Las Primeras Damas de Costa Rica: Doña María Josefa de Oreamuno y Alvarado de Bonilla y Laya-Bolívar

A todas las Primeras Damas de Costa Rica, con respeto y admiración

0

Jorge Francisco Sáenz Carbonell
Joaquín Alberto Fernández Alfaro
María Gabriela Muñoz Castro


La Primeras Dama costarricense

Doña María Josefa de Oreamuno y Alvarado de Bonilla y Laya-Bolívar
Primeras Damas de Costa Rica – Abril-Julio de1822

 

Doña María Josefa de Oreamuno y Alvarado nació en la ciudad de Cartago y fue bautizada el 23 de febrero de 1767. Sus padres fueron el Coronel Don José Romualdo de Oreamuno e Ibarra y Doña Antonia Manuela de Alvarado y López-Conejo.

La familia de Oriamuno, rebautizada a la tica Oreamuno, llegó a Cartago en la primera mitad del siglo XVIII, procedente de Panamá, y desde sus años iniciales en Costa Rica tuvo una posición social y económica importante. Además, varios de sus miembros desempeñaron importantes cargos públicos. El abuelo paterno de Doña María Josefa, Don José Antonio de Oriamuno y Vázquez-Meléndez, fue Gobernador interino de la Provincia de 1756 a 1757 y en otras oportunidades estuvo a cargo del mando político de Costa Rica en calidad de Teniente de Gobernador.

 

Doña Ana Basilia de Alvarado y Oreamuno de Peralta y La Vega
Primera Dama de Costa Rica –  Julio -Octubre 1822 y Abril – Mayo 1823

Doña María Josefa se crió en su ciudad natal, en un hogar lleno de hermanos y que, dentro de la sencillez espartana en que vivía la aristocracia costarricense, era bastante acomodado. Su padre, el Coronel Don Romualdo, era dueño de vastos terrenos de potrero en las vecindades de Cartago, e incluso pudo permitirse el lujo de enviar a uno de sus hijos, Don Juan José, a seguir la car- rera sacerdotal, que entonces debía cursarse en León de Nicaragua o en Guatemala. Otros dos hermanos de Doña María Josefa, Don Gregorio y Don Isidro, aunque no efectuaron estudios formales, llegaron a ser también personas de recursos.

Doña María Josefa no recibió educación formal. En Costa Rica, como indica la historiadora Astrid Fischel en su obra El uso ingenioso de la ideología, desde la época de la dominación española

“… se tenía la percepción de que la mujer había sido creada para obedecer en todos los estadios de su vida: primero a su padre, luego a su esposo y más tarde a sus hijos. Al mismo tiempo, se proclamaba que sus mejores virtudes eran la timidez, la religiosidad, la modestia y la ternura, así como los modales discretos. Respecto del hombre, se suponía que la mujer debía ser complaciente, útil, amorosa y respetuosa. Debía atender y educar al hombre como a un niño y hacer su vida dulce y agradable… Desde su temprana infancia se le enseñaban a la mujer los “secretos” para convertirse en una buena madre y en una esposa sumisa. Por tanto, se le enseñaba a lavar, a planchar, a cocinar, a arreglar las habitaciones, a servir la mesa y, en particular, a escuchar a los hombres en respetuoso silencio.”

Doña María Josefa contrajo nupcias en la parroquia de Cartago el 30 de junio de 1784 con Don José Santiago Cristóbal de Bonilla y Laya-Bolívar, nacido en Cartago el 28 de julio de 1756 e hijo del Sargento Mayor Don Andrés de Bonilla y Sáenz y Doña María Gertrudis de Laya-Bolívar y Miranda. En la época de su matrimonio, Doña María Josefa tenía diecisiete años y Don Santiago veintisiete.

Las ceremonias matrimoniales de aquellos tiempos eran muy sencillas, como relató Don Cleto González Víquez:

“Los matrimonios se celebraban a la hora del alba, siempre en el templo, a la luz vacilante y escasa de unas candelas de cera y sin más que una pareja de padrinos… Pasadas las bendiciones, los desposados de clases acomodadas se volvían a la casa de la novia, y allí se festejaba el dichoso suceso con un grasiento almuerzo o con un sabroso chocolate tibio, única bebida caliente que se conocía y practicaba. Por supuesto que los recién casados se quedaban a vivir en la casa de sus padres o suegros, en donde a ratos perdidos gozaban de las delicias de una luna de miel, eclipsada por el trabajo. Nadie soñó en viaje de bodas, ni en recluirse lejos del mundo a contemplar arrobado y abobado a la dulce compañera que la suerte le había deparado.”

La familia de don Santiago de Bonilla era, como la de Doña María Josefa, rica e influyente. Su madre, Doña María Gertrudis, que vivía con su hijo el presbítero Don Miguel de Bonilla, dos hijas solteras y una esclava, alcanzó la respetable edad de noventa años y era dueña de la hacienda ganadera Mateo en la jurisdicción de Las Cañas. Sin embargo, al igual que en la casa de los Oreamuno, en la de los Bonilla se vivía con mucha austeridad, y la suegra y las cuñadas de Doña María Josefa vendían en su residencia tabaco iztepeque y amasaban tanelas, prestiños y pan dulce, también para la venta. Según cuenta don Manuel de Jesús Jiménez, en Cartago era muy celebrado el pan que se elaboraba en aquella casa.

