Jorge Francisco Sáenz Carbonell
Joaquín Alberto Fernández Alfaro
María Gabriela Muñoz Castro

Primera Dama
Doña Dolores Oreamuno y Muñoz de la Trinidad de Fernández Chacón
Primera Dama de Costa Rica Marzo-Mayo 1835.

Doña Dolores Oreamuno y Muñoz de la Trinidad nació en Cartago en 1800, en el hogar del Teniente Coronel Don José Gregorio de Oreamuno y Alvarado y Doña Juana Muñoz de la Trinidad y Gómez. La casa en la que nació y se crió estaba ubicada detrás de la iglesia de San Nicolás de Tolentino, en la llamada calle del Cabildo, la principal de la ciudad.

Doña Dolores creció en el seno de una familia numerosa, ya que Don Gregorio de Oreamuno y Doña Juana Muñoz de la Trinidad fueron padres de muchos otros hijos: Don José Antonio, sacerdote, que en 1831 bautizó en Alajuela a Juan Santamaría; Doña Rosalía; Doña Nicolasa; Doña Petronila, que casó con Don Tomás García; Doña Ana Manuela, que contrajo matrimonio con su primo Don Francisco de Paula de Oreamuno y Jiménez; Doña Francisca; Don Rafael, que se dedicó al comercio y murió soltero, y Don Francisco, que falleció en la adolescencia. Don Gregorio, a pesar de provenir de una familia que figuró mucho en la vida pública y privada de la Cartago borbónica, no era un hombre rico y a veces enfrentó dificultades para sostener tan crecida prole. Sin embargo, con el tiempo la fortuna de la familia mejoró, y el padre de Doña Dolores llegó a contar con un patrimonio considerable. Además de poseer algunas propiedades valiosas, fue dueño de la mitad de la mina Nuestra Señora del Pilar, en el monte del Aguacate, que explotó junto con su hermano Don Isidro de Oreamuno y Alvarado y Don Miguel Carranza Fernández.

Dolores Oreamuno y Muñoz de la Trinidad de Fernández Chacón

Los acontecimientos de 1823 conllevaron serios sinsabores para la familia. Don Joaquín de Oreamuno y Muñoz de la Trinidad, primo de Don Gregorio y también de Doña Juana, fue el más activo líder de los partidarios de la anexión al Imperio Mexicano, y Don Rafael, hermano de Doña Dolores, participó en el cuartelazo monárquico del 29 de marzo de 1823. Después de la batalla de Ochomogo se dio orden de detener al joven, pero éste había huido de Cartago, y en ausencia se le condenó a destierro perpetuo de Costa Rica. Sin embargo, en abril de 1824 se hizo efectiva una amnistía y Don Rafael pudo regresar a la casa paterna.

El 13 de setiembre de 1824, poco después de que se levantó la proscripción de su hermano menor, Doña Dolores, quien tenía veinticuatro años de edad y era considerada, según cuenta la tradición, “una de las mujeres más bellas de Cartago”, contrajo matrimonio en su ciudad natal con Don Manuel José Fernández Chacón, miembro de la recién inaugurada Asamblea Constituyente. Don Manuel, nacido el 26 de marzo de 1786, era un caballero josefino de treinta y ocho años, hijo del Coronel Don Félix Fernández y Tenorio y de su primera esposa Doña Petronila Chacón y Aguilar. La ceremonia fue celebrada por el Presbítero Don Rafael del Carmen Calvo Rosales, cura interino de Cartago, y actuó como padrino Don Francisco María Oreamuno, primo hermano de la novia y años después Jefe Supremo del Estado.

Aunque había nacido en San José, Don Manuel Fernández había vivido durante mucho tiempo en Bagaces, donde poseía una hermosa y productiva hacienda ganadera, Miravalles, comprada en 1819 a su tío el Presbítero Don José de la Encarnación Fernández y Tenorio. En 1823 fue alcalde del pueblo de Bagaces; sin embargo, debido a su elección como constituyente y a su matrimonio, hubo de fijar residencia definitiva en su ciudad natal, que recién se estrenaba como capital de Costa Rica. La casa de los Fernández Oreamuno, una de las más amplias y elegantes de la población, estaba ubicada una cuadra al norte de la esquina noreste de la Plaza Principal, sobre la calle real o del comercio, que en el siglo XX recibió el nombre de Avenida Fernández Güell en homenaje a un nieto de Don Manuel.

