Las Primeras Damas de Costa Rica: Doña Ana Basilia de Alvarado y Oreamuno de Peralta y La Vega

A todas las Primeras Damas de Costa Rica, con respeto y admiración

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Jorge Francisco Sáenz Carbonell
Joaquín Alberto Fernández Alfaro
María Gabriela Muñoz Castro

 

De la estirpe de los conquistadores
Doña Ana Basilia de Alvarado y Oreamuno de Peralta y La Vega
Primera Dama de Costa Rica –  Julio -Octubre 1822 y Abril – Mayo 1823

Doña Ana Basilia de Alvarado y Oreamuno nació en la ciudad de Cartago y fue bautizada el 16 de abril de 1792. Sus padres fueron Don José Rafael de Alvarado y Baeza y Doña Josefa Bartola de Oreamuno y Alvarado, hermana de Doña María Josefa Oreamuno de Bonilla, cuyo esposo Don Santiago de Bonilla presidió la Junta Superior Gubernativa de abril a julio de 1822.

La familia paterna de Doña Ana Basilia era una de las más distinguidas de Cartago y descendía de Don Jorge de Alvarado, fundador de la ciudad de San Salvador y hermano del célebre Adelantado de Guatemala Don Pedro, con quien participó en la conquista de México. Por parte de madre, Doña Ana Basilia era bisnieta de Don José Antonio de Oreamuno y Vázquez-Meléndez, Gobernador interino de Costa Rica de 1756 a 1757.

Doña Ana Basilia perdió a su progenitor siendo muy niña. Don José Rafael de Alvarado, quien era Capitán de las milicias de Costa Rica, fue nombrado en 1799 Comandante de la guarnición de Matina. Tal designación, por muy honrosa que fuese, resultaba generalmente fatal para la persona en quien recaía, puesto que Matina era un hervidero de calenturas. Es posible que el Capitán Alvarado haya contraído allí alguna fiebre mortífera, ya que falleció en 1800.

Como la mayoría de sus contemporáneas, Doña Ana Basilia no recibió ninguna educación formal, y nunca aprendió siquiera a firmar. El destino de las mujeres costarricenses de aquellos tiempos, si alcanzaban la edad adulta, se cifraba en el matrimonio.

Y cuando ya era una señorita en edad más que casadera, empezó a ser cortejada por Don José María de Peralta y La Vega, un distinguido vecino de Cartago que había sido Alcalde Primero y Procurador Síndico de la ciudad y gozaba de una posición económica bastante holgada.

Don José María Miguel Juan Nepomuceno Vicente Wenceslao de Peralta y La Vega, nacido el 28 de setiembre de 1763 en la ciudad andaluza de Jaén, era hijo de Don José Sebastián de Peralta y Barrios y Doña Antonia de la Vega y Castañeda. Su familia paterna pertenecía a encumbrada nobleza, y remontaba su ascendencia por línea de varón a los monarcas visigodos. Un tío abuelo suyo, Don Juan Tomás de Peralta y Franco de Medina, había gozado de elevada consideración en la Corte del Sacro Imperio Romano y en 1738 recibió del Emperador Carlos VI el título de Marqués de Peralta, que en 1883 habría de rehabilitar uno de los nietos de Doña Ana Basilia.

Don José María de Peralta, a quien su madre había pensado destinar al sacerdocio, había llegado a Costa Rica en 1782, en el séquito del Obispo Monseñor Esteban Lorenzo de Tristán y Esmenola. En Cartago se enamoró de Doña Ana Benita de Nava López del Corral, hija de un antiguo Gobernador, y decidió casarse con ella y radicarse definitivamente en la ciudad. Este matrimonio disgustó seriamente a sus padres y a sus hermanos, pero parece haber sido bastante feliz y fue bendecido con muchos hijos. Doña Ana Benita murió en 1812, y tras haber buscado pasajero consuelo en otros brazos, su viudo se decidió a casarse con Doña Ana Basilia de Alvarado.

De los quince hijos de Don José María y doña Ana Benita habían sobrevivído trece: José Francisco, María Joaquina Escolástica, Manuel María, José Mercedes, Sinforosa, Nicolás, Pedro María, Francisco Javier, María Bartola, María Petra Regalada de los Dolores, José María, Telésforo y María de los Ángeles Gertrudis, quienes usaron los apellidos Peralta-López del Corral o Peralta-Corral. Algunos de los mayores se opusieron rotundamente a la posibilidad de que Don José María contrajese segundas nupcias con la señorita Alvarado, y en ello debió influir, aparte del recuerdo de la madre muerta, la juventud de Doña Ana Basilia, quien tenía la misma edad que el cuarto de sus hijastros en ciernes. Sin embargo, sus quejas cayeron en saco roto. Un descen- diente de Doña Ana Basilia, el jurista e historiador Don Hernán Peralta, escribió que

“Fue pues el hado del señor Peralta disgustar a los suyos en las dos ocasiones en que contrajo matrimonio, pero como no estaba acostumbrado a permirtirle a nadie intervenir en los asuntos de su fuero interno ni era muy dócil que digamos, hizo su santa voluntad en 1816 como la había hecho en 1783, y entonces los hijos como antes los hermanos hubieron de quedarse con dos palmos de narices.”

