Las Olimpíadas de Mexico 68

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Elliot Coen Riba.

Justo hoy murió Steve Jobs, fundador de Apple. Yo me encuentro escribiendo este cuento frente al mar, en la avenida Balboa en Panamá en una Ipad 2, una de sus últimas genialidades tecnológicas. Mientras deslizo mis dedos por la pantalla, también medito en cómo la tecnología nos acompaña en nuestra construcción como personas, en cómo influye en la formación de nuestra identidad y también permite que nuestros mentes se vean pobladas de recuerdos maravillosos.

Uno de esos recuerdos inolvidables e influyentes en mi vida se dio en 1968. Tenía yo nueve años y la televisión, tecnología muy reciente, tenía muy poco de haber llegado a nuestras vidas. Felizmente, su llegada coincidió con un suceso espectacular. Por esas regalías de la vida las Olimpiadas fueron en México y serían televisadas, lo que nos permitía a niños como nosotros tener por primera vez la oportunidad de ver unos juegos olímpicos. Aquello nos impacto, estoy seguro de ello. 

Como que la vida conspiró para darnos un regalo que hasta hoy termino de desenvolver con la muerte de Jobs. Las olimpiadas en nuestro idioma, en nuestro horario y en televisión fue una mezcla que nos inspiró.

Octubre fue un mes maravilloso para nosotros. Nos sentábamos todos, grandes y niños, frente a la tele a ver las olimpiadas. Mi hermano, el deportista, se las sabía todas. El récord mundial de los 100 metros, los 400 y 800. Conocía quiénes eran los mejores en la caminata y la maratón, el salto alto, largo y con garrocha, aunque en este mi tata era el experto, en algún momento de su vida lo había practicado con éxito.  También había practicado el tiro con revolver en Valparaíso Chile, donde estudió. 

A papá además le encantaba la gimnasia, y en las olimpiadas siguientes, con la aparición en escena de Nadia Comaneci, juntos nos sentamos a mirar cómo la gimnasia se hacía perfección. “Nadie como Nadia” titularon los periódicos haciendo referencia a sus espectaculares rutinas que nos dejaban boquiabiertos como nadie lo había hecho antes. 

Yo la veía sumergir sus manos en unas canastas de talco y después agarrarse sobre dos argollas de hiero mientras que su pequeñito cuerpo vencía lo imposible una y otra vez. Ni les cuento como volaba entre las barras paralelas enmudeciendo hasta a los expertos narradores. También me toco ver a Mark Spitz, primero en México donde conquistó 4 preseas, después en Munich donde logró, sólo él,  7 medallas de oro en natación. Pasaron muchísimos años para que le arrebataran ese récord.

Todos esos momentos de éxito los viví frente a la televisión, viendo las olimpiadas en familia. Después de México 68, se hizo una rutina ver las olimpiadas cada cuatro años. Los del barrio nos juntábamos ya no para jugar puro, escondido o cuartel inglés sino para comentar lo que habíamos visto en tele con nuestros tatas. Es que en aquellos tiempos todos los niños teníamos papá y mamá, no como ahora que los adultos creen que alguno sobra. Que va. Ninguno. 

De alguna manera aquellas olimpiadas nos fueron transformando. Mi hermano se entusiasmo con la bici. Yo con la natación. 

La televisión nos permitió  ver a hombres y mujeres, como nosotros, correr por primera vez los cien metros en menos de 10 segundos o saltar 8,90 metros en una sola zancada. ¿Se acuerdan de ellos?  Jim Hines corrió los 100 metros en menos diez segundos. Aún así hay gente que no cree en imposibles. De todo decían: el cuerpo no resistiría, el corazón estallaría decían unos, si lo logra se muere sentenciaban otros. Lo cierto es que lo vi. ¡¿Qué son 10 segundos?! ¡Nada!

. Lo reto a que los cuenta ahora, es apenas un pequeño momento pero lo tengo grabado en mi mente para repasarlo cada vez que creo que no se puede, que algo es imposible. Esos años fueron bellos. 

Mi padre aprovecho para enseñarnos que el sacrificio de hoy tiene una recompensa después. En cada oportunidad insistía. A mí la moraleja me caía bien gorda. Es que no estaba para eso en ese entonces. 

