Jorge Francisco Sáenz Carbonell
Joaquín Alberto Fernández Alfaro
María Gabriela Muñoz Castro

 

La Primera Novia Presidencial
Doña María Ignacia Sáenz y Ulloa de Gallegos y Alvarado
Primera Dama de Costa Rica –  Noviembre – Diciembre 1822 1833-1835

 

Doña María Ignacia Sáenz y Ulloa nació en la ciudad de Cartago, entonces capital de la Provincia de Costa Rica, el 31 de julio de 1800, en el hogar de Don Manuel José de las Mercedes Sáenz y Alvarado y Doña María Cayetana de Ulloa y Guzmán-Portocarrero.

La vida de Don Manuel Sáenz -tataranieto de un Gobernador español del siglo XVII, Don Juan Francisco Sáenz-Vázquez de Quintanilla- fue de ahorro y de trabajo, gracias a lo cual logró formar un respetable patrimonio, compuesto por buenas fincas de ganado y caña de azúcar. Fue también Teniente de Milicias del Batallón Provincial de Costa Rica y un par de veces Mayordomo de Propios, es decir, administrador de bienes del Ayuntamiento de Cartago, y además regentó una tercena o venta de tabacos en la ciudad de Vázquez de Coronado. Hombre de carácter enérgico y en ocasiones un tanto descomedido, casó en 1788 con doña María Cayetana de Ulloa, coterránea de distinguido linaje, quien le dio siete hijos y ocho hijas. Cuatro de ellos -dos varones y dos mujeres- murieron de corta edad.

 

Doña María Ignacia Sáenz y Ulloa de Gallegos y Alvarado. Primera Dama de Costa Rica –  Noviembre – Diciembre 1822 1833-1835

Cuando vino al mundo la futura Primera Dama, el nombre que llevaría no fue cosa que les quitara el sueño a sus progenitores: el calendario señalaba aquel día la fiesta de San Ignacio de Loyola, y anteponiendo al del fundador de los jesuitas el nombre de la Madre de Dios, quedó María Ignacia la décima hija de Don Manuel y Doña Cayetana.

La infancia y la juventud de Doña Ignacia transcurrieron apaciblemente en su vetusta ciudad natal, entre juegos, quehaceres domésticos y deberes religiosos. En 1821, cuando ya era una señorita en estado de merecer, llegó la Independencia y con ella nuevos rumbos para Costa Rica. Por aquellos azarosos días, si no antes, debió empezar a cortejarla su futuro marido, Don José Rafael de Gallegos y Alvarado.

El pretendiente de Ignacia, dieciséis años mayor que ella, era una de las figuras públicas más distinguidas de esos momentos. Había nacido el 31 de octubre de 1784 en el hogar de Don Felipe Gallegos y Trigo, español, y Doña Lucía Guadalupe de Alvarado Guevara, cartaginesa. Bautizado como Rafael Luis José, era un caballero de buena presencia y espíritu bondadoso, que a veces se dejaba poseer por la ira. Había sido maestro de escuela, pero ahora dedicaba esfuerzos a la explotación minera en el monte del Aguacate y al cultivo de la caña de azúcar en las vecindades de Curridabat y Tres Ríos. En la administración española había ocupado varios cargos de relieve y en 1821 desempeñaba el de Alcalde Primero de la ciudad de San José, población en la que había fijado su residencia. A principios de 1822 fue elegido como vocal de la Junta Superior Gubernativa de la Provincia.

El maduro pretendiente había enviudado recientemente de Doña Teresa Ramó (Rameau) y Palacios, con la que tuvo dos hijos, José Felipe de Jesús y José Wenceslao de los Santos, además de una hija adoptiva llamada Josefa Victoria, a quien dejaron recién nacida en la puerta de su casa. Los tres niños Gallegos Ramó murieron de corta edad, y del matrimonio sólo quedó un largo y ruidoso litigio entre el viudo y la madre de la difunta.

Don José Rafael era un hombre rico y descendía de linajes hidalgos, y de seguro no tuvo dificultad alguna en obtener de Don Manuel Sáenz el asentimiento para casarse con la joven Ignacia. La boda se celebró en Cartago el 3 de noviembre de 1822, cuando la novia tenía veintidós años y Don José Rafael treinta y ocho. La ciudad natal de los contrayentes ya no era la capital de la Provincia, porque en aquellos días las supremas autoridades residían en Alajuela, de acuerdo con el sistema de rotación establecido en el Pacto de Concordia. Sin embargo, en aquellos momentos Don José Rafael era la primera autoridad política de Costa Rica, puesto que el 17 de octubre había sido designado Presidente de la Junta Superior Gubernativa. Doña Ignacia fue, por consiguiente, la primera novia presidencial de la historia costarricense.