Don José María y Doña Ana Basilia contrajeron nupcias en la ciudad de Cartago el 29 de octubre de 1816, cuando él tenía cincuenta y tres años de edad y ella veinticuatro.

La casa de Don José María y Doña Ana Basilia estuvo situada en la esquina suroeste de la manzana que se ubicaba detrás de la iglesia parroquial de Cartago. Posiblemente allí nacieron todos sus hijos, ya que en aquellos tiempos en ninguna parte había hospitales de maternidad ni nada que se les pareciese y las mujeres solían dar a luz en sus casas de habitación. En 1817, Doña Ana Basilia tuvo un varón, que fue bautizado el 3 de setiembre de ese año con el nombre de Joaquín Esteban. A éste siguieron tres niñas: María Agueda, bautizada el 6 de febrero de 1819; María Francisca Magdalena, bautizada el 22 de julio de 1820; y Dominga de las Mercedes, bautizada el 21 de febrero de 1821.

A Doña Ana Basilia le debe haber correspondido, además, criar o terminar de criar a varios de sus hijastros, ya que cuando contrajo matrimonio algunos de ellos todavía eran muy pequeños: Telésforo apenas tenía diez años y Gertrudis siete. Sin embargo, según relata Don Hernán Peralta, la desavenencia surgida entre don José María y sus hijos mayores en razón de sus segundas nupcias

“… se tradujo luego en un enfriamiento de las relaciones entre los hijos de doña Ana López del Corral y los que le vinieron a doña Ana de Alvarado, hasta que la intervención de doña Gertrudis Peralta, la hija menor del primer matrimonio de su padre y ángel tutelar de la familia, obtuvo el acercamiento de los hermanos y el olvido de resquemores y tontadas.”

Como consecuencia de la separación de Costa Rica de la Monarquía española, la Provincia pasó a ser regida por Juntas Gubernativas. Una de ellas, que funcionó del 1° de diciembre de 1821 al 6 de enero de 1822, estuvo presidida por un tío paterno de Doña Ana Basilia, el Vicario Don Pedro José de Alvarado y Baeza, quien además era la principal figura del clero local.

En enero de 1822 Don José María de Peralta fue elegido para formar parte de la Junta Superior Gubernativa de Costa Rica, que debía regir la Provincia durante todo el año y la cual le correspondió presidir del 15 de julio al 17 de octubre de 1822. Sucedió en esa responsabilidad a un tío político de su esposa, Don Santiago de Bonilla.

La circunstancia de ser la esposa del primer funcionario de la Provincia introdujo pocos cambios en la vida de Doña Ana Basilia, quien de seguro se hallaba muy ocupada con el cuidado y la crianza de sus cuatro hijos. Cabe señalar, sin embargo, que su marido debió trasladarse a San José, donde debía residir la Junta durante cuatro meses, por mandato constitucional. Cuando concluyó su período en la presidencia, Don José María continuó formando parte de la Junta y se trasladó con ella a Alajuela, para volver a Cartago en diciembre de aquel mismo año. Del 22 de noviembre al 9 de diciembre de 1822 desempeñó interinamente la presidencia de la corporación en sustitución de Don José Rafael de Gallegos y Alvarado, quien se encontraba enfermo.

Al año siguiente, Don José María fue elegido Presidente del Congreso Provincial constituyente, que asumió el mando supremo de Costa Rica el 16 de abril de 1823 al concluir la dictadura de Don Gregorio José Ramírez Castro y lo ejerció hasta el 10 de mayo de ese año, cuando se instaló la nueva Junta Superior Gubernativa. Esto obligó otra vez al marido de Doña Ana Basilia a trasladar su residencia a la ciudad de San José, pero es muy probable que ella haya permanecido en Cartago, dado que se encontraba en avanzado estado de gravidez. De todas maneras, la circunstancia de ser la esposa del Presidente del Congreso no conllevaba ninguna responsabilidad, ni siquiera protocolaria.

