Jorge Francisco Sáenz Carbonell
Joaquín Alberto Fernández Alfaro
María Gabriela Muñoz Castro

Doña Froilana Carranza Ramírez de Carrillo Colina
Primera Dama de Costa Rica 1835-1837 Y 1838-1842

Doña Josefa Froilana Carranza Ramírez fue bautizada en el pueblo de San José de Vallehermoso, más tarde orgullosa capital de Costa Rica, el 15 de octubre de 1809. Sus padres fueron Don Miguel Carranza y Fernández y Doña Joaquina Ramírez y García, dieron el nombre de Josefa Froilana. Es de suponer que la niña había nacido el 5 de octubre, día de San Froilán, y que por el santo se sacó el nombre.

En medio de la secular austeridad de la Costa Rica borbónica, la familia Carranza Ramírez, sin ser rica, llevaba una existencia sin mayores preocupaciones, gracias a sus hábitos de trabajo y a sus sencillas y severas costumbres. Como casi todos los matrimonios de aquel entonces, Don Miguel y Doña Joaquina tuvieron una prole numerosa. Muy devotos del santo patrono de Villa Nueva, a todos sus hijos les pusieron el nombre del padre adoptivo del Salvador: José Domingo, Josefa Froilana, Josefa Guillerma, José Fulgencio, José Ramón, Josefa Wenceslada, José Bruno, José Miguel, José Higinio y Josefa Benita Carranza Ramírez. Cabe añadir, sin embargo, que tal muestra de devoción no pasó de las partidas de bautismo: a todos los hermanos Carranza Ramírez que alcanzaron la edad adulta -y no fueron pocos- se les conoció únicamente por el segundo nombre.

Doña Froilana Carranza Ramírez de Carrillo Colina.

En los agitados años veinte, mientras Doña Froilana dejaba atrás la niñez, ocurrieron grandes cambios en Costa Rica. La bandera rojo y gualda de la Monarquía Española fue sustituida por el pabellón trigarante del Imperio Mexicano, y más tarde por la enseña azul y blanca de la República Federal de Centro América.

Don Miguel Carranza, simpatizante de las ideas republicanas y liberales, participó discretamente en el acontecer político de aquellos días y representó a San José en el Congreso Constituyente de 1823, que trasladó oficialmente la capital de Costa Rica a la ciudad natal de Doña Froilana. Sin embargo, en Don Miguel prevaleció el hombre de empresa sobre el político, y continuó afanándose en el comercio, la agricultura y la minería.

A fines del decenio de los veinte empezó a cortejar a Doña Froilana un joven abogado cartaginés, Don Braulio Evaristo Carrillo Colina, nacido el 20 de marzo de 1800 en el hogar de Don José Benito Carrillo y Vidamartel y Doña María de Jesús Colina Gutiérrez. Don Braulio, graduado de Licenciado en Leyes en la Universidad de León de Nicaragua, había representado a Cartago en la Asamblea legislativa de 1827 a 1828 y la presidió brevemente en 1828. Después había sido electo Diputado al Congreso Federal para el período 1828-1830. Este Congreso no había llegado a reunirse nunca, pero Don Braulio había tenido que permanecer ausente de Costa Rica hasta principios de 1829, atendiendo negocios de su familia en Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua, mientras frenéticas convulsiones bélicas azotaban esos Estados. A su regreso a Costa Rica fue elegido Ministro suplente de la Corte Superior de Justicia.
Al entregar a su novia los bienes que aportaba al matrimonio, pocos días antes de su boda, Don Braulio escribió a Doña Froilana la siguiente carta:

“San José, junio 2/30
Señorita: Tenga V. la bondad de aceptar y disponer de los adjuntos muebles y escudos que le obsequia mi afecto, asegurándole que todo se aumentará a una manera satisfactoria, e igual – mente que cuanto creo necesario para su uso ya está trabajándose, así personal como de casa.
Soy de V. su apasionado servidor que B. S. P.
Braulio Carrillo”

