Las Primeras Damas de Costa Rica: Doña Florencia Solares Sandoval de Ulloa Soto

A todas las Primeras Damas de Costa Rica, con respeto y admiración

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Jorge Francisco Sáenz Carbonell
Joaquín Alberto Fernández Alfaro
María Gabriela Muñoz Castro

Primera Dama de la Liga
Doña Florencia Solares Sandoval de Ulloa Soto
Esposa del Jefe de Estado Electo el 6-10 de Marzo de 1835

Doña Florencia Ramona Solares Sandoval fue bautizada el 26 de junio de 1802 en el pueblo de la Inmaculada Concepción de Heredia, denominado popularmente Villa Vieja. Sus padres fueron Don Pedro Antonio Solares de Berros y Doña Casimira de Sandoval y Porras.

Don Pedro Antonio Solares de Berros nació en Villaviciosa, en el principado de Asturias, y era hijo de Don Rodrigo de Solares, Conde de Bazán. Su destino lo apartó de la condal casa paterna y lo condujo a la Provincia de Costa Rica. En Villa Vieja se dedicó con gran éxito al comercio y a conquistar a una joven viuda, Doña María Manuela Porras, quien tenía tres hijos de su difunto marido: Casimira, Matías y José Tomás de Sandoval. En 1788 Doña María Manuela dio a Don Pedro Antonio una hija, Gertrudis Salvadora Solares Porras.

Cuando ya llevaban casi un decenio de armónica convivencia, Don Pedro Antonio le pidió a Doña María Manuela que se casaran. La señora consideró que ya estaba muy vieja para eso y promovió entonces una razonable fórmula de compromiso: el matrimonio de Don Pedro Antonio -cuyo capital ya era el más importante de Villa Vieja y uno de los mayores de Costa Rica- con su hija mayor Doña Casimira de Sandoval y Porras, ya toda una señorita en estado de merecer. El joven aristócrata aceptó cambiar a la madre por la hija y en 1797 contrajo nupcias con Doña Casimira, quien se convirtió así en madrastra de su media hermana Gertrudis Salvadora. La que puso objeciones fue la Iglesia, quien para admitir aquel matrimonio impuso a Don Pedro Antonio la penitencia de construir tres hileras de piedra alrededor de la parroquia de Heredia y donarle un ornamento y dos campanas. Éstas se trajeron de Lima y se pusieron en servicio en 1802.

La dote de Doña Casimira fue de ciento cincuenta pesos. Don Pedro Antonio aportó al matrimonio cuarenta mil pesos, suma verdaderamente fabulosa y desproporcionada para la Costa Rica de aquellos tiempos (el Gobernador de la Provincia, que era el funcionario mejor pagado, ganaba doscientos veintinueve pesos al mes).

Don Pedro y Doña Casimira tuvieron ocho hijos: Pedro José, Micaela Casimira, Florencia Ramona, Teresa, Melchora de Jesús y otros tres que murieron en la infancia.

Doña Florencia Solares tuvo una infancia tranquila y feliz. Su padre era el hombre más rico, influyente y respetado de Villa Vieja, donde desempeñó varios cargos públicos. También dedicaba atención a sus prósperos negocios y a las vastas haciendas que poseía en Esparza, Alajuela y otros lugares. En los días de fiesta vestía elegantemente, muy a la moda de la época, “con casaca de pana o de paño fino de color, chaleco de raso blanco, calzones de paño azul, sombrero de pelo, una gorguera blanca, media de lana, zapatillas negras con hebillas de plata, bastón o espadín”.
En 1819, cuando Doña Florencia tenía quince años y era ya uno de los mejores partidos de Heredia, la familia tuvo un serio disgusto. A pesar de la oposición de Don Pedro Antonio, su primogénita Doña Gertrudis Salvadora se había casado con un comerciante español, Don Manuel José Palma. Éste recibió de un amigo el texto de una proclama subversiva de los independentistas panameños, y las entregó a su suegro, en cuya casa la copió un amigo para llevar un ejemplar a Cartago. La proclama fue leída en una sala aristocrática de la capital y las autoridades iniciaron una investigación. Aunque el asunto no tuvo mayores consecuencias, Don Pedro Antonio Solares tuvo que ir a declarar lo que sabía de la proclama, y al hacerlo hizo constar que había sido siempre, era y sería realista hasta la muerte.

