Jorge Francisco Sáenz Carbonell
Joaquín Alberto Fernández Alfaro
María Gabriela Muñoz Castro

 

Don Juan fue su Vida
Doña Juana del Castillo y Palacios de Mora Fernández
Primera Dama de Costa Rica 1824-1833

 

Doña Juana Josefa del Castillo y Palacios vino al mundo en el entonces pueblo de San José de Vallehermoso -popularmente llamado Villa Nueva- en enero de 1800, como segunda hija del matrimonio de Don Luis Teodoro del Castillo Villagra y Doña Concepción Palacios y Santamaría. Fue bautizada en la parroquia de San José el 5 de ese mes, por el cura interino Don José de Alvarado, y sus padrinos fueron su tío el presbítero Don Rafael Ceferino del Castillo y su abuela materna Doña María Cecilia del Castillo y Villagra.

La madrina y abuela de la futura Primera Dama, Doña María Cecilia del Castillo y Villagra, fue, como muchas otras damas de la Costa Rica del siglo XVIII, una católica devota, pero no muy rigurosa en cuanto a la observancia del sexto mandamiento. Después de enviudar muy joven del francés Jean-François Lafons y Vidor, Doña María Cecilia tuvo con fray Juan Luis de San Martín y Soto cinco hijos, de los cuales el más célebre fue el presbítero Don Florencio del Castillo, hombre de acrisoladas virtudes y eminentes talentos, que representó a Costa Rica en las Cortes de Cádiz y en el Congreso Constituyente del Imperio Mexicano y fue consejero del Emperador Don Agustín I.

Doña Juana del Castillo y Palacios de Mora Fernández Primera Dama de Costa Rica 1824-1833

No todos los hijos de Doña María Cecilia y el fraile Soto llevaron una vida tan ejemplar como la de Don Florencio. El menor, Don Luis Teodoro, no fue ciertamente un modelo. Apenas iba a cumplir dieciséis años cuando decidió casarse con Doña Concepción Palacios y Santamaría, una joven viuda, todavía de buen ver y con algunos recursos. Doña María Cecilia se opuso al matrimonio, sin ningún éxito. La boda se realizó, y a Teresa y Jacinta, las hijas de Doña Concepción y su primer marido, el francés François Ramó (Rameau) y Mercadel, se agregó un tiempo después Rafaela del Castillo y Palacios.

Cuando nació Juana Josefa, la segunda hija, a nadie le pasó por la cabeza que un cuarto de siglo después iba a ser Primera Dama de Costa Rica. Para empezar, no se soñaba siquiera con la posibilidad de que la provincia rompiese sus lazos con la Corona y que, en lugar de un gobernador enviado por Su Majestad Católica, la rigiese uno de sus propios hijos. Por otra parte, bastantes quebraderos de cabeza tenía Doña Concepción Palacios como para perder el tiempo haciendo pronósticos. El joven Don Luis Teodoro había resultado un desastre como marido. No carecía de cultura; sabía latín y un poco de leyes, y de vez en cuando se dedicaba a la enseñanza; pero por lo general invertía su tiempo en copas y faldas. Alimentar, vestir y medio educar a las cuatro niñas -a las que siguieron Sabino, Daniel, José María, Merceditas, Dolores y José‚- eran cosas que tenía que hacer sola la señora, porque real que caía en el bolsillo de Don Luis Teodoro, real que se convertía en aguardiente. El padre de la futura Primera Dama pasaba en una continua francachela, carente de todo dinero, o al menos de la mayor parte del necesario. Y como Doña Concepción era de armas tomar y tenía vocación de cualquier cosa antes que de mártir, marido y mujer vivían en perpetuo conflicto, manjar predilecto del caviloso vecindario.

Pero un día surgió en la sombría vida de Juana del Castillo un pretendiente llamado Don Juan José de Mora y Fernández. El futuro Jefe de Estado distaba mucho de ser el mejor partido de Costa Rica. No era rico, ni poseía extraordinarias capacidades intelectuales, pasaba de los treinta y había tenido con una señora Amador cinco hijos naturales, entre ellos el que después fue presbítero Don Raimundo Mora. Nacido el 12 de julio de 1784 en San José, en el prolífico y medianamente acomodado hogar de Don Mateo de Mora y Valverde y Doña Lucía Encarnación Fernández y Umaña, Don Juan había realizado algunos estudios en León de Nicaragua y ocupado ciertos cargos en la adminis- tración pública, pero no parecía destinado a convertirse en una notabilidad. Era, sin embargo, un hombre bueno, honrado y trabajador, que se hacía querer y respetar de todo el mundo.