La vida de la familia Bonilla-Oreamuno transcurrió apacible y oscuramente durante muchos años. Su casa estaba céntricamente situada, una cuadra al norte de la iglesia parroquial de Cartago, en una gran propiedad que ocupaba un cuarto de manzana. Allí crió Doña María Josefa a sus cinco hijos, nacidos con cómodos intervalos bienales: Josefa Susana, bautizada en 1788; Juana Francisca, bautizada en 1790, que murió en la infancia; María Jacoba de Dolores, bautizada en 1792; María de Jesús, bautizada en 1800, que murió en la infancia; y Joaquín de Jesús.

Durante la época borbónica, Don Santiago de Bonilla ocupó algunos cargos de segundo orden en la administración pública. Sin embargo, sus principales afanes estuvieron relacionados con las actividades agropecuarias. Junto con Don Joaquín de Oreamuno, primo de su mujer, también fue rematario de los diezmos de Bagaces, lo cual indica que su posición era bastante desahogada. De acuerdo con la práctica de aquellos tiempos, aunque teóricamente la Iglesia era la destinataria de la mayor parte de los diezmos, su cobro correspondía a la Corona y ésta “arrendaba” ese derecho a particulares, mediante subasta. El producto del remate, después de algunas deducciones regias, se le entregaba a la Iglesia, mientras los rematarios se encargaban, por su cuenta y riesgo, de hacer provechosa su inversión recaudando los diezmos de los fieles, que debían ser pagados sobre productos agrícolas, ganados, aves y pescados, y hasta sobre ladrillos, tejas, adobes, jícaras, bejucos, ceniza y otros muchos objetos insignificantes.

Al proclamarse la separación de Costa Rica de la Monarquía española, Don Santiago de Bonilla era Alcalde Primero de la ciudad de Cartago. En 1822 fue elegido para formar parte de la Junta Superior Gubernativa de la Provincia, y el 13 de abril de ese año fue elegido para presidirla. En aquellos momentos tenía sesenta y cuatro años de edad y su esposa cincuenta y cinco.

Dado que Doña Bárbara Baca de Barroeta era originaria de Nicaragua, Doña María Josefa Oreamuno de Bonilla fue la primera esposa de un gobernante costarricense nacida en el país. Sin embargo, su vida, como la de su predecesora, no experimentó mayores cambios cuando su marido se vio al frente del gobierno de Costa Rica. Quizá lo más importante fue que Don Santiago hubo de trasladar temporalmente su residencia a la ciudad de San José, dado que por disposición constitucional la Junta Gubernativa cambiaba cada cuatro meses de sede y debía alternar entre Cartago, San José y Alajuela.

Don Santiago desempeñó la Presidencia de la Junta hasta el 15 de julio de 1822, fecha en la que le sucedió en ese cargo Don José María de Peralta. Siguió, no obstante, formando parte de la Junta, y hubo de marchar a Alajuela con sus colegas de gobierno, para regresar a Cartago a fines del año. También fue miembro del Congreso Provincial constituyente de 1823, que se reunió primero en Cartago y después en San José, y de la Junta Superior Gubernativa que funcionó de 1823 a 1824.

Como miembro de la Junta Superior Gubernativa, Don Santiago tuvo que trasladar nuevamente su residencia a San José. En febrero de 1824 enfermó de mucha gravedad y hubo de dejar de asistir a las sesiones de la corporación. El 27 de ese mes, él y su esposa otorgaron testamento conjuntamente ante el Alcalde Primero de San José, Don Cipriano Fernández y Tenorio. Don Santiago falleció en esa ciudad pocos días después, el 2 de marzo de 1824, a los sesenta y siete años de edad.

Doña María Josefa Oreamuno (el de de los apellidos dejó de usarse alrededor de 1823) regresó a Cartago después de enviudar. Sobrevivió a su marido muchos años, que pasó dedicada a atender su hogar y sus deberes religiosos. Alcanzó una edad muy avan- zada para la época, en un ambiente de respetuoso afecto, que le prodigaban sus hijos Josefa, Jacoba y Joaquín y una joven a la que había criado en su casa, Antonia Josefa Bonilla, a la cual legó la suma de seis pesos en su segundo testamento, otorgado en Cartago el 19 de abril de 1847, poco antes de su fallecimiento.

Doña María Josefa Oreamuno de Bonilla murió en la ciudad de Cartago en abril de 1847, a los ochenta años de edad.

 


Las Primeras Damas de Costa Rica
José Francisco Sáenz Carbonell ; Joaquín Alberto Fernández Alfaro ; María Gabirela Muñoz Castro
1a. ed. – San José, C.R. : ICE, 2001.

 

COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...