda la universidad y los libros, y los libros empeñados en el Monte, en el Monte de Piedad…”.

Llegué a Toledo, en donde puede uno palpar todo el pasado y la grandeza de aquella nación.

Esa noche un joven historiador, quien se ganaba unos cuantos duros en el verano como guía de los museos, me aclaró, en voz muy baja, mientras, en una tasca, saboreábamos unos boquerones con una sabrosa copa de jerez: “El profundo sentido de la dignidad, de la intransigencia y de la valentía del pueblo español quedó demostrado durante toda la guerra civil en episodios como ese. Tanto el heroísmo como las aterradoras represalias, engendrados por la polarización social, la manipulación ideológica y la intolerancia, vertidos en la hoguera de un fanático dogmatismo, como suele ocurrir en todas las guerras civiles, fueron el patrimonio de ambos bandos”.

“Moscardó es uno de los ídolos de la dictadura franquista” –continuó el guía y joven historiador, después de un sorbo de jerez– “pero también nosotros, los republicanos, tuvimos nuestros héroes, como fue el caso de los dinamiteros en Asturias quienes, atados con explosivos y muriendo como mártires del idealismo, se inmolaban al lanzarse como suicidas contra los blindados. Pero esa historia del hijo de Moscardó es un mito, una mentira a medias, porque no fue fusilado durante el asedio del Alcázar, sino que murió después, como represalia por el vil bombardeo aéreo de la población civil”.

Entonces, entre boquerones y copas de jerez, me contó la historia de un colega suyo quien guió a un grupo de extranjeros, mostrándoles todos los tesoros que encierra la seductora ciudad de Toledo y, en la noche, los acompañó a cenar en la posada en donde se hospedaban. Cuando se despidió de aquellos forasteros, uno de ellos con una voz trémula y casi con un susurro, le rogó que le deparara un inmenso favor.

Con una mirada suspicaz, como si temiera que un peligro lo acechara, de una vieja carpeta de cuero, aquel hombre sacó un pergamino en el que el guía, gracias a la tenue luz de la luna y de un farol de aquella callejuela empedrada, reconoció un plano extraño de la vieja ciudad de Toledo, escrito en un lenguaje muy cervantino. Entonces, en un lenguaje similar, aquel hombre extraño le solicitó con vehemencia que lo condujera a un sitio señalado con una cruz.

El guía lo condujo por un laberinto de callejuelas oscuras, mientras aquel personaje tan singular levantaba sus humedecidos ojos hacia la luna que les iluminaba el camino y, con un tono muy emotivo, musitaba una canción extraña: “Alta, alta es la luna, cuando empieza a esclarecer, hija hermosa sin ventura, nunca llegue a nacer… Cartas arrecibiremos, y los dos nos veremos, en un nido dormiremos, y en junto conversaremos…”.

Cuando llegaron al sitio indicado, se detuvieron frente a una casa muy antigua. Entonces, el curioso personaje abrió un viejo estuche de cuero y sacó una antigua llave de bronce que, con la mano temblorosa, trató de insertar en la cerradura de aquella puerta.

Al constatar que el intento era inútil, le explicó al guía que esa era la casa que había pertenecido a su familia sefardita, expulsada en 1492, cuando Toledo era considerada la segunda Jerusalén y contaba con dos sinagogas construidas por musulmanes. Añadió que aquella llave, entregada solemnemente de mano en mano, de padre a hijo, durante muchas generaciones, simbolizaba la esperanza de que, algún día, rescataría el hogar confiscado cinco siglos atrás.

Nos despedimos y, al día siguiente, tomé el tren de regreso, dejando aquel estupendo país todavía desgarrado por una sangrienta degollina que fue, simultáneamente, una feroz lucha de clases, una guerra civil, un conflicto fratricida, un duelo ideológico y una batalla internacional en el que las potencias totalitarias lo convirtieron en el laboratorio de sus nuevos armamentos, así como en la carne de cañón de la intolerancia, la ambición y el fanatismo ciego. Aquella orgía de sangre cavó la tumba de un millón de seres humanos, sacrificados absurdamente y dejó a toda una nación con las venas abiertas.

Rodrigo Madrigal Montealgre
Académico, Politólogo, Ex Viceministro de Cultura

NOTA:
Este cuento forma parte de la obra “Mascarada parisina”, de Rodrigo Madrigal Montealegre, publicada por Uruk Editores el año 2015, previa autorización del autor.

Quienes tengan interés en adquirir el libro, pueden escribir al siguiente correo: info@larevista.cr

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