Nada sabemos sobre cómo Don Juan alcanzó la mano de la señorita del Castillo; quizá favoreció el noviazgo la estrecha amistad de Mora con Don José Rafael de Gallegos y Alvarado, esposo de Doña Teresa Ramó y Palacios. Lo cierto fue que Don Juan y Doña Juana celebraron sus esponsales ante el cura párroco de San José Don José María Esquivel, y poco después la novia dejó la turbulenta casa paterna para convertirse en la señora de Mora. Ella tenía diecinueve años y Don Juan treinta y cuatro. La boda, que ofició el presbítero Don Manuel de Alvarado en la parroquia de San José el 13 de enero de 1819, debe haber sido muy sencilla. Doña Juana no aportó ni un real al matrimonio y Don Juan, entonces maestro de escuela, tampoco podía permitirse mayores gastos. Estos aspectos hacen suponer que se trató de un matrimonio por amor, lo cual, si no raro, no era la regla en esa época. Como padrinos figuraron precisamente Don José Rafael de Gallegos y Doña Teresa Ramó.

Don Juan pasó de la escuela a ser Alcalde de San José y, más tarde, a servir la secretaría del Ayuntamiento de la ciudad. Todo parecía indicar que no sería más que un buen empleado de la administración, que se dedicaría, como tantos otros, a la oficina, a algún pequeño negocio, a la tertulia con los amigos y a la quietud del hogar. Y que, paralelamente, su mujer ocuparía el tiempo en atender la casa, en cumplir con la Iglesia, y en cuidar del marido y de los hijos. La primera de éstos, María Josefa Eugenia de Jesús Mora y Castillo, nacida en San José el 15 de noviembre de 1819, murió en marzo de 1820; pero el segundo, José María de Jesús, nacido en 1821, sorteó con éxito las enfermedades infantiles.

En octubre de 1821, la noticia de la Independencia del Gobierno español transformó irreversiblemente la vida de la aletargada Costa Rica. Doña Juana -que en 1822 dio a luz un segundo varón al que llamaron José Frutos- pudo entonces ser testigo de la silenciosa pero indiscutible ascensión de su esposo.

Fue miembro de la comisión que redactó el Pacto de Concordia y después Vocal y Secretario de la Primera Junta Gubernativa. En las acaloradas disputas de aquellos azarosos años sobre la anexión al Imperio Mexicano, Don Juan se ganó el respeto de todos por su prudencia y moderación. En lo personal simpatizaba con las tesis republicanas y antianexionistas, inmune ante el hecho de que Don Florencio del Castillo, el tío de Doña Juana, gozase del favor y la confianza de Don Agustín I de México.

De la Junta Gubernativa pasó Don Juan a ser Intendente de la provincia y después representante de Boruca en el Congreso Provincial, cargos en los que volvió a dar muestras de su espíritu íntegro y de su alto sentido del deber. Cuando en marzo de 1824 se declaró la adhesión de Costa Rica a la unión centroamericana, Don Juan era ya uno de los personajes más connotados del escenario político costarricense. En ese mismo mes Doña Juana dio a luz mellizos, pero ambos niños fallecieron a poco de nacer.

Doña Juana vivía tranquila y contenta al lado de Don Juan; en cambio, en la casa de sus padres la tormenta continuaba. Casi todos sus hijos estaban ya casados, pero la vida conyugal de Don Luis Teodoro y Doña Concepción no había mejorado un ápice. Seguían como perros y gatos y a cuál más intransigente. En uno de los fugaces períodos de reconciliación, Don Luis se comprometió en escritura pública a dejar de beber, a ayudar a Doña Concepción en los gastos de la casa y a “no darle qué sentir en materias femeniles”. La escritura añadía que si Don Luis no cumplía sus propósitos de enmienda, Doña Concepción quedaba autorizada para separarse de él por el tiempo que le conviniese e incluso divorciarse.