Don Manuel pronto se ganó la confianza de su familia política. Al año siguiente de la boda, Don Gregorio de Oreamuno, en unión de sus hermanos, otorgó poder a su yerno para que representase a la familia en el complicadísimo litigio que desde 1792 sostenía con la Municipalidad de Cartago por la propiedad de unas tierras situadas en Sabana Grande, al sudoeste de la ciudad. Aún estaba en curso el proceso -uno de los más largos y enredados de la historia judicial costarricense-, cuando el 17 de mayo de 1832 murió en Cartago el desventurado Don Gregorio, fulminado por un rayo. Al año siguiente el juicio concluyó y los Oreamuno salieron victoriosos.

Pronto empezaron a llegar los hijos al hogar Fernández- Oreamuno: Juana Virgita de Jesús en 1826; Juan Federico de los Ángeles en 1827; Juana Pacífica Luisa de los Angeles en 1828; Juan Manuel de la Trinidad en 1829; Juana Emerenciana y Juan Manuel Faustino Martín en 1831… Varios de ellos murieron en la infancia. Curiosamente, por muy devotos de San Juan que fuesen Don Manuel y Doña Dolores, a ninguno de los hijos que sobrevivieron se le conoció por ese nombre.

Don Manuel figuró como Intendente General de 1825 a 1832 y en 1832 fue elegido Diputado por San José. A principios de 1833, mientras efectuaba un viaje de negocios a Nicaragua, los resultados electorales favorecieron su nombre para el cargo de Vicejefe de Estado. Poco después regresó al país y asumió su cargo, que conllevaba también la presidencia del Consejo Representativo, una especie de Senado y Sala Constitucional de aquellos tiempos. Algunos meses más tarde, en junio de 1833, fue bautizado en San José su sétimo hijo, Juan Manuel.

En la Asamblea legislativa que inició labores en marzo de 1834 figuró como Diputado por Cartago un hermano de Doña Dolores, el Presbítero Don José Antonio Oreamuno, quien coadyuvó con su voto a la famosa Ley de la Ambulancia, promulgada en abril siguiente. En acatamiento a esta ley, las supremas autoridades se trasladaron a Alajuela, y Don Manuel Fernández se vio obligado a distribuir su tiempo entre la nueva capital, su residencia josefina y su hacienda de Bagaces. Doña Dolores y los niños permanecieron en San José, porque Alajuela no ofrecía ninguna comodidad y además ella estaba ya en los últimos meses de un nuevo embarazo. El 19 de julio fue bautizado en la parroquia josefina un nuevo varoncito, Juan Primitivo Próspero, que fue el octavo y último hijo de la pareja.
El 4 de marzo de 1835 la Asamblea Legislativa aceptó la renuncia de Don José Rafael de Gallegos a la Jefatura Suprema. La titularidad de ésta recayó en el Vicejefe Don Manuel Fernádez Chacón, y Doña Dolores Oreamuno de Fernández se convirtió así en la nueva Primera Dama de Costa Rica. Sin embargo, el nuevo gobernante no se hallaba por esos días en Alajuela, sino en su hacienda de Bagaces, y la Asamblea designó al Diputado Don Juan José Lara Arias para hacerse cargo interinamente de la primera magistratura mientras aquél regresaba.

Conforme a la Ley Fundamental del Estado, Don Manuel Fernández Chacón debía concluir el período de Don José Rafael de Gallegos, que expiraba en 1837. El 18 de marzo, Don Manuel volvió por fin a Alajuela, pero en ausencia suya la Asamblea había declarado nula la elección de 1833 y convocado a nuevos comicios. Posiblemente hubiera sido fácil para el esposo de Doña Dolores que se le escogiera para suceder a Gallegos; pero de seguro no sentía interés por la primera magistratura (que por esos días rechazaron sucesivamente Don Nicolás Ulloa Soto y Don Manuel Aguilar Chacón). Bastante incómodo le debía resultar ya el hecho de tener que acudir continuamente a Alajuela a presidir las sesiones del Consejo Representativo como para querer además someterse a la especie de confinamiento que significaba la Jefatura del Estado. Las elecciones dieron el triunfo a Don Braulio Carrillo, quien tomó posesión de la Jefatura suprema en Alajuela el 5 de mayo de 1835. Don Manuel volvió a la Vicejefatura y la presidencia del Consejo Representativo.
Doña Dolores Oreamuno de Fernández, quien tenía entonces unos treinta y cinco años de edad, sólo ostentó el rango de Primera Dama de Costa Rica por dos meses. La fugacidad del paso de su esposo por la primera magistratura y la obligada residencia del Ejecutivo en Alajuela impidieron que compartiese aquellos días con Don Manuel; además, el papel de la consorte del primer mandatario en actividades públicas era del todo inexistente en aquel entonces.