El fervor monárquico de Don Pedro Antonio lo llevó a acuerpar la idea de que Heredia se mantuviera en 1821 sujeta a la Diputación Provincial de León, primero enemiga de la Independencia absoluta de España y después fervorosa partidaria del Imperio Mexicano. Heredia se separó de Costa Rica y en diciembre de 1822 prestó juramento de fidelidad al Emperador Don Agustín I, con grandes demostraciones de júbilo. Sin embargo, en 1823 cayó el Imperio, Heredia se reincorporó a Costa Rica y Don Pedro se retiró prácticamente de toda actividad política.

Entre los partidarios del Imperio en Costa Rica en el azaroso año de 1823 figuró el joven José Nicolás Ulloa Soto, quien por esos días debe haber empezado a cortejar a Doña Florencia Solares. Don Nicolás, nacido en Heredia el 21 de julio de 1799, era hijo del Presbítero Don Félix Antonio de Alvarado y Salmón- Pacheco, cura párroco de esa población por varios años, y de Doña María Marcela de Ulloa y Soto, y acababa de regresar de León de Nicaragua, donde había estado estudiando ciencias eclesiásticas, sin que llegara a ordenarse.

Don Pedro Antonio Solares, quien ya había enviudado de Doña Casimira, no llegó a ver casada a Florencia. Falleció en Heredia el 11 de febrero de 1824 y dejó una inmensa fortuna a sus hijos. Don Pedro José Solares y Sandoval, prometedor muchacho de veinticinco años, se convirtió en administrador del cuantioso patrimonio y en tutor de sus cuatro hermanas solteras. Después de algunos meses de duelo, se acordó que Doña Florencia se casara con Don Nicolás Ulloa y su hermana Doña Casimira Micaela con Don Rafael Moya Murillo. Don Pedro José, por su parte, se comprometió en matrimonio con una señorita cartaginesa, Doña Victoria Prieto y Ruiz.

Doña Florencia Solares y Don Nicolás Ulloa contrajeron matrimonio en Heredia en setiembre de 1824, cuando ella tenía veintidós años y él veinticinco. La nieta del Conde de Bazán llevó como dote la astronómica cantidad de trece mil pesos, suma equivalente a más del 25% de lo que el Gobierno de Costa Rica había gastado en todos sus ramos en lo que iba de aquel año.

En diciembre de 1824 las hermanas Solares tuvieron una profunda pena, cuando murió en Heredia Don Pedro José, a la temprana edad de veintiséis años y después de una rápida enfermedad. En su lecho de muerte, el joven no olvidó a su desdichada novia y le legó una importante suma de dinero. Posteriormente Doña Victoria Prieto y Ruiz contrajo nupcias con Don Juan de Dios Marchena y Nava.

Con la muerte de Don Pedro José‚ quedó extinguida la descendencia masculina de Don Pedro Antonio Solares. Sin embargo, sus hijas se encargarían de hacer que la familia se extendiera prolíficamente y sus yernos de que desempeñase un papel significativo en la política y en los negocios. Don Nicolás Ulloa fue Alcalde de Heredia y Diputado, tuvo minas y fincas de café‚ y con su concuño Don Rafael Moya fundó una sólida y próspera casa comercial, la sociedad Ulloa & Moya.

En 1825 Doña Florencia dio a luz su primer hijo, Nicolás Anselmo, al que siguieron Juan José, Tranquilino Agustín, Félix Pedro, Teodora Florencia, Florencia Dolores, Alejandro de Jesús, Ildefonsa de los Dolores, José María, Jesús, Sara Ramona, Matilde Rosaura, Mercedes… Todos sobrevivieron y llegaron a la edad adulta, con excepción de Tranquilino Agustín.

Para las elecciones de 1833 las ciudades de Cartago y Heredia postularon la candidatura de Don Nicolás Ulloa, quien era Diputado por Heredia, mientras Alajuela, Escazú y San José respaldaban la de Don Manuel Aguilar. A fin de cuentas, después de una complicada triquiñuela, resultó electo Don José Rafael de Gallegos, quien sólo había tenido un voto. Don Nicolás, quien había recibido el 43.9% de los sufragios, fue elegido Presidente de la Asamblea legislativa, cargo que ejerció de marzo a mayo de 1833. A principios de 1834 concluyó su período como Diputado y se retiró a sus actividades privadas.