El 8 de julio de 1823, cuando ya el Congreso Provincial había entregado el mando supremo a la nueva Junta Gubernativa, fue bautizado en Cartago el quinto hijo de Doña Ana Basilia y Don José María, que recibió el nombre de Bernardino María Procopio. A éste le siguieron Francisco Manuel, bautizado el 4 de octubre de 1827, y María Inés, bautizada el 20 de enero de 1829 y fallecida en la infancia.

Don José María de Peralta desempeñó el cargo de Jefe Político Superior de 1823 a 1831 y fue Ministro General del Estado de 1824 a 1825. Más tarde desempeñó el cargo de Interventor de la Factoría de Tabacos, institución en la que también había servido en sus años de juventud. Se jubiló del servicio público en 1835.

En 1836 Don José María enfermó de mucha gravedad, al extremo de que no le fue posible testar formalmente y en la noche del 6 de agosto de ese año fue necesario llamar a su casa a varios testigos, a los que comunicó sus disposiciones de última voluntad, según lo permitían las leyes de aquellos tiempos. Instituyó como como herederos a sus hijos de ambos matrimonios, y como albacea su mujer. Falleció al día siguiente, a la edad de setenta y dos años.

El patrimonio de Don José María había menguado mucho, y a su muerte sólo poseía su casa en Cartago y dos potreros en las afueras de la ciudad, con unos pocos animales. Doña Ana Basilia, quien tenía cuarenta y cuatro años cuando enviudó, quedó en una situación económica muy apurada y con varios niños de corta edad (su primogénito, Joaquín Esteban, que ya andaba por los diecinueve, se encontraba en aquellos días en Guatemala). Posiblemente por esa circunstancia, ninguno de los dos chicos menores, Bernardino y Francisco -llamado en familia Chico-, pudo cursar estudios.

Los muchachos Peralta Alvarado, a pesar de los blasones de sus antepasados, se criaron pobremente, arreando las escasas vacas que poseía su madre. Sin embargo, Doña Ana Basilia logró hacer de ellos hombres de temple, que salieron adelante por esfuerzo propio.

La mayor de las hijas, María Águeda, fue la primera de los hermanos que contrajo nupcias, aunque no tuvo hijos. Su esposo fue el profesor español Don Ceferino de Ribero. Ya casada, fue la primera directora del Liceo de Niñas inaugurado en San José el 1° de marzo de 1849.

En 1856, durante la epidemia del cólera, Doña Ana Basilia tuvo la pena de perder a su hijo mayor Joaquín Esteban, quien nunca se casó pero sí dejó hijos en Costa Rica y en El Salvador, país donde residió durante varios años.

El primero de los varones Peralta Alvarado que contrajo matrimonio, cuando ya su madre era casi septuagenaria, fue Chico, quien en 1859 logró a regañadientes obtener la mano de la señorita Josefa Sancho, hija de una de las mujeres más ricas de Cartago, Doña Dolores Jiménez Zamora. A ésta no le complació nada el matrimonio, a pesar de que su difunto esposo, Don Félix Sancho y Alvarado, era pariente de Doña Ana Basilia. Una de sus descendientes, Doña Olga Fernández de Solera, escribió que “Mucha oposición hizo “Mama Lola” la suegra, al joven de buena familia pero pobre que pretendía la mano de Chepita, niña rica no acostumbrada a trabajar con sus manos y quien, sin embargo, terminó cortando y cosiendo pantalones y camisas de partidas para surtir el negocio del marido que pugnaba por levantarse económicamente. Conste que Doña Dolores, la suegra, le ofreció ayudarle pecuniariamente cuando vio que el matrimonio era cosa decidida: discretamente ella le insinuó que le “viera” sus numerosas fincas rurales y urbanas (Mama Lola, que andaba de pistola al cinto, que al visitarla los mandadores los recibía con un “¿que querés, mestizo?”, en parte cariñoso en parte altivo, tuvo que sufrir la negativa del yerno quien, a su ofrecimiento, respondióle diciendo: “que más adelante, cuando él fuera tan rico como ella”, entonces sí le ayudaría). Así fue por cierto, muchos años después.

Doña Ana Basilia de Alvarado de Peralta, quien pasó sus últimos años dedicada a sus deberes religiosos y atendida por sus hijas Magdalena y Mercedes, que permanecieron solteras, vivió para conocer a sus dos nietos mayores Peralta-Sancho y ver el matrimonio de su hijo don Bernardino, ya casi cuarentón, con doña Marta Echeverría y Alvarado, el 26 de noviembre de 1864. Murió en la ciudad de Cartago el 28 de mayo de 1865, a los setenta y tres años de edad.


Las Primeras Damas de Costa Rica
José Francisco Sáenz Carbonell ; Joaquín Alberto Fernández Alfaro ; María Gabirela Muñoz Castro
1a. ed. – San José, C.R. : ICE, 2001.

 

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