Ni siquiera así mejoraron las cosas. A los tres meses, Don Luis echó por tierra juramentos y firmas y volvió a sus juergas. Doña Concepción puso el grito en el cielo, hizo levantar una información judicial sobre la conducta de su marido y pidió ser autorizada a manejar sus propios asuntos (la ley de entonces disponía que la mujer casada no podía contratar sin licencia del marido), como de hecho lo venía haciendo desde su matrimonio con Don Luis. La información se levantó, comparecieron testigos y finalmente Don Luis otorgó lo que su cónyuge pedía, aunque agregó que en su criterio lo que ella buscaba era despojarle de sus bienes.

El asunto debe haber sido la comidilla de San José durante largo tiempo, y es de suponer que Doña Juana de Mora sufrió considerablemente con tal escándalo, así como con un sonado liti- gio -que llegó hasta la Corte Suprema de Justicia- entre Don José Rafael de Gallegos y la terrible Doña Concepción, por bienes de la difunta Teresa Ramó.

Pero una de cal y otra de arena. Llegó la hora de elegir a las nuevas autoridades, destinadas a regir Costa Rica según los esquemas del naciente régimen federal. Cartago y Heredia le dieron sus votos a Don José Rafael de Gallegos, el ex cuñado y padrino de bodas de Doña Juana, a quien ésta y su marido querían mucho y llamaban hermano Rafael. Sin embargo, Alajuela y San José inclinaron la balanza en favor de Don Juan Mora, y el 8 de setiembre de 1824 el Congreso Constituyente lo declaró electo Jefe Supremo Provisorio del Estado Libre de Costa Rica y dispuso que tomase posesión ese mismo día.

Así se convirtió Doña Juana, a los veinticuatro años de edad y cinco de casada, en Primera Dama de Costa Rica. Estaba entonces esperando el nacimiento de su quinto hijo. Ya para entonces la ideología republicana había ido introduciendo cambios en las costumbres de los costarricenses: Don Juan de Mora y Doña Juana del Castillo habían pasado a ser el Ciudadano Juan Mora y la Ciudadana Juana Castillo, en el mejor estilo jacobino.

En otros países de América, la esposa del primer mandatario desempeñaba ya un importante papel en la vida protocolar de la administración. Desde Washington hasta Buenos Aires -para no hablar de la corte imperial de Rio de Janeiro-, las esposas de los gobernantes presidían con ellos cenas y bailes, vivían en lujosas mansiones y lucían sedas y alhajas. En Costa Rica, que apenas iba saliendo de su secular miseria, a nadie se le ocurrió pensar que la ciudadana Castillo estuviese llamada a jugar papel alguno, ni siquiera decorativo, en la vida pública. Para empezar, no había una residencia especial para el Jefe de Estado y su familia: los Mora Castillo siguieron viviendo en su casa, una de las muchas de la llamada calle del Comercio, hoy Avenida Rogelio Fernández Güell.

Doña Juana fue la primera Primera Dama de Costa Rica que tuvo hijos y sufrió su fallecimiento durante la administración de su marido. Inició esos anales una niña llamada María Escolástica de Jesús Mora Castillo, nacida en San José el 10 de febrero de 1825 y fallecida al mes siguiente. En 1826 nació José Ramón y a éste le siguió en 1828 otro niño llamado Juan María Gordiano de Jesús. En 1830 nació una niña, Juana Dolores de Jesús, y en 1832 un varón más, José Camilo de Jesús. La última hija del matrimonio, Adela de Jesús, nació en 1835, cuando ya Don Juan había concluido su paso por la primera magistratura.

Durante todas las tres administraciones de Don Juan (1824- 1825, 1825-1829 y 1829-1833), su esposa continuó exclusivamente dedicada a los asuntos domésticos. Sin duda, en más de una oportunidad le tocó recibir en su casa a personajes distinguidos del gobierno, pero tales reuniones debieron ser tertulias de amigos y no recepciones protocolares. El 9 de marzo de 1833, cuando terminó el último período de Mora, la vida digna y modesta de su familia no experimentó mayores cambios.

Pero la actuación pública de Don Juan no había finalizado. En 1834 lo eligieron Magistrado y en 1836 hubo de partir a El Salvador a representar a Costa Rica en el Congreso federal centroamericano. En ese mismo año de 1836 murió Doña Concepción Palacios, viuda ya de Don Luis Teodoro del Castillo, quien la había abandonado definitivamente en 1826.