Don Braulio y Doña Froilana contrajeron matrimonio en San José, en el oratorio de Nuestra Señora del Carmen, el 14 de junio de 1830. Él tenía treinta años y ella veinte.
El joven abogado cumplió su palabra. El patrimonio inicial de la pareja fue aumentado “a una manera satisfactoria”, con el trabajo de Don Braulio en el ejercicio de su profesión, en el cultivo del café en una pequeña finca en Alajuelita y en algunos modestos negocios. Doña Froilana, por su parte, tuvo una pequeña tienda en su casa para contribuir al sostén del hogar.
En el mismo año de 1830 que presenció el matrimonio de Don Braulio y Doña Froilana, Don Miguel Carranza prestó un importante servicio a la cultura costarricense, al traer al país la primera imprenta. El 20 de octubre de 1830 circuló en San José la primera hoja impresa en Costa Rica: un volante que anunciaba al público el establecimiento de la Imprenta de la Paz, nombre dado por Don Miguel a su nueva empresa.

En 1832 Doña Froilana dio a luz una niña, que recibió el nombre de Esmeralda. A fines de ese año Don Braulio fue elegido para representar a Costa Rica en el Congreso Federal que debía iniciar sesiones en 1833. Por diversas razones no fue sino hasta abril de 1834 que pudo partir a ocupar su curul. En el ínterin desempeñó los cargos de Fiscal y Presidente de la Corte Superior de Justicia del Estado.

En la madrugada del 28 de mayo de 1834, en ausencia de su esposo, Doña Froilana dio a luz el único hijo varón que tuvieron. Recibió el nombre de Braulio Evaristo y sus padrinos de bautismo fueron Don Manuel Antonio Bonilla Nava y su esposa Doña Jesús Carrillo Morales de Bonilla, sobrina de Don Braulio.

Mientras su marido ejerció las funciones de Diputado Federal en Sonsonate y San Salvador (sucesivamente designadas para reemplazar a la ciudad de Guatemala como sede de las autoridades centroamericanas), Doña Froilana permaneció en Costa Rica con sus hijos. Los viajes eran largos, caros y peligrosos; los transportes incómodos e inseguros. Además, la casi perpetua lucha en que se vivía en los otros Estados que asolaba hacía desechar cualquier proyecto de hacer turismo.

En marzo de 1835, concluidas sus funciones legislativas, Don Braulio pudo regresar a Costa Rica y conocer a su hijito. Proyectaba abrir una tienda en San José y apartarse por un tiempo de los asuntos públicos. Sin embargo, encontró al Estado en una grave crisis: Don José Rafael de Gallegos había renunciado a la Jefatura suprema, la Asamblea legislativa había declarado nula su elección y ninguno de los designados por ella había querido asumir la primera magistratura. A fin de cuentas se había convocado a nuevos comicios.
La ciudad de San José postuló la candidatura de Carrillo y en abril de 1835 el voto mayoritario de los pueblos decidió su elección para la Jefatura del Estado.

El triunfo electoral significaba una nueva separación de Don Braulio y Doña Froilana: por imperativo de la celebérrima ley de la Ambulancia, en vigor desde 1834, el Jefe Supremo y las demás autoridades debían residir en la ciudad de Alajuela. Al igual que sus inmediatos predecesores Don José Rafael de Gallegos y Don Manuel Fernández, Don Braulio decidió que su esposa y sus hijos continuasen viviendo en San José, en vez de pasar por todas las complicaciones que en aquella época implicaba un cambio de vecindad.

Carrillo inició su primera administración en Alajuela, el 5 de mayo de 1835, y Doña Froilana, quien tenía entonces veinticinco años, se convirtió en Primera Dama de Costa Rica. Tal circunstancia no introdujo mayores modificaciones en su vida. Todavía se consideraba al Jefe Supremo un simple empleado público encargado de firmar decretos y poco más. Su esposa tampoco tenía más importancia que la de un escribiente o un portero. Es muy posible que Doña Froilana ni siquiera haya asistido a la toma de posesión de Don Braulio.