En una de esas largas conversaciones post olimpiadas con los  compas del barrio, a alguien se le ocurrió que hiciéramos unas olimpiadas. ¡Qué excelente idea! Y como quien entiende claramente la importancia de la propuesta, nos pusimos manos a la obra. Esto debía tomarse con toda la seriedad y compromiso del caso. Así que tocaba planificar muy bien el evento. Corrimos al  sótano de mi casa para así concentrarnos en organizar nuestras primeras olimpiadas locales. Lo primero en que pensamos fue en las medallas. ¡Tienen que ser como de verdad! Claro, porque era la única recompensa, el único recuerdo que confirmaba que el esfuerzo bien había valido la pena. Pero no teníamos ni idea de cómo hacerlas. Es que debían parecer de verdad y francamente no se nos ocurría cómo hacerlo. 

– Esperemos que venga papá y le preguntamos. Dije

Yo sabía que a papá algo se le ocurriría, era bien bueno para esas cosas. Mientras papá llegaba, decidimos pasar al siguiente punto en importancia, la elaboración de los reglamentos. En fin, ya la cosa había echado a andar y no pensábamos detenernos. 

Estábamos iniciando semana y pactamos que la competencia se diera el sábado así que había mucho trabajo por delante.

Las disciplinas que escogimos para competir fueron: bicicleta de ruta, todos teníamos, los 100 metros, los 400 (una vuelta a la manzana), salto con pértiga, salto alto, largo y triple por supuesto. Natación me hubiese gustado pero el charco que se hacía frente a la casa no era ni largo ni hondo, así que no cumplía con los requerimientos de tan importante evento.

Hicimos la agenda empezando con el desfile de las delegaciones. Si, si. Es que nos la tomamos bien en serio. Si no, ¿Qué sentido tendría tanto trabajo?

Cada uno representaría a un país. Yo escogí Canadá. Me gustaba y eran buenos. En las Olimpiadas de México anduvieron bien. 

No hablábamos más que de eso. Después de la cena yo me iba a mi cuarto a preparar mi uniforme. Cogí una Tshirt blanca y le corte las mangas para que se pareciera a las que usaban los atletas. Busque en la Enciclopedia que teníamos el escudo de Canada y lo dibuje en el pecho. Me quedó casi perfecto. Lo puse en un gancho y lo guinde en la agarradera del armario para que lo pudiera ver desde mi cama. Me acosté observando, estaba orgulloso de mi vestuario. Cerraba mis ojos y me veía romper la cinta con los brazos en alto mientras el estadio completo gritaba ¡Canada, Canada, Canada!

Al día siguiente apenas llegamos de la escuela nos reunimos todos en el sótano de casa a trabajar en los detalles. Hicimos los números. Ya nuestros padres se habían convertido en proveedores oficiales. Mi mama nos cortó como 50 retazos cuadrados de tela blanca y les hizo ruedo. Esa tarde nos dedicamos a ponerle números, del 1 al 50. Por supuesto que arriba decía Juegos olímpicos y abajo el año 1968. Nos quedaron perfectos.

Arturo se acordó de las medallas y nos pregunto, a mi hermanillo y a mi si le habíamos preguntado a papá. 

– Si, respondió mi hermanillo. 

Dijo que buscáramos todas las tapas de frascos de Gerber que pudiéramos y se las tuviéramos en la noche. No había terminado de decirlo cuando todos salieron disparados a sus respectivas casas a buscar las tapas. A la media hora  empezaron a llegar con el encargo. En total juntamos 43 tapas. Es que con Gerber aprendimos a comer los niños de aquellos tiempos. Los frascos eran perfectos para guardar tornillos, tuercas, especies, botones, carruchas de hilo, y demás. Así que en todas nuestras casas se atesoraban aquellos frascos y sus tapas. Mi tata tenía un montón pegados en el techo de su taller llenos de clavos de media, de una, sin o con cabeza, de tornillo para madera o metal, de tuercas milimétricas y de rosca americana.Todo bien clasificado y ordenado, como a él le gustaba. Por supuesto que estos frascos no los tocamos. A nadie se le ocurrió porque todos sabíamos que eran del taller de papá, su santuario. Él siempre nos decía que era su sala de juego. Ahí se volvía niño como nosotros al hacer sus inventos. 

Estábamos repasando el orden de las competencias cuando Rolando soltó una bomba

¿Y las banderas?

Todos palidecimos. Claro que faltaban las banderas. ¡Cómo hacer el desfile de las delegaciones sin banderas! ¡jamás! sería totalmente irrespetuoso  ¿Verdad?