En 1837 Don Juan fue elegido Vicejefe de Estado, y en esa calidad le correspondió ejercer temporalmente la magistratura suprema en un par de oportunidades, en sustitución del Jefe titular, su buen amigo y ex Ministro Don Manuel Aguilar Chacón.

En mayo de 1838 concluyeron abruptamente los días felices. Los partidarios de Don Braulio Carrillo derrocaron al gobierno de Don Manuel Aguilar y éste y Don Juan fueron detenidos inmediatamente. Aguilar fue expulsado del país y Mora confinado a Poás, en aquel entonces un caserío diminuto perdido entre agrestes montañas.

Los revolucionarios dieron a Don Juan un plazo perentorio para despedirse de sus seres queridos y partir hacia su remoto lugar de confinamiento. Doña Juana se quedó con sus hijos en la casona de la calle del Comercio y empezó a hacerse cargo del manejo de la pequeña finca que poseían. Indagó con los nuevos gobernantes y se le aseguro que el confinamiento de su esposo no duraría mucho tiempo.

Pasaron los días, y después los meses. Desde el distante pueblecillo, Don Juan escribía a su esposa cartas llenas de ternura, en las que le daba consejos sobre la administración del pequeño patrimonio familiar y la educación de los hijos. Doña Juana apenas sabía escribir y tenía que dictar sus respuestas a su cuñado Don Manuel Mora o a alguno de sus hijos, pero siempre las firmaba, con un Tuya tuya tu Juana Castillo de Mora. La ausencia de Don Juan minaba su salud, y así se lo expresó en una carta:

“Mi salud está bastante perdida pues he estado con calenturas y desinterés y a desgano y no se me abre la gana de comer…”

El confinamiento se fue prolongando y, para peores, el gobierno de Carrillo empezó a desconfiar de los hermanos y amigos de Don Juan. Su esposa distraía su nostalgia ocupándose del cafetal, la milpa, la crianza de novillos y caballos y los arreglos de la casa, a la que hubo que construir pretiles y poner rejas de hierro en las ventanas… Naturalmente, también tenía que velar por sus hijos. Los más pequeños no comprendían la ausencia del padre, como le escribió Doña Juana:

“Reciba las expresiones de todos sus hijos pues todos me tocan por su vuelta, particularmente Adelita, pues que porqué han llevado a su tata, que ella tiene ganas de verlo.”

Don Juan enfermó. Para su pobre esposa debe haber sido un verdadero martirio no poder estar a su lado en aquellos momentos; pero el ilustre proscrito pronto mejoró, y volvieron a cruzarse las cartas entre Poás y San José. A veces Doña Juana también enviaba a su marido modestos obsequios: macitos de cigarrillos y puros, cortes de lana, camisas de bretaña con sus pecheras…

El gobierno de Carrillo seguía sin dar muestras de inclinarse a la benevolencia. Doña Juana llegó a la conclusión de que el confinamiento se estaba haciendo demasiado largo y decidió que si a Don Juan no le permitían volver a San José, ella se iría a Poás, aunque el viaje fuese muy pesado y el lugar no ofreciese la más mínima comodidad. En una carta a Don Juan le agregó la siguiente postdata:

“P.S. Le aviso que a fines de diciembre o princi – pios de enero busque quien me lleve que si usted quiere me voy y si no quiere también, pues no quiero pasar el verano como he pasado el invierno, fuera de usted. Cada enfermedad tuya deja mi corazón más enfermo.”

Doña Juana no pudo realizar sus planes. En noviembre de 1838, el gobierno de Carrillo dispuso expatriar a Don Juan. La decisión gubernamental fue un golpe terrible para Doña Juana, quien con su letra gruesa e irregular escribió a su marido una carta en la que le expresaba su profundo dolor:

“Mi querido de mi alma… yo misma no sé lo que te amo. Usted no sabe lo que es el amor, porque el que ama a muchos no sabe lo que es el amor. Considéreme, hijo de mi corazón, a quien después de Dios no conoce más amor que el de su esposo querido… cuándo será el día… oh día tan deseado!…reciba el corazón de su amante esposa que lo ama, tu Juana Castillo de Mora.”