Pero Carrillo dio nuevos perfiles a la figura del jefe de Estado. Resultó un gobernante enérgico, visionario y progresista, y contó con el respaldo de una combativa fracción de diputados que a fines de agosto de 1835 se encargó de derogar la absurda ley de la Ambulancia. Poco después, el Ejecutivo y la Corte Superior de Justicia trasladaron su residencia a San José, mientras la Asamblea y el Consejo Representativo se instalaban en Heredia, designada como capital provisional mientras se edificaban los edificios necesarios para convertir al barrio del Murciélago en sede definitiva de las supremas autoridades.
La derogatoria de la ley de la Ambulancia permitió a Don Braulio reunirse nuevamente con Doña Froilana y sus hijos en San José, pero también provocó el estallido de un conflicto civil, la llamada Guerra de la Liga. Fuerzas de Cartago, Heredia y Alajuela rodearon San José‚ y se dispusieron a recuperar por la fuerza lo que se había perdido en la Asamblea.
Don Braulio hizo ofertas de paz a los sublevados, que éstos aceptaron con algunas modificaciones. Una de ellas estipulaba que Braulio Carrillo Carranza, el único hijo varón del Jefe Supremo, debía ser entregado como rehén a la ciudad de Heredia, mientras se hacía efectivo el reparto del armamento del Estado entre las cuatro ciudades en liza. Sin embargo, Doña Froilana no tuvo que pasar por el angustioso trance de ver a su hijito como rehén, pues el 14 de octubre de 1835, ante un ataque de tropas cartaginesas, el Gobierno pasó a la acción. Ese mismo día los josefinos tomaron Cartago y dos semanas más tarde se apoderaron también de Heredia y Alajuela.

El nombre de Don Braulio fue postulado para la reelección en los comicios de 1837, pero su resultado le fue adverso a pesar de que intentó manipularlos en su provecho. El 28 de febrero de ese año, cuando Doña Froilana estaba embarazada, concluyó el perío- do constitucional de Carrillo, y al día siguiente asumió la primera magistratura Don Joaquín Mora Fernández.

El fin de la administración debió significar un gran alivio para Doña Froilana, por el hecho de ver a su familia apartada de las zozobras de la política. Además, no debe olvidarse que en esa época la participación en la vida pública obligaba generalmente a descuidar por completo los negocios particulares, y para una pareja joven, con un patrimonio modesto y tres hijos -en mayo de 1837 nació Josefa Joaquina Estanislada de las Mercedes- ello era motivo de seria preocupación.

A principios de 1838 Carrillo se encontraba en Las Trancas, una hacienda que tenía en el Guanacaste su hermano Don Basilio. Doña Froilana se había quedado con los niños en la finca de Alajuelita. Allí enfermó de gravedad el pequeño Braulio, y fue preciso enviar recado a su progenitor para que regresara inmediatamente, lo que en efecto hizo. Casi enseguida, el 27 de mayo, ocurrieron graves acontecimientos en San José: el cuartel local se pronunció contra el Gobierno de Don Manuel Aguilar y proclamó a Don Braulio como Jefe de Estado. Carrillo se negó a aceptar el poder en semejantes circunstancias, pero ante una segunda y muy enérgica instancia de los sublevados hubo de cambiar de parecer y tomar posesión de la primera magistratura.

Por segunda vez Doña Froilana se vio elevada al rango de Primera Dama de Costa Rica, a la edad de veinticinco años. En esta oportunidad, sin embargo, su esposo no iba a ser un mandatario constitucional, sujeto a leyes y reglamentos, sino un dictador omnipotente. Poco después, la Asamblea legislativa declaró a Carrillo como Jefe Supremo y escogió como Vicejefe y Presidente del Consejo a Don Miguel Carranza, el anciano padre de Doña Froilana.

A los pocos meses del golpe se intentó envenenar a Don Braulio. Se ignora quiénes introdujeron el tóxico en una bebida destinada al Jefe Supremo; sólo se sabe que éste enfermó de gravedad y que sufrió durante largo tiempo los resabios del envenenamiento. Es de suponer que este hecho llenó de ansiedad a Doña Froilana, quien ya había sufrido grandes inquietudes como consecuencia la actividad política de su marido.