Al iniciarse el mes de marzo de 1835 y con él las sesiones de la nueva Asamblea -en la que figuraban como Diputados por Heredia Don José Salinas de Almengola y Zamora, esposo de Doña Teresa Solares, y Don José María Alfaro, casado con una prima hermana de las Solares Sandoval-, Don José Rafael de Gallegos presentó la renuncia a la Jefatura del Estado, que le fue admitida el 4 de marzo. Sin embargo, el 6 de ese mismo mes la Asamblea declaró nula la elección de Gallegos y decidió escoger al nuevo Jefe Supremo entre los que habían sido candidatos en 1833. Los votos de los Diputados favorecieron a Don Nicolás Ulloa y por decreto de ese mismo día se le declaró elegido para terminar el período de Gallegos. Se dispuso que debía tomar posesión de su cargo el 12 de marzo de 1835 en la ciudad de Alajuela, que era entonces la capital del Estado en virtud de la absurda ley de la Ambulancia-

Cuando Don Nicolás Ulloa se convirtió en Jefe de Estado electo tenía treinta y seis años de edad y Doña Florencia treinta y dos.

Las nuevas de la elección deben haber llegado en cuestión de horas a la bella y cómoda casa que los Ulloa Solares poseían en las inmediaciones de la parroquia de Heredia y es de suponer que despertaron gran agitación en la familia. Sin embargo, las noticias no eran lo halagadoras que podría suponerse. La elección obligaba a Don Nicolás a residir en Alajuela y a no salir de allí sin permiso de la Asamblea, que casi nunca conseguía quórum; es decir, o Doña Florencia y sus hijos se mudaban a la capital o se resignaban a no verlo más que ocasionalmente. Las prósperas empresas de la familia se verían seriamente afectadas por la ausencia de Don Nicolás. Y como si fuera poco, la Jefatura Suprema carecía de autoridad y la situación política parecía llena de negros nubarrones.

Mientras en Alajuela se preparaba la transmisión de mando, Don Nicolás halló la forma de eludirla, en una ley de 1830 que eximía de la obligación de servir cargos públicos a los empresarios mineros durante sus cuatro primeros años de actividades en el monte del Aguacate. Y como él era minero de reciente matrícula, se colgó de la ley de 1830 como de un clavo ardiente y el 9 de marzo envió a la Asamblea su carta de renuncia. Al Poder Legislativo no le quedó más remedio que declarar con lugar la dimisión, el 10 de marzo de 1835, y de este modo concluyó el brevísimo período en el que el esposo de Doña Florencia fue Jefe de Estado electo de Costa Rica.

En setiembre de 1835, con el entusiasta apoyo del nuevo Jefe Supremo Don Braulio Carrillo, el Poder Legislativo derogó la ley de la Ambulancia y dispuso que mientras se construían edificios adecuados en el llano de Murciélago, donde estaría la nueva capital, el Ejecutivo y la Corte Superior de Justicia residieran en San José y el Consejo Representativo y la Asamblea en Heredia, que de este modo quedó convertida en capital provisional de Costa Rica.

La derogatoria de ley de la Ambulancia irritó a cartagineses, alajuelenses y heredianos, que a fines de setiembre se alzaron en armas contra Carrillo. El 14 de octubre estalló la guerra civil y ese mismo día las tropas gubernamentales tomaron Cartago, mientras heredianos y alajuelenses retiraban las tropas que habían tenido acantonadas en el Murciélago y se replegaban a la margen norte del río Virilla.

Don Nicolás Ulloa Soto y sus concuños Salinas y Moya habían apoyado con calor la insurrección, y el 18 de octubre de 1835, las conferencias entre los líderes de la capital con los de Cartago y Alajuela dieron como resultado que el esposo de Doña Florencia fuera nombrado Dictador de la Liga, nombre éste que se dio a la alianza contra el gobierno y contra San José. Con la designación de Don Nicolás como cabeza formal de la insurrección, Doña Florencia Solares de Ulloa se convertía, de hecho, en Primera Dama de gran parte de Costa Rica. Los ligueros controlaban Heredia -capital del Estado-, Alajuela, Barba, la importante ruta del Pacífico, que incluía las minas del Aguacate y la ciudad de Esparza y llegaba hasta el puerto de Puntarenas, también sublevado contra Carrillo. Éste mantenía su autoridad sobre San José y los pueblos vecinos, el lejano Guanacaste y la vencida Cartago.