Pintémoslas, dijimos. Pero no era así de simple. Es que la tele en ese entonces era en blanco y negro y poca idea teníamos de algunas banderas. Así que no sabíamos bien cuáles eran los colores de cada una. Algunas si las reconocíamos. Por ejemplo la de Francia sabíamos que era la mitad de la tica, la gringa nos era mas conocida, pero de otras no teníamos ni idea.  ¡Que broncón!

¡La Enciclopedia! gritó alguien y todos salimos como misiles al cuarto de mi hermano Quique donde estaba la Enciclopedia Británica. Nos dividimos los tomos para que cada uno buscara un País. A mi me toco la F y busque la de Francia. Cuando iba a buscar Finlandia Daniel tuvo una de sus genialidades y preguntó:

– ¿Quién tiene el tomo de la B?

– Yo respondió Beto. 

Se lo paso y rápido Daniel busco BANDERAS.

No tienen idea la cara de asombro que todos pusimos cuando en una sola página y a todo color estaban toditas las banderas del mundo. Qué felicidad nos teníamos.

Ahí mismo sacamos unas hojas de papel ledger que siempre habían para los trabajos de la escuela y los lápices de colores y cada uno empezó a dibujar su bandera. Apenas habíamos empezado cuando la ahuevazón se hizo presente. Es que si había razón para achantarse, porque las banderas no estaban quedando como queríamos. Si, es que éramos muy exigentes. Nos tomábamos muy en serio nuestros proyectos. Yo estaba pintando la de Italia y el verde era como tono boñiga, horrible. Todas estaban quedando como desteñidas, descoloridas. No servían.

En eso apareció mamá con Doña Isa y nos preguntaron qué hacíamos. Les contamos. 

Doña Isa dijo:

No se preocupen chiquillos. Mañana Angela y yo vamos a la Universal y les traemos las banderas. 

Y algunos tatas dicen que las mamás sobran….

Ahí mismo le hicimos la lista. Eran solo siete países. La contentera regresó aún más alegre que cuando se había ido.

Mamá nos dijo que recogiéramos las hojas del suelo y guardáramos los lápices y nos fuéramos despidiendo porque ya era hora de la cena. 

– Vuelvan a las siete y media para hacer las medallas con mi tata, les dije.

Al ratito llegó papá. Se bajó con una bolsa de manila. Yo abrí la puerta y salí disparado a abrazar la bolsa, pero mi tata la levantó mientras decía: oleeee.

Por esa experiencia les digo que ser toro es bien feo. Me quedé con mi tata a mis espaldas viendo la nada.

Rápido me volví y le pregunté ¿Qué traes ahí? ¿Es para las medallas? 

– Después de la cena y prohibido mirar. Contestó al tiempo que puso su mano sobre mi  hombro y abrazados entramos a la casa.

Aún no nos habíamos levantado de la mesa cuando llegó Enrique. Al rato llegó Rolando y después Turo y Beto. Cuando ya estábamos todos, bajamos al taller con mi tata. El tenía la bolsa bien agarrada. Yo ya les había advertido a mis amigos que no preguntaran.

Papa abrió el taller. Se puso su gabacha para no ensuciar su ropa y nos preguntó:

– ¿Las tapas de Gerber?

Partió unos trozos de lija y nos dio un pedazo a cada uno con la instrucción que lijáramos bien todas las tapas.

Todos empezamos las tareas. Mientras tanto mi papá le puso una broca  de 3/4 de pulgada al taladro según nos dijo.

En un trozo de madera de 4 x 4 puso una tapa y con seis clavos la fijó pero sin perforarla, sino que puso los clavos alrededor de la tapa de forma que la misma no se moviera pero que se pudiera poner y quitar fácilmente.

Nos pidió una, la coloco sobre la madera fija entre los clavos y la perforo. La saco y pidió otra y la perforo. Así hizo con las 43. Todas tenían un hueco que suponíamos que era para guindarlas pero nadie se atrevió a preguntar. Teníamos la seguridad de que sea lo que sea que papá estaba haciendo estaba bien hecho. Le teníamos confianza y algunos de mis amigos algo de miedo. No era que fuera mala gente pero si muy serio y a veces asustaba.