Al convertirse en esposa del Presidente de la Junta Superior Gubernativa, Doña Ignacia mudó su residencia a San José, a la casona entejada que tenía Don José Rafael en la calle del Comercio, una cuadra al norte del sitio donde muchos años después se erigió el Teatro Nacional. No debieron ser muy románticos los primeros días de su vida de casada, puesto que el 22 de noviembre, tres semanas después de la boda, Don José Rafael hubo de pedir licencia para eximirse temporalmente de sus deberes en la Junta Gubernativa, debido al mal estado de su salud, y no pudo reasumirlos sino hasta el 10 de diciembre. Su período como Presidente y como vocal de la Junta concluyó el 31 de ese mes, y al día siguiente asumió funciones como Presidente de la nueva Junta Gubernativa su medio hermano Don José Santos Lombardo y Alvarado.

Desde San José, en 1823, le tocó a Doña Ignacia ver a su querida ciudad natal definitivamente despojada del rango de capital por los sucesos de Ochomogo y a su cuñado Lombardo y otros coterráneos presos en el cuartel josefino y los almacenes de la Factoría de Tabaco. Al seno de su familia, como muchas otras de la época, había habido disensiones políticas: mientras que su padre apoyó la anexión al Imperio Mexicano e incluso ofreció ocho limetas de aguardiente para celebrar la jura de Don Agustín I, su hermano Don Francisco Javier (Pancho), Alcalde Segundo de Cartago en 1823, fue de simpatías liberales.

En 1825 Don José Rafael de Gallegos fue elegido como Vicejefe para un período de cuatro años, y en 1829 fue reelegido para otro cuatrienio. En su calidad de Vicejefe, el esposo de Doña Ignacia ejerció temporalmente la primera magistratura en varias oportunidades (mayo-junio de 1828, agosto y noviembre de 1831, febrero-abril de 1832 y noviembre-diciembre de 1832 y enero-febrero de 1833).

Los hijos fueron haciendo poco a poco su ingreso en el hogar Gallegos-Sáenz: Guadalupe, Felícitas, Josefa Victoriana, Manuela, Segundo Rafael de Jesús, Ignacia…

En marzo de 1833, después de una complicada intriga electoral, la Asamblea legislativa eligió como Jefe de Estado a Don José Rafael de Gallegos, quien sólo había obtenido un voto para ese cargo en las recientes elecciones. Después de muchos ruegos, aceptó el cargo y tomó posesión de él el 9 de marzo de 1833.

Por una curiosa coincidencia, Doña Ignacia sucedió en la calidad de Primera Dama a Doña Juana del Castillo Palacios de Mora, quien era media hermana de la primera esposa de Don José Rafael, Doña Teresa Ramó y Palacios. Sin embargo, en 1833, como en 1822, el ser Primera Dama no tenía ninguna significación. No había una residencia para el Jefe Supremo, ni el Gobierno ofrecía recepciones ni cenas, ni se atendía a diplomáticos extranjeros por la sencilla razón de que nunca venía ninguno. El mismo Jefe de Estado tenía un papel más decorativo que otra cosa. De modo que Doña Ignacia, como su predecesora Doña Juana de Mora, continuó dedicada al cuidado de su casa y de su familia y al cumplimiento de sus deberes religiosos.

Don José Rafael, que había llegado al poder sin apoyo popular, encontró muchas dificultades para llevar a cabo una satisfactoria obra de gobierno. Además de los problemas políticos, su salud seguía siendo muy delicada: en marzo de 1834 se hallaba

“… padeciendo del pulmón, una tos seca, dolor en el pecho y una extenuación general de su arquitectura física que presagia una verdadera consunción; y como la debilidad nerviosa es un síntoma inseparable de dicha enfermedad, se manifiesta claramente en la disminución de la vista que casi no percibe bien los objetos más cercanos…”

Con la promulgación de la famosa Ley de la Ambulancia, en abril de 1834, la sede de las autoridades supremas se trasladó a la ciudad de Alajuela, que era entonces, según escribió Don Ricardo Fernández Guardia en su libro Morazán en Costa Rica, “un poblacho tétrico en que por las noches se oía el aullar de los coyotes”. Y para Alajuela tuvo que irse Don José Rafael. En San José se quedaron Doña Ignacia y los niños. El Jefe sólo los veía ocasionalmente, porque no podía salir de la nueva capital sin permiso del Poder Legislativo y éste casi nunca lograba sesionar por falta de quórum.

Doña Ignacia, que en mayo de 1834 dio a luz otro niño, Juan de Dios, debió sufrir mucho con la continua burla que hacía de su marido la opinión pública josefina, especialmente por medio del jocoso semanario La Tertulia. A mediados de ese año Don José Rafael enfermó de mucha gravedad y tuvo que trasladarse a San José, y aunque se repuso con rapidez, tardó bastante en decidirse a reasumir su enfadoso cargo. No lo hizo sino hasta 18 de agosto, después de que LaTertulia le dedicase algunas vitriólicas líneas en primera plana.