El 28 de febrero de 1837 Don Manuel Fernández concluyó sus funciones como Vicejefe y Presidente del Consejo, y en el mes de diciembre siguiente vendió Miravalles al panameño Don Francisco de la Guardia y Robles. El precio de la venta de la hacienda fue de 18,780 pesos, suma elevadísima en aquellos tiempos, que de la Guardia se comprometió a pagar a plazos, y para garantizar su pago hipotecó Miravalles en favor de don Manuel. Éste siguió dedicado a actividades agropecuarias y a la administración de su cada vez más cuantioso patrimonio.

A principios de 1841, Don Manuel, quien tenía algunas habilidades para la arquitectura, aceptó la solicitud que le formuló el Jefe de Estado Don Braulio Carrillo para que elaborase los planos del nuevo edificio de la aduana de Puntarenas y dirigiese su construcción. El ex Jefe se trasladó al puerto y bajo su mando empezaron los trabajos, que avanzaron con suma rapidez. Hombre activo y minucioso, se dedicó con entusiasmo a la dirección y supervisión de la obra. La fatalidad, sin embargo, quiso que ese mismo espíritu de responsabilidad terminase con su vida. Un día en que se hallaba inspeccionando los trabajos subió a un elevado andamio, dio allí un paso en falso y se precipitó a tierra. Sufrió un violento golpe en la cabeza y quedó en estado tan grave que poco después falleció. Era el 31 de julio de 1841.

El cuerpo de don Manuel, quien contaba cincuenta y cinco años a su fallecimiento, fue conducido a la vecina ciudad de Esparza. En la iglesia parroquial de esta población se celebraron sus funerales, y se le sepultó en el cementerio local.

Doña Dolores hubo de hacerse cargo personalmente de los negocios de la familia y del sustento de los cuatro niños que habían sobrevivido: Federico, Pacífica, Manuel y Próspero. Don Francisco de la Guardia no se mostraba muy puntual en los pagos de la venta de Miravalles y la viuda de Don Manuel se vio obligada a demandarlo.
Doña Dolores también se dedicó con gran empeño al cultivo del café, en una finca que poseía en Matarredonda, al oeste de la capital. Según narraban los viajeros, las señoras josefinas de aquellos tiempos eran muy hábiles para los negocios y “particularmente entendidas en asuntos de café”.

El 29 de junio de 1843 Doña Dolores tuvo la satisfacción de que su hija Doña Pacífica contrajese matrimonio con Don José María Castro Madriz, quien a la edad de veinticinco años ya ejercía el cargo de Ministro General del Estado. El prometedor abogado ayudó mucho a Doña Dolores y se ganó rápidamente el afecto de sus jóvenes cuñados.

Doña Dolores de Fernández fue una de las mujeres que contribuyeron a la construcción del Puente de las Damas, en la carretera de San José a Puntarenas. Su aporte fue el más cuantioso de todos los efectuados por las señoras de San José: diecisiete pesos y dos reales.

Doña Dolores, según consignó el eminente historiador Don Rafael Obregón Loría en un estudio biográfico sobre Don Próspero Fernández, era una mujer “de relevante personalidad y celebrada por su inteligencia y por su interesante conversación”. A pesar de sus nueve partos y andar por los cuarenta y pico de edad, era todavía una mujer muy guapa, y su cuantioso capital sin duda le daba todavía mayores atractivos. No es de extrañar, por consiguiente, que atrajese la atención de don José Antonio Ramírez Hidalgo, joven de carácter alegre e insinuante. Ramírez era primo cuarto de la hermosa viuda, y quizá por esa circunstancia doña Dolores había aceptado ser madrina de un hijo extramatrimonial suyo. Nada de raro tenía tampoco que una viuda pensase en volverse a casar, y doña Dolores aceptó entusiasmada los requiebros de su compadre.