Don Juan partió hacia El Salvador, donde vivía Don Manuel Aguilar. Y cada día, la soledad de su esposa se hacía mayor. Cada rincón de la casona, cada paraje de la finquita de la Verbena le debían traer a la memoria el byroniano rostro del compañero ausente, al cual continuaba escribiendo:

“San José,mayo 5 de 1839
Juan Mora
Mi amado esposo de todo mi cariño:

Es tanto el disgusto que padezco por la falta de correspondencia, que ya llevo cuatro correos de no saber de U. El único placer que me había quedado era saber de su salud; y éste se nos ha privado cuando tenía yo el consuelo de que usted se venía pronto a León, a Nicaragua, porque los correos me daban individual noticia suya. De nuestros trabajos, siguen lo mismo: los muchachos los he puesto a Frutos y a José María en la filosofía, pagando dos pesos por cada uno, pues José María se ha criado tanto, que tiene dos varas, tres dedos de alto y Frutos poco le falta para las dos varas. Los otros están aprendiendo en la casa con Daniel, el que se desvela por enseñarlos: si ellos no han aprovechado más, es por su pereza que tienen, pero con todo se denotan sus adelantamientos. El ocho del mes pasado les he hecho una fiestecita, más a Juanita, que en tres meses han concluido la aritmética Juan y Frutos y Juanita, pues se les sacaron unos versitos y se les ha formado un altar con la pizarra y el lápiz. Esta última ha acabado ayer un paño de manos, bordado de ella, que la maestra no me quiso recibir la paga de su aprendizaje, porque no le había dado ningún trabajo Juanita. Mañana pone otro en el bastidor, que lo ha dedicado hacerlo para U., mandárselo para el día de su santo; el que ha concluido se lo han alabado bastante, por ser lo primero que hacía. Ella está escribiendo, y se ha propuesto a ver si puede acabar la gramática para el día de San Juan, porque le he hecho muchas ofertas si la acaba ese día. Camilito está escribiendo, y sacando cuentas, y leyendo en la misma casa. Juanita le pide que le mande con el primero un poco de seda floja para sus bordados. 

No me deje de solicitar la obrita de Clara Montalbán y de Matilde, pues las tengo ofrecidas a Juanita para cuando ella se case. Démele expresiones a mi compadre Zeledón, que he sentido el que se haya contenido sin poder acercarse a U., a la Lucía y a Lorencito; que todos están buenos en su casa. Y recíbalas U. de sus hijos que desean verlo. Y reciba el corazón de su amante esposa, Tuya, tu Juana Castillo de Mora.”

Transcurrieron los años. Carrillo seguía siendo el amo y Don Juan continuaba en el exilio. Las estrecheces económicas hacían imposible que la familia se reuniese en El Salvador, y Doña Juana se sentía cada vez más triste y enferma.

Poco a poco tuvo que irse apartando de sus múltiples quehaceres. Manos menos fatigadas -quizá las de los hijos mayores- se hicieron cargo de la finca, y Úrsula Segura, una fiel servidora de muchos años, de los asuntos de la casa. Los sinsabores habían minado en cuerpo y espíritu a Doña Juana, y llegó el día en que ya no pudo levantarse.

El 2 de mayo de 1841 el gobierno de Carrillo autorizó por fin el regreso de Don Juan. Pero ya era demasiado tarde. Mientras la comunicación llegaba a El Salvador y el ex Jefe preparaba su regreso, Doña Juana se agravó. El 12 de julio de 1841, día en que Don Juan cumplía cincuenta y siete años de edad, su esposa otorgó testamento. Legó unas vaquillas a sus sobrinos Alejandro Aguilar Castillo y Concepción Corrales Castillo, a la fiel Úrsula y a otras personas que la habían atendido durante su enfermedad. Lo demás quedó para sus hijos y el pago de unas pequeñas deudas. Al poco tiempo, Moras y Castillos tuvieron que enlutarse. A la edad de cuarenta y un años, la esposa del primer Jefe de Estado falleció.

Don Juan Mora, a quien sin duda lastimó profundamente la pérdida de su amada esposa, aún tuvo oportunidad de brindar eminentes servicios a Costa Rica en elevados cargos públicos y en 1848 fue declarado Benemérito de la Patria. Murió en la ciudad de San José el 16 de diciembre de 1854, a la edad de setenta años.

 


Las Primeras Damas de Costa Rica
José Francisco Sáenz Carbonell; Joaquín Alberto Fernández Alfaro; María Gabirela Muñoz Castro
1a. ed. – San José, C.R. : ICE, 2001.