Sin embargo, Don Braulio se restableció y se dedicó a consolidar su poder y a trabajar arduamente por el progreso del país. No le tentaron el boato y el brillo de oropel que tanto gustaban a sus colegas de otras naciones latinoamericanas; tampoco su esposa pensó que por ser la consorte del Jefe de Estado podía rodearse de lujos a costillas del Fisco y siguió dedicada al cuidado de su familia, que en abril de 1839 se vio acrecentada con una nueva niña, Clarisa. Un joven americano que visitó San José en 1840, John Lloyd Stephens, que calificó a Carrillo como “el Pedro el Grande de Costa Rica”, no pudo menos que consignar en el relato de su viaje, con algo de extrañeza, lo sencilla que era la vida de Don Braulio y su esposa:

“Su casa era lo bastante republicana y nada había en ella que la distinguiese de la de cualquier ciudadano. En una parte estaba una tiendecita de su mujer y en la otra tenía él su oficina para despachar los asuntos del Gobierno. Esta oficina no era más grande que la de un mercader de tercer orden y en ella tenía tres empleados…”
Don Braulio decidió institucionalizar su dictadura, y el 8 de marzo de 1841, mediante el famoso decreto de Bases y Garantías, se proclamó gobernante inamovible y no sujeto a responsabilidad, con el título de Primer Jefe del Estado. Así inició Doña Froilana su tercera y última etapa como Primera Dama de Costa Rica, a la edad de treinta y dos años, y sin que considerase desdoroso ni incompatible con su rango atender un mostrador y ayudar con su trabajo a mantener el hogar.

La institucionalización del régimen no alteró el austero modo de vida de la familia, pero sí planteó el problema de la sucesión. El decreto de Bases y Garantías exigía que el Segundo Jefe del Estado -llamado a suceder al Primer Jefe y también designado con carácter inamovible, aunque mediante elección popular- fuera menor de cincuenta años, y Don Miguel Carranza tenía ya sesenta y dos. Finalmente, la cuestión se resolvió en favor de Don Manuel Antonio Bonilla Nava, compadre y sobrino político de Don Braulio. No tenía caso pensar en el único hijo varón del Jefe Supremo, pues aún era muy niño.

El 2 de febrero de 1842 nació en San José la última hija de Don Braulio, una niña a la que llamaron Josefa Carolina de las Mercedes y cuyos padrinos de bautismo fueron Don Manuel Antonio Bonilla Nava y su esposa.

En la noche del 8 de abril de 1842, la sencilla casa de los Carrillo Carranza se vio conmovida por una alarmante noticia: el general Morazán había desembarcado en Caldera y se disponía a avanzar hacia el valle central, con el evidente propósito de derrocar a Don Braulio. Este organizó a toda prisa la defensa y envió al general Don Vicente Villaseñor a enfrentar al invasor. Después Carrillo salió de la capital, al mando de otro grupo de sol- dados, pero en el transcurso de la jornada se enteró de la infame traición de su lugarteniente y regresó a San José. Aunque allí contaba con suficientes partidarios y elementos de guerra para resistir, quiso evitar una nueva guerra civil y prefirió abandonar el poder y marchar al exilio.

El 13 de abril entró en San José el general Morazán, quien hizo una breve visita a Don Braulio. A este se le habían dado únicamente tres horas para abandonar la capital, pero tuvo tiempo de advertir al militar hondureño: “General, hoy ha entrado usted aquí como el Señor del Triunfo, pero guárdese mucho de que lo sacrifiquen mañana, usted no conoce el terreno escabroso que pisa.”

Después de cuatro años de omnipotente dictadura, los esposos Carrillo Carranza andaban muy escasos de dinero. Según parece, tuvieron que vender las pocas y muy modestas alhajas que tenía Doña Froilana para que su marido pudiese salir de Costa Rica con unas cuantas monedas en el bolsillo. En tan tristes circunstancias, Don Braulio se despidió de sus cinco hijos y de su compañera de doce años. Nunca más volvieron a verse.
Mientras la antigua Primera Dama se quedaba en San José con los cinco niños y sus compatriotas vitoreaban a Morazán, Don Braulio salió de Costa Rica con destino a Guayaquil, donde se radicó por algún tiempo. Su esposa hizo honor al denodado espíritu del desterrado y dedicó sus empeños a sostener sus cafetales. Tuvo la dicha de que su sobrino político Don Basilio Carrillo pasase por el Ecuador y le trajese un retrato a lápiz de su marido, “de un parecido perfecto”, varias cartas del ausente y algunos modestos obsequios suyos.