Lo que sí resultaba muy chocante era que el pretendiente tenía veintiún años menos que la viuda de don Manuel, puesto que había nacido en San Fernando de Nicaragua (hoy Masaya) en 1821, en el hogar de don Miguel Ramírez de Zaragoza y doña Antonina Hidalgo y Muñoz de la Trinidad. Los hijos de doña Dolores tomaron muy a mal el asunto, desde el primogénito Federico, que era apenas seis años menor que su padrastro en ciernes, hasta el pequeño Próspero, que contaba apenas once. Sin embargo, contra todas las quejas y haciendo caso omiso de quienes le auguraban un desastre, la señora metió cabeza y decidió casarse con su cortejante. Para el matrimonio, que se efectuó en San José el 25 de febrero de 1845, hubo necesidad de dispensa, tanto por el parentesco que unía a los novios como por la circunstancia de ser compadres. Para la fecha de la boda, Doña Dolores andaba por los cuarenta y cuatro años de edad y ya era abuela de una niña llamada Eudoxia Castro Fernández. Su nuevo marido apenas tenía veinticuatro años.

Poco antes de que se efectuase el matrimonio, los tres hijos de doña Dolores abandonaron el hogar y se fueron a vivir con su hermana Pacífica, quien tampoco veía con buenos ojos aquella boda. Como consecuencia de ésta, Doña Dolores perdió la tutela de los muchachos, que recayó en el Doctor Castro. Para hacer aún más difíciles las cosas, el joven yerno de Doña Dolores tuvo la ocurrencia de elegir aquellos momentos para traer de Esparza los restos de Don Manuel Fernández, que fueron sepultados en San José en junio de 1845, después de solemnes exequias. Ese mismo año concluyó, por medio de una transacción, el litigio entre los Fernández y los compradores de Miravalles, que amenazaba con hacerse tan largo como el de los Oreamuno con la Municipalidad de Cartago. La mayor parte de la hacienda fue devuelta a los herederos de Don Manuel Fernández. En noviembre de 1847, cuando ya el Doctor Castro era Presidente de Costa Rica, Doña Dolores le vendió su parte de Miravalles, que incluía dos casitas, un cañaveral con su trapiche y centenares de cabezas de ganado vacuno y caballar.

Doña Dolores Oreamuno y Don José Antonio Ramírez no tuvieron hijos ni fueron felices juntos A fin de cuentas, todos los pronósticos resultaron ciertos: una vez extinguidos los entusiasmos de los primeros días, el matrimonio empezó a hacer aguas. A los pocos años de la boda los cónyuges ya estaban profundamente distanciados y ella manejaba por sí sola su cuantioso patrimonio. Terminaron separándose, y en 1854 Doña Dolores estuvo a punto de demandar a su joven esposo por cuestiones financieras. Gradualmente, las relaciones de doña Dolores con sus hijos volvieron a ser afectuosas.

El 17 de abril de 1853, doña Dolores tuvo la pena de perder a su veinteañero hijo don Manuel, quien había estudiado en la Gran Bretaña y en cuya inteligencia y buenas cualidades se depositaban grandes esperanzas. Don Manuel se había casado con Doña Feliciana Marín, unión de la que nació en 1852 una hija llamada Emerenciana Victoria de los Dolores.

El 9 de enero de 1858 murió también Don José Antonio Ramírez a la edad de treinta y un años. Casi exactamente dos años después, el 8 de enero de 1860, falleció en San José doña Dolores, a la edad de cincuenta y nueve años. Sus restos fueron sepultados junto a los de su primer marido, en la tumba de la familia Castro.

Su hija Doña Pacífica Fernández de Castro y su nieta Doña Pacífica Fernández de Soto fueron también Primeras Damas de Costa Rica, y su hijo Don Próspero Fernández Oreamuno y su bisnieto Don Rafael Yglesias Castro fueron Presidentes de la República.

 


Las Primeras Damas de Costa Rica
José Francisco Sáenz Carbonell; Joaquín Alberto Fernández Alfaro; María Gabirela Muñoz Castro
1a. ed. – San José, C.R. : ICE, 2001.