El 19 de octubre las fuerzas del gobierno empezaron a atacar las posiciones ligueras del Virilla y Carrillo propuso a los insurrectos de Heredia y Alajuela que celebrasen una conferencia en Tibás con delegados suyos. El 24 de octubre, el Dictador Ulloa y su concuño Don Rafael Moya salieron de Heredia para asistir a la reunión. Sin duda el hecho angustió mucho a Doña Florencia y a su hermana Doña Casimira, ya que para llegar al lugar de las conversaciones sus esposos debían atravesar los dos campamentos militares y cualquier incidente podía originar una tragedia. Dichosamente nada ocurrió y en Tibás se firmó un convenio de paz; pero éste no fue ratificado por los demás caudillos de la Liga y la guerra continuó. El 28 de octubre, después de algunos combates, las tropas gubernamentales se apoderaron de la capital y de Alajuela y pusieron término a la efímera dictadura de Don Nicolás.

Don Nicolás logró escapar de Heredia antes de que entrasen en ella las fuerzas del gobierno y durante algunos días se mantuvo oculto. Descartó la posibilidad de exiliarse y finalmente se entregó a las autoridades. Éstas se conformaron con imponerle una multa y confinarlo durante un corto período en los montes del Aguacate, donde podía dedicarse a la explotación de sus minas. Doña Florencia y sus hijos permanecieron en Heredia, no sólo porque el plazo del confinamiento era breve, sino también porque el Aguacate era un paraje inhóspito, que no ofrecía ninguna comodidad para el asentamiento de familias.

De 1841 a 1842 Don Nicolás representó a Heredia en la Cámara Consultiva y en agosto de 1842 rechazó la presidencia de la Corte Suprema de Justicia, que le ofreció el ya muy desprestigiado régimen de Morazán. Ya para entonces su esposa, quizá algo avejentada por los numerosos partos, era el principal personaje femenino de la sociedad herediana y dedicaba su tiempo a la crianza de los hijos, a los deberes religiosos y a las faenas de la casa, cada vez más lujosa gracias a las respetables ganancias de Ulloa & Moya.

En 1844 Doña Florencia de Ulloa aportó la suma de quince pesos, nada despreciable en aquella época, para la construcción del puente de las Damas, en la carretera a Puntarenas. Sólo otras dos señoras heredianas contribuyeron con una cantidad tan importante: Doña Josefa Polanco de Murillo y Doña María Josefa Salinas y Solares de Moya. Ésta, sobrina de Doña Florencia, era la segunda esposa de Don Rafael Moya, quien había enviudado de Doña Casimira Solares en 1839. Doña Teresa Solares de Salinas, antes cuñada y ahora suegra de Don Rafael, aportó cuatro pesos y dos reales para la obra, y su hermana Doña Melchora Solares de Zamora seis pesos.

En 1845 fue bautizada en Heredia la décimocuarta y última hija de Doña Florencia, Casimira de los Dolores Ulloa Solares. En setiembre de ese año Don Nicolás fue elegido como Senador, cargo que ejerció hasta mayo de 1847. De 1848 a 1849 fue Diputado.
Don Nicolás Ulloa Soto murió en Heredia el 24 de mayo de 1864, a los sesenta y cuatro años de edad. Ya algunos de sus vástagos se habían casado y Doña Florencia pudo hallar consuelo a su viudez en una creciente cantidad de nietos. Dos de los jóvenes Ulloa Solares, haciendo honor a las tendencias endogámicas de su familia materna, se habían casado con primas hermanas suyas. En sus últimos años Doña Florencia tuvo también la pena de perder a varios de sus hijos.

Doña Florencia Solares Sandoval de Ulloa murió en Heredia el 17 de abril de 1884, a los ochenta y un años de edad. Fue sepultada en la iglesia parroquial de la ciudad y su fallecimiento fue profundamente sentido. En su testamento dejó importantes legados para obras de caridad y para el sostén del hospital de Heredia.

 


Las Primeras Damas de Costa Rica
José Francisco Sáenz Carbonell; Joaquín Alberto Fernández Alfaro; María Gabirela Muñoz Castro
1a. ed. – San José, C.R. : ICE, 2001.

 

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