El régimen de Morazán resultó ser una tiranía oprobiosa, y en setiembre de 1842 los josefinos y los alajuelenses se sublevaron. En el movimiento tomaron parte muy activa Don Domingo Carranza Ramírez y otros parientes muy próximos de Doña Froilana, pero su triunfo no significó el fin de la expatriación de Don Braulio, y en el mes de octubre siguiente el gobierno de Don José María Alfaro decretó que se mantenía la prohibición de ingresar al país a las personas que estuvieran desterradas “por tratados, sentencias o por causas pendientes en negocios políticos”.

En noviembre de 1842 Don Braulio salió de Guayaquil con rumbo al puerto salvadoreño de La Unión. Desde esta última población escribió a Doña Froilana:

“Unión, Noviembre 24/42
A bordo del bergantín María Teresa.
A mi señora Froilana Carranza Hijita:

Por las cartas que te escribí con Basilio sabrás que hasta aquella fecha mi salud era buena. Ha seguido lo mismo a pesar de una gran peste de fiebre que hubo en Guayaquil, la que yo pasé a bordo del bergantín María Teresa asistiendo enfermos de la misma epidemia; porque el día que me embarqué cayó con ella la señora del capitán, a pocos días un hijo, después él y sucesivamente algunos otros de la tripulación. Yo era el único a bordo que sabía preparar las medicinas y aplicarlas hasta que sanaron; y aun en la navegación y en este puerto he tenido que hacer de médico, boticario y enfermero, porque en todo este tiempo no han faltado enfermos a bordo; pero gracias a Dios yo, hasta la fecha, no he tenido novedad, sin duda porque Él quiere que vuelva algún día al seno de mi familia.
Por la enfermedad del capitán y su familia no pudo salir el buque de Guayaquil hasta el 8 del corriente, haciendo toda la navegación en doce días; pero como la Josefa vino primero y le convenía que sus efectos no sufrieran la concurrencia de otros, dio informes de que en Guayaquil se había desatado una gran epidemia de vómito prieto y por esta razón no se nos ha permitido desembarcar, aunque de tierra se nos comunica con frecuencia.

Por semejante motivo no he podido saber sino superficialmente las ocurrencias de Costa Rica sucedidas en setiembre próximo pasado. No he visto a paisano alguno ni ellos sabrán que estoy aquí, porque ocupados en sus negocios en San Miguel no es tiempo aún de regresar. Por la misma causa los mil pesos que traje empleados en sombreros no podré venderlos aquí y seguirán conmigo al Estado de Nicaragua, donde primero pienso ir.
Basilio te habrá informado del atraso que él sufrió por haberse varado el buque y vuelto a recomponerse, pero esta demora sirvió para que llevase impresa una exposición que hice al Gobierno y que considero que habiendo variado las circunstancias producir buenos efectos si mis paisanos quieren ser justos. Por mi parte me alegro de que hayan vindicado el honor del Estado, preservándole de mayores males y librando a centenares de hombres inocentes de la muerte en país extraño. No podía menos de suceder así, yo lo calculaba y esperaba, pero no creí que sucediera sino en diciembre, porque éste era el mes que se me había dicho por los oficiales que salieron de Costa Rica para Guayaquil que estaba destinado para sacar la fuerza y abrir la campaña. Ahora sería preciso que procedieran con mucho juicio y calma para sacarle a tan brillante triunfo todas las ventajas de crédito y honra que él ofrece; y que olvidando los compromisos de partido, olvidaran lo de atrás y procuraran unificarse en sentimientos para reponer los daños que ha padecido el Estado en su moralidad. La ocasión es oportuna para hacer mucho bien, así como es peligrosa porque puede revivir el germen de anarquía.