El 4 de marzo de 1835, después de muchas incidencias, la Asamblea legislativa aceptó la renuncia de Don José Rafael de Gallegos y éste pudo volver a reunirse sus hijos y con Doña Ignacia, que estaba nuevamente encinta. El 21 de mayo nació en San José la octava y última hija del matrimonio, que recibió el nombre de Teresa Bernardina de Jesús.

Durante muchos años Don José Rafael se abstuvo de participar en asuntos públicos, y la vida de la familia transcurrió sencilla y austeramente. La caña de azúcar fue poco a poco dando sitio al café, y las cogidas desplazaron definitivamente a la zafra en las tierras de Curridabat y Tres Ríos. Don José Rafael también se dedicó durante un tiempo a ser recolector de diezmos en San José, Cartago, Curridabat y Aserrí.

Aquellos probablemente fueron los años más tranquilos de la vida de Doña Ignacia. El cuidado del avejentado y enfermizo marido, la educación de los hijos, las compras, los oficios religiosos, el comadreo con las vecinas y el oficio de la casa debieron llenar su existencia. Don José Rafael, que había quedado muy dolido por los acontecimientos de 1835, se mantuvo completamente al margen de las convulsiones políticas de la época, hasta que a fines de 1844, muy a su pesar, fue elegido miembro de la Cámara de Senadores.

Una ironía del destino hizo que el 1° de mayo de 1845 Don José Rafael tuviera que asumir interinamente la Jefatura Suprema del Estado, como Senador de más antiguo nombramiento. El titular de la primera magistratura, Don Francisco María Oreamuno, estaba suspendido en el cargo, por haberlo abandonado. Sin embargo, seguía siendo el Jefe nominal y por eso no puede considerarse a Doña Ignacia como Primera Dama en esta época: tal calidad correspondía a Doña Agustina Gutiérrez de Oreamuno. En todo caso, no fue cosa que preocupase a ninguna de las dos.

El 7 de junio de 1846 un golpe militar desconoció al Gobierno y proclamó Jefe Supremo a Don José María Alfaro. Ni qué decir que Don José Rafael de Gallegos no ofreció resistencia alguna y se fue tranquilamente para su casa, probablemente muy aliviado de verse libre de sus encumbradas y por demás enojosas responsabilidades.

Ya para entonces, a Guadalupe Gallegos Sáenz la cortejaba Don Mariano Montealegre Fernández, miembro de una de las familias más ricas e influyentes de San José. Educado en la Gran Bretaña, Don Mariano era además un joven afable y empeñoso, capaz de llenar las aspiraciones de los suegros más exigentes, y el 19 de noviembre de 1846 se casó con la joven Lupita. Al año sigu- iente nació el primer nieto de doña Ignacia, Roberto Montealegre Gallegos, al que siguieron después doce niños más.

La salud de Don José Rafael, nunca muy buena, se fue debilitando a pasos agigantados. El 17 de junio de 1849 el Congreso lo declaró Benemérito de la Patria, y el 14 de agosto de 1850 murió en San José, a la edad de sesenta y dos años.

En enero de 1852 Doña Ignacia tuvo la satisfacción de que su hija Victoriana se casase con otro de los ricos hermanos Montealegre, Don Francisco (Chico), quien llegó a convertirse en el líder indiscutible de su familia.

Vinieron después la campaña del 56 -a la que marcharon sus dos yernos con el Presidente Mora- y la peste del cólera. Doña Ignacia prestó valiosos servicios al esfuerzo patriótico en esos aciagos días. Junto con su consuegra Doña Gerónima Fernández de Montealegre, la Primera Dama de la República Doña Inés Aguilar de Mora y la esposa del general Don José Joaquín Mora, Doña Dolores Gutiérrez, Doña Ignacia se dedicó a recoger y recibir ropa, útiles de cama, vendas y otros auxilios para preparar lechos a los heridos de guerra en el hospital San Juan de Dios, cuyo edificio estaba todavía en construcción.

El 19 de mayo de 1859 otra de las señoritas Gallegos, Ignacia, se casó en San José con un acaudalado caballero nicaragüense, Don José Antonio Salazar y Aguado. Unos meses después un cuartelazo derrocó al Presidente Mora y llevó al poder a Don José María Montealegre Fernández, cuñado de Doña Lupita y Doña Victoriana Gallegos. El pronunciamiento hizo de los Montealegre la familia más poderosa del país y muchos parientes de Doña Ignacia volvieron a figurar en la vida pública, entre ellos su hijo Don Rafael, quien fue representante suplente por San José de 1860 a 1863, munícipe de la capital y constituyente en 1869. A fines de 1865 y en 1868 se habló de la posible postulación de Don Francisco Montealegre como candidato a la Presidencia; pero la idea no llegó a materializarse.