Papa se volteó hacia Daniel y le ordenó traer unos periódicos viejos. Cuando Dani regresó le dijo que pusiera 3 en el suelo al mismo tiempo que nos pregunto:

– ¿Cuánto es 43 entre 3? 

Ahí mismo tome el lápiz de carpintería, lo moje con mi saliva para que pintara mejor y me puse a hacer la división. Todos me miraban asombrados. Es que yo era bueno para eso y en dos toques puse el uno, bajé el otro uno que sobraba y le puse el 3 que aun no dividida y puse el cuatro que era lo que más se acercaba a trece y respondí: catorce y sobra una.

–  Bien dijo papá. Yo saque pecho con semejante impresionada que les di a los compas.

– Pongan 14 en cada hoja. Nos ordenó papá.

Así lo hicimos. Bien separadas y alineadas como sabíamos que a él le gustaba. Tres filas de 4 y una fila de 2.

– ¡Listo! respondió Rolando.

Papá volteó para inspeccionar y lo ví asentar con su cabeza. Se volvió a la bolsa de manila y mientras nos decía que empezaríamos con las de bronce saco una lata de pintura en spray. Todos alucinamos. La tapa era del color exactos al del bronce. La destapó, la agitó mucho y luego empezó a pintar de izquierda a derecha y regresando, con movimientos suaves de su mano derecha vimos cómo las tapas empezaban a coger el color de la pintura. Todos nos mirábamos y se nos salía una risa exquisita. Es que mi tata si era gato.

– Vamos a dejar que se sequen y la damos otra mano. Nos dijo mientras sacó de la bolsa de manila otra lata de spray, este vez plateada. 

Con los mismos suaves movimientos de su brazo derecho de izquierda  a derecha fue pintando las de plata y luego las de oro.

– Vamos a dejarlas una 20 minutos que se sequen bien y les damos otra mano para que queden bien terminadas, nos dijo.

Nosotros hicimos rueda alrededor de las medallas y esperamos. Fueron los 20 minutos más largos de mi vida. Mi tata se puso a hacer otra cosa mientras esperaba, nosotros no, solo veíamos las medallas como cuidándolas, protegiéndolas como el objeto tan valioso que eran. Claro, si eran de oro, plata y bronce. 

Se veían perfectas. Estoy seguro que todos soñábamos con verlas guindando de nuestro pecho. Seguro que por esa soñadera fue que a Beto se le ocurrió:

– ¿Con qué las guindamos? 

Nos saco a todos de nuestros sueños de grandeza. Si, ¿Con qué las guindamos? Nos preguntamos.

– Ya lo tengo resuelto, contestó papá. 

A todos nos regresó el aliento. Ya no había de que preocuparse.

Papá volvió a tomar en sus manos cada uno de las botellas de spray y repaso las medallas, dándoles la última capa, la última afinada. De verdad que brillaban como si fuera oro de verdad. Estaban preciosas.

Démosle otros veinte minutos dijo papá. Mientras ayúdenme con esto , añadió.

Al tiempo que sacó unas cintas con delgadas rayas azules, blancas y rojas. Pasando una cinta por el cuello de Turo midió el tamaño y nos puso a cortar las cintas a esa medida.

Cuando vimos esa cinta supimos que estábamos cerca, muy cerca, de igualar las Olimpiadas de México. ¡Esas medallas eran perfectas!

Cada uno se llevó un juego para rajar en la casa. Había que traerlas al día siguiente y cuidarlas mucho. Todos las agarramos como si fuesen bebés, con un cuidado extraordinario.

Ya era viernes y acababan de dar las tres de la tarde. Esa era la hora en que se suponían que todos ya habíamos terminado con nuestras tareas y se abrían las puertas de nuestras casas para que todos saliéramos a la calle, a hacer barrio. En aquellos años las calles nos pertenecían. Habían más niños que carros. No existían las rejas, que va, si incluso las puertas se dejaban abiertas para que todos entráramos y saliéramos cuando quisiéramos. Solo en las noches nuestros padres le pasaban picaporte.

A las 3 y un minuto empezaron a llegar al sótano de mi casa. Todos llevaban las medallas que se habían llevado para mostrar. Las acomodamos. Ese día nos tocaba hacer el podio.