Con respecto a mi persona sólo deseo regresar al seno de mi familia y vivir retirado en el campo y sería justicia que así lo acordasen mis paisanos si ellos son justos y quieren obrar bien, si reconocen mis servicios y los aprecian, si quieren corresponder a mis sacrificios con el descanso que apetezco. Cuando salí del Estado di la prueba más relevante de desinterés y desprendimiento de empleos y honores, y la di de lo mucho que apreciaba la sangre costarricense; y con la experiencia adquirida he concebido ya odio por todo lo que no sea vida del campo y absoluta abstracción de la cosa pública.

Con Basilio te mandé un sombrero para Braulio, unos peinecitos para las muchachas y dos frasquitos de Esencia Coronada, fuera de lo que comprenden las cartas.

Da mis expresiones a don Miguel, doña Joaquina, niños y niñas; a Pinto, doña María, etc., etc.; a don Víctor, Padre Vicente, etc., etc. Enseña a todos estos mi carta y diles que no les escribo por la incomodidad en que estoy. Recuérdame a la memoria de todos mis amigos y escríbeme a León. A mis muchachitos dos abrazos y a Carolina un besito.
Tu viejo
Braulio Carrillo”

La pobre Doña Froilana estaba pasando por una situación económica muy difícil. Buena prueba de ello es que en diciembre de 1842, cuando el gobierno impuso una contribución forzosa a todos los propietarios, la antigua Primera Dama se vio en la necesidad de solicitar que se le exonerase del impuesto, como consta en una carta que dice así:
170
“JUNTA CALCULADORA

Froilana Carranza, de este vecindario, ante vos en forma legal expongo: Que por el mando político de este departamento se me ha comunicado la lista en que se comprenden los individuos que deben contribuir para reunir la cantidad que a los propietarios de este departamento asignó el decreto de tal fecha.
A mí se me ha señalado la cantidad de sesenta pesos, que en las actuales circunstancias me es sumamente difícil poder enterar en los términos prefijados por el citado decreto. A nadie se le oculta que mi esposo tuvo que salir para el exterior de la República dentro de tres horas, y que siendo su capital, como todos saben muy reducido, se vio en la necesidad de llevar consigo el poco dinero que tenía y aun de vender las prendas más realizables, para no verse expuesto a la mendicidad en el extranjero. Por consiguiente quedé, con mi numerosa familia, sujeta para subsistir al escasísimo producto de una hacienda de café naciente que demanda todavía, para que no se arruine, gastos de con – sideración.

De otra parte, no teniendo, como he dicho, otra cantidad que la que constituyen las fincas raíces, no puedo absolutamente disponer de ellas, porque es prohibido por las leyes hacerlo sin la licencia correspondiente de mi marido para enajenarlas; de suerte que se me pondría en el mayor conflicto si desatendiendo tan justas razones, la Junta a quien me dirijo insistiese en que debo contribuir con los sesenta pesos relacionados; pero espero que lejos de eso os serviréis ver en mí una mujer privada de su marido, con una numerosa familia destituida de los recursos necesarios para su subsistencia y excepta, por consecuencia, de la contribución que se le ha señalado.

Declarándolo así obraréis en justicia, que es la que imploro con el juramento necesario, etc.” No se conoce qué resultado tuvo la gestión de Doña Froilana, pero es de creer que no fuese vista con simpatías por las autoridades. El régimen de Alfaro consideraba a Carrillo como un peligroso enemigo, le tenía más pavor que los Borbones a Napoleón, e incluso echó a rodar especies tan ridículas como la de que había sostenido negociaciones secretas con Morazán para entregarle Costa Rica, aunque no logró explicar a.cuenta de qué.
A principios de 1843, después de permanecer un tiempo en Guatemala, Don Braulio se radicó definitivamente en El Salvador y allí se dedicó a trabajar con ahínco para poder llevar a su lado a Doña Froilana y a sus hijos. En octubre de 1844 dirigió a su esposa una carta llena de ilusiones y esperanzas:

“San Miguel, Octubre 8/44 Hijita:

Aunque yo te he escrito varias no me quejo de no haber recibido ninguna tuya, porque de León no pasan los correos y sólo me resiento de la poca que no me permite ni siquiera saber de mi familia. Deseo, pues, que goces de buena salud junto con mis hijitos: yo estoy bueno.