En 1869, dos guapas hijas de Don José María Montealegre quebrantaron al fin la ya prolongada soltería de los dos hijos varones de Doña Ignacia: el 31 de enero de ese año, en una ceremonia doble, el padre Matías Zavaleta casó a Rafael Gallegos Sáenz con Julia Montealegre Mora y a su hermano Juan de Dios con Sara Montealegre Mora.

Aquella fue la hora de gloria de Doña Ignacia. La fortuna familiar estaba sólidamente asentada en los vastos cafetales de Tres Ríos, en medio de los cuales se había construido una soberbia casa para pasar temporadas. La vieja casona de la calle del Comercio estaba ahora engalanada con muebles y adornos importados de Europa y toda la parentela ocupaba posiciones prominentes en la política o en los negocios. Sin embargo, la política lo ensombreció todo. En el gobierno que inauguró Don Jesús Jiménez el 8 de mayo de 1869 no hubo lugar para los Montealegre ni para los Gallegos. Por supuesto, aquella administración no duró mucho: el 27 de abril de 1870, el coronel Don Tomás Guardia, de acuerdo con los Montealegre, tomó el cuartel de Artillería de San José y proclamó Jefe Provisorio de la República a Don Bruno Carranza Ramírez, esposo de Doña Gerónima Montealegre Fernández. Don Rafael Gallegos Sáenz se convirtió en Secretario de Hacienda, y su cuñado y tío político Don Chico Montealegre fue elegido para formar parte de la Constituyente convocada por Carranza.

Lamentablemente para los autores intelectuales del golpe, Guardia se negó a ser su instrumento. En agosto de 1870 Don Bruno Carranza optó por renunciar, lo que significó también la separación de Don Rafael Gallegos de la Secretaría de Hacienda, y en octubre de ese mismo año fue disuelta la Constituyente.

Los Montealegre -y por añadidura los Gallegos Sáenz- quedaron reducidos a un papel de dinastía destronada. Finalmente decidieron hacer lo que, de grado o por la fuerza, terminan por hacer las casas reales en desgracia: expatriarse.

Cuando los hijos plantearon a Doña Ignacia la posibilidad de marcharse con ellos, la idea debió parecerle terrible. Ya tenía más de setenta años y era casi seguro que no regresaría. Partir significaba no volver a ver jamás su Cartago natal, las tierras que Don José Rafael había trabajado con afán, la casona donde había dado a luz a sus hijos. Pero, ¿qué se iba a quedar ella haciendo en San José, con las tres hijas solteras, si se iban todos los demás y se llevaban también a sus queridos nietos? Además, el viaje conllevaba la venta de las fincas y demás bienes, para asegurar la vida de los emigrantes en otras tierras. No había, por consiguiente, otra opción que aprestarse a marchar.

El año 1871 se consumió en preparativos. Los Montealegre habían decidido que fijarían su residencia en California, y ellos y los Gallegos vendieron la mayor parte de sus bienes, incluso la hacienda cafetalera de Tres Ríos, lo que debió ser un duro golpe para Doña Ignacia.

El 17 de abril de 1872, mientras las sombras de la tarde caían sobre el azul golfo de Nicoya, zarpó de Puntarenas el vapor americano Alaska, llevando consigo al principal contingente de los ilustres exiliados voluntarios, del cual formaba parte Doña Ignacia Sáenz de Gallegos.

Tras larga travesía, los viajeron llegaron a San Francisco. Allí vio Doña Ignacia, en la avenida Van Ness, la gran propiedad con amplios jardines y establos donde habría de vivir en lo sucesivo con sus hijos. La ciudad debió parecerle muy grande y moderna, aunque de seguro el mal de patria pronto hizo perder todo atractivo a la novedad. Fuera de sus familiares no conocía a nadie, no hablaba inglés, y el ritmo agitado y a veces violento de la vida de San Francisco -que aún se debatía entre la vertiginosa espiral del crecimiento y las turbulencias del Far West- era muy distinto de la soñolienta atmósfera de San José. Para peores, a su hija Doña Lupita y a su yerno Don Mariano no les gustó California y a poco partieron con sus hijos hacia Europa, donde se establecieron definitivamente. Don Juan de Dios Gallegos, por matar la nostalgia, adquirió en California una finca a la que denominó La Mansión, y construyó allí una casa idéntica a la de la hacienda de Tres Ríos.

Doña Ignacia Sáenz Ulloa de Gallegos murió en San Francisco de California el 18 de febrero de 1873, a la edad de setenta y dos años.


Las Primeras Damas de Costa Rica
José Francisco Sáenz Carbonell ; Joaquín Alberto Fernández Alfaro ; María Gabirela Muñoz Castro
1a. ed. – San José, C.R. : ICE, 2001.