En la bodega de mi casa nos encontramos 3 bancos viejos que ya no usábamos y les cortamos las patas a alturas diferentes, el más alto para el primer lugar por supuesto. Ya mi tata nos había dejado su taller abierto para que cogiéramos lo que necesitábamos pero con la sentencia que debíamos devolver todo a su lugar. Buscamos un tarro de pintura blanca y pintamos los 3 bancos. Los lijamos primero como papá nos había enseñado para que la pintura pegara mejor, según nos dijo. Estábamos listos.

Solo faltaban las banderas pero no nos preocupaba. Ya mamá y doña Isa se habían ido a la Universal a traérnoslas. 

Teníamos todo bien ordenado en el Sótano de la casa. Solo esperábamos. Al día siguiente   al dar las nueve empezaríamos con el desfile. A las 9:30 empezaba el atletismo. Primero los 400 metros que era una vuelta a la manzana, después los 200 y por último los 100 metros.

Estábamos tomándonos una limonada que Etel nos preparó cuando de repente llegaron mamá y doña Isa con las banderas. No les puedo explicar la emoción tan grande que sentimos al ver aquellas hermosas banderas. Grandes, con colores de verdad. Ya teníamos listos unos palos de escoba para pegarlas así que apenas nos las dieron nos dimos a la tarea.

Ahora que me acuerdo ni las gracias les dimos y teníamos tanto que agradecerles, pero así somos los niños, muy en lo nuestro. Ahora de viejo es que me acuerdo que ese gesto de doña Isa y de mi mamá era para agarrarlas a besos. Muchos fueron los besos que les quedé debiendo.

Esa noche nadie durmió. Yo lo intenté porque sabía que era bueno descansar antes de tanta competencia pero no lo logré. A ratos cerraba los ojos pero no fue suficiente. A las 7 am ya estaba despierto. Mamá nos tenía el desayuno bien temprano para que a la hora de las carreras ya hubiésemos hecho la digestión. Daniel y yo desayunamos juntos. No nos hablamos. Estábamos concentrados. 

Terminados de desayunar y nos fuimos a bañar y a ponernos nuestro uniforme. Yo me puse primero la pantaloneta azul, luego la camiseta a la que le había cortado las mangas. Unas medias blancas y mis tenis de Educación Física. Moví mi cuerpo de un lado a otro como había visto a Hines hacerlo antes de correr los 100 metros en menos de 10 segundos. Me fui a ver al espejo.

Pocas veces me he visto tan bonito. Parecía un atleta de verdad. Me vi por todos los ángulos y parecía de verdad.

Es que en aquellos años no me importaban mi sobrepeso y mi miopía. Que va. No había libras ni anteojos que me acomplejaran. Era un niño sano de la cabeza, fue de viejo que me dio la chochera.

Cuando salí del baño mi mamá me estaba esperando. Me hizo la cruz en la frente y con un beso me despidió al tiempo que me dio una botella con agua. Hizo lo mismo con mi hermano. Alistó a las chiquillas y dijo ¡nos vamos para las competencias!

En el barrio no se hablaba de otra cosa. Todos, adultos y niños íbamos para las olimpiadas.

A las 8:45 Dani y yo salimos. Fuimos los primeros pero yo creo que todos estaban viendo detrás de las cortinas a ver quién salía primero para salir ellos porque apenas habíamos tocado la calle cuando llegaron todos.

En eso vimos a don Angel llegar con una pistola. “Es de salva, para dar la salida” nos dijo al ver que todos retrocedimos. Es que nuestros tatas si eran apuntados.

Papa y don Pepe nos ordenaron para el desfile por orden alfabético según nos dijeron. Teníamos que caminar hasta la Guaria, la Pulpería de la esquina. Ahí nos devolvíamos por la otra acera hasta donde iniciamos.

Todo el barrio se había contagiado de esta fiesta. Conforme íbamos caminando iban saliendo los vecinos, grandes y chicos. Ahi estaban doña Estela y don Omar, los Gustinkel, los Montealegre, Don Elber, el ebanista y muchos otros. Todos íbamos caminando agarrados de nuestra bandera, muy orgullosos del País que representábamos.  Conforme pasamos por las casas los vecinos nos aplaudían. En ese desfile crecí como tres centímetros. Eso pasa cuando uno se sentía apoyado, valorado.

Iba a empezar la primera competencia: los cuatrocientos metros. Por supuesto que todos estábamos inscritos en todo, si éramos unos pocos. Don Angel nos alineó. Parado en la salida el corazón se aceleraba mientras uno esperaba el disparo. Turo no pudo con la emoción y salió adelantado. Don Pepe que estaba a unos 20 metros lo devolvió. ¡Salida en falso!