Soy dueño de una mina rica en compañía con el Lic. Espinosa, que se nombra Carao, en esta jurisdicción. Si yo tuviera 2.000 pesos para trabajarla sería rico en un año y podría traerte; pero me falta todo, a no ser que pueda conseguir por acá una habilitación.
Con este fin procura buscar dueño a los cafetales y potreros; pero avísame de las propuestas que tengas y no hagas venta hasta que tengas mi aprobación y orden expresa, y siempre debes cuidar mucho de todo para que mejore. José María Cañas me ha propuesto comprar la casita y le he contestado que cuando me resuelva a venderla le avisaré. Dime, pues, si quieres que la venda y cuánto valdría en la actualidad, porque a mí me cuesta con el solar 800 pesos.

Te repito y te aseguro que si yo puedo trabajar con empeño esta mina, dentro de un año no necesitaré de los cafetales y podré traer a mi familia.

Si vieres al P. Joaquín ofrécesela y dile que siempre que mis esperanzas sean correspondidas yo le avisaré para que se venga.

Dámele expresiones a doña Joaquina y niñas, a Ramón, PP. Castros, Tinoco, Marchena, Timoteo, etc., y con mil abrazos a mis hijitos te dice adiós tu viejo.

Braulio Carrillo
Escríbeme aquí, que aunque esté en la mina, que dista diez leguas, recibiré tus cartas.”

El destino no permitió que Doña Froilana volviese a abrazar a Don Braulio. El 15 de mayo de 1845, en medio de una de las turbulencias bélicas que periódicamente afligían a El Salvador, el arquitecto del Estado costarricense fue villana y salvajemente asesinado por un enemigo personal. La noticia causó pesar en San José, y no faltó quienes dedicasen elegías al ilustre extinto. Sin embargo, la situación económica de su familia seguía siendo tan difícil que ni siquiera se pudo pensar en traer sus restos a Costa Rica.

La profunda tristeza de Doña Froilana, viuda a los treinta y cinco años de edad, halló distracción, aunque no consuelo, en sus múltiples quehaceres y la educación de sus cinco hijos. Pero todavía era joven y agradable, y no tardó en aparecer un cortejante.

El pretendiente de la viuda de Carrillo era un muchacho de veinticuatro años, originario de Masaya de Nicaragua, que se llamaba Mateo Fuentes y Avilés. Los parientes de Doña Froilana no lo deben haber visto con buenos ojos, como le ocurrió a Doña Dolores Oreamuno de Fernández con su segundo marido, que casualmente también había nacido en Masaya: era muy reciente el duelo de Doña Froilana, el joven Fuentes era mucho menor que ella, no tenía bienes de fortuna y ni siquiera era costarricense. Pero Doña Froilana echaba de menos el cariño de un esposo, los niños necesitaban un padre y las fincas requerían de un hombre, y decidió casarse. A mediados de 1847, Doña Froilana era ya la esposa de Don Mateo Fuentes.

Pero Mateo Fuentes no era Braulio Carrillo, y Doña Froilana, al igual que Doña Dolores Oreamuno, no fue feliz en su segundo matrimonio. Dio a Don Mateo un hijo, José Benigno Alcibíades Fuentes Carranza, pero pronto surgieron las desavenencias. Además, al joven marido no le debe haber hecho mucha gracia que la gente siguiera viendo en Doña Froilana a la viuda de Carrillo.

Allá por 1859 Don Mateo empacó sus cosas y se marchó a Nicaragua para nunca volver. Se llevó consigo al pequeño Alcibíades y, al igual que en 1842, Doña Froilana se quedó en San José, con los hijos que había dado a Don Braulio. Los méritos del extinto gobernante empezaban a ser reconocidos, y de vez en cuando se mencionaba elogiosamente su nombre en los discursos oficiales. En 1860 el Gobierno de Don José María Montealegre otorgó una pensión de quince pesos mensuales a cada uno de los jóvenes Carrillo Colina, le donó mil pesos en terrenos baldíos a Braulio y asignó cuatro mil para la dote de las muchachas. Sólo una de ellas tuvo necesidad de dote: Esmeralda, que se casó con Don Juan María Castro. Joaquina, Clarisa y Carolina permanecieron junto a su madre, para cuidar de ella y mimar a los sobrinos que pronto empezaron a venir al mundo. Braulio, por su parte, contrajo nupcias con Doña Cipriana Guevara.

Es posible que Doña Froilana haya atendido los partos de su hija y de su nuera, puesto que se sabe que desempeñó en San José el oficio de comadrona. Una de sus descendientes relataba que las parturientas le tenían pavor, debido a que tenía un carácter enérgico y algo irascible, y hacían lo posible por dar a luz antes de que llegase a asistirlas.

En 1863 Doña Froilana, que era una católica muy devota, tuvo la alegría de recibir de la Santa Sede la concesión de indulgencia plenaria en el trance de la muerte para sí y sus familiares. El documento expedido entonces dice así:

“BEATISMOPADRE

Froilana Carranza de la Diócesis de San José, de Costa Rica en América a Vuestros Santos Pies lo más humilmente postrada pide Indulgencia Plenaria en el trance de la muerte para ganarla para sí misma y sus parientes consanguíneos y afines hasta el tercer grado inclusive. Y Dios Nuestro Santísimo Señor de nuestros padres, por medio del Santísimo Padre Pío IX, en la Sagrada Audiencia del día 21 de setiembre de 1863, la concede benignamente como gracia como la pide en la forma acostumbrada por la Iglesia y prescrita por la Santa Sede.
Por el Señor Secretario R. Roberti autorizado
M. Ambrosini”

Algunos de los hermanos de Doña Froilana se mantenían muy vinculados a la vida pública, participando en política o trabajando en labores periodísticas. Uno de ellos, Don Bruno, fue Presidente de la República de abril a agosto de 1870. Le sucedió Don Tomás Guardia, ferviente admirador de Don Braulio, a quien elogió clamorosamente en su mensaje al Congreso en 1872. Años más tarde Guardia impuso el nombre de camino de Carrillo a la vía carretera que se había construido entre San José y la estación ferroviaria del Río Sucio, cuya apertura en 1882 significó la realización de un gran sueño de Don Braulio: establecer una ruta decente de comunicación entre el Valle Central y el Atlántico. Lamentablemente, este camino se dejó perder a los pocos años de inaugurado.

En la época de Guardia Doña Froilana enfrentó un serio problema legal. La ley civil -el Código General emitido por Carrillo- disponía que la mujer casada no podía tratar ni contratar sin licencia del marido, y la administración de su patrimonio imponía a la antigua Primera Dama la necesidad de contar para todo con la firma del ausente Don Mateo. Doña Froilana sabía que éste y Alcibíades se hallaban en Nicaragua, pero era de suponer que no volverían jamás a Costa Rica. Se vio forzada entonces a solicitar que se declarase a su marido civilmente ausente y se la autorizase a manejar sus bienes por sí sola, lo que consiguió después de largos trámites judiciales. En 1874, mientras realizaba estas diligencias, sufrió la pena de perder a su hija Joaquina, y al año siguiente falleció también su hijo Braulio.

El 30 de mayo de 1884 murió en Rivas de Nicaragua Don Mateo Fuentes y Avilés, a la edad de sesenta y cinco años.

En octubre de 1888 Doña Froilana cumplió setenta y nueve años. Su salud dejaba ya mucho qué desear, y el 30 de diciembre, el mismo día en que San José -convertida en una ciudad con calles empedradas, alumbrado eléctrico y cañerías- sufrió un terremoto que echó a perder las festividades de fin de año, una congestión cerebral causó el fallecimiento de la antigua Primera Dama.

 


Las Primeras Damas de Costa Rica
José Francisco Sáenz Carbonell; Joaquín Alberto Fernández Alfaro; María Gabirela Muñoz Castro
1a. ed. – San José, C.R. : ICE, 2001.