Nos alineamos otra vez y el corazón nuevamente se aceleró. En eso se oyó el disparo y echamos carrera. Cuando me vi de primero me dije que algo andaba mal porque yo no estaba echo para esas faenas. Bajé el ritmo y espere que me alcanzaran. Los flacos empezaron a rayarme. Yo intente seguirles el paso pero el exceso de libras no me lo permitieron, todos me fueron rayando. Yo los vi como me iban dejando atrás. La respiración se me hacia pesada y los pies aun más. Doblé en la última esquina justo en el momento que el primero iba llegando. Cuando pase por la casa de los Hidalgo ellos me gritaron: soque, soque, falta poco. Ese fue el impulso que necesitaba para llegar  a la meta. Todos aplaudieron.

Vino la entrega de las medallas. Doña Isa y mamá se las colocaron. Yo estaba tirado en la acera reponiéndome de semerendo esfuerzo. Apenas pude ver la premiación. En eso llamaron para los 200 metros.

Esta vez me dije, voy a salir de último. Me voy pegado al primero para no quemarme como en los 400. Sonó el disparo y salí, tranquilo, siguiéndoles el paso. Ibamos todos en grupo. Me sentía bien. Cuando faltaban 50 metros empezaron a apretar el peso, faltando 25 se espantaron. A mi me dejaron como parado. Apenas pude reponerme del tremendo aceleronazo cuando todos habían llegado a la meta, unos segundos después llegué yo, igualmente agotado. Mi record a esa altura de la competencia era dos últimos lugares.

Ustedes pensaran que con esos resultados yo me sentiría un perdedor completo pero no, que va, yo sabía que el atletismo no era mi fuerte, más bien era mi débil si se puede decir asi.

Faltaban los 100 metros planos. Había visto a Hines recorrerlos en menos de 10 segundos una y otra vez. Es que solo de eso se hablaba y lo pasaban en tele a cada rato. Conocía cada movimiento que debía hacerse en cada fracción de segundo. Iba con todo.

Me alineé como Hines, acuclillado. Apenas lo hice los demás me imitaron, copiones que eran. Solo ahí ya les había ganado la carrera con semejante impresionada. Don Angel dijo Listos, yo afirmé mis pies sobre el suelo, cuando dijo preparados yo subí mis posaderas como había hecho Hines, todos me volvieron a ver justo en el instante en que don Angel disparó. Yo salí como bala mientras que mis compas se quedaron atrás, viendo mi trasero salir disparado. Me los comí en la salida, literalmente.  Me encontraba solo, de primero. Era la carrera más importante, la que todos queríamos ganar. Yo aceleré el paso, no había nada que guardarse, no había después, era ahora, ya, con todo.

Mis pasos se hicieron largos, mis mondongos brincaban de un lado a otro. Fruncí el ceño y mi concentración era inquebrantable. Seguí corriendo, con todo. Faltaban 25 metros y seguía de primero. Todos gritaban. Todos aplaudían y yo corría como nunca: tas, tas, tas, tas.

Mi paso era perfecto, rápido. Faltaban 15 metros y seguía de primero. Diez metros y este gordo cuatro ojos  seguía al frente del grupo, emocionado, dispuesto a entregarlo todo en esos pocos metros. Faltaban 3 metros cuando la cabeza de Enrique se me adelantó. Llegué de segundo pero convencido que había dado todo mi esfuerzo. Si Enrique me ganó fue porque mi cuerpo no estaba hecho para eso. Yo, había ganado la carrera mas importante, la carrera contra mi mismo, la carrera contra ese perdedor que todos llevamos adentro, ese que siempre te dice que no podés. Lo jodí porque se tuvo que tragar toda su mierda.  

Por fin, mi primera medalla. Cuando subí al podio el aplauso se hizo escándalo. Era un aplauso al coraje, a la determinación, al esfuerzo.

Las competencias siguieron. No logre otra medalla. No estaba hecho para ello. Pero aquellas olimpiadas me enseñaron que no hay imposibles. 

Dios a mi aún me da vida, mientras eso dure seguiré intentando imposibles.

 

Escucha lo que te mando: Esfuérzate y sé valiente. No temas ni desmayes, que yo soy el Señor tu Dios, y estaré contigo por dondequiera que vayas. Josue 1.9

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