Jorge Francisco Sáenz Carbonell
Joaquín Alberto Fernández Alfaro
María Gabriela Muñoz Castro

Madre de tres angelitos
Doña Micaela López-Conejo y Guzmán- Portocarrero de Lombardo y Alvarado
Primera Dama de Costa Rica Enero-Marzo De 1823

 

Doña Micaela López-Conejo nació en la ciudad de Cartago por el año de 1779. Fue hija de Don Diego José López-Conejo y La Riva-Agüero y Doña María Paula de Guzmán-Portocarrero y Garlindo.

La familia López-Conejo, o simplemente Conejo, como también fue llamada, descendía de un hidalgo emigrante andaluz que en 1713 ejerció interinamente el mando de la Provincia de Costa Rica, en calidad de Teniente de Gobernador. Los Guzmán-Portocarrero, que con el tiempo dejaron caer el guión y el segundo apellido, descendían de un alférez llegado a Cartago a fines del siglo XVII y eran también gentes hidalgas y encopetadas.

Hermana mayor de Doña Micaela fue Doña Luisa Francisca, quien casó con don Francisco Arguedas y Azofeifa. Otros dos hermanos, Pedro y Juana Josefa, al parecer murieron en la infancia.

Doña Micaela contrajo nupcias en la ciudad de Cartago el 23 de enero de 1794 con Don José Santos Lombardo y Alvarado, nacido en la misma ciudad el 1° de noviembre de 1775, en el hogar de Don Pedro José Lombardo y Ramos, panameño de ascendencia italiana, y de Doña María Lucía Guadalupe de Alvarado Guevara, cartaginesa, quien después de enviudar pasó a segundas nupcias con el peninsular Don Felipe Gallegos y Trigo.

La casa de Don Santos y Doña Micaela en Cartago estuvo situada en un lugar muy céntrico, en diagonal a la esquina noroeste de la Plaza Mayor de la ciudad. También residieron durante un tiempo en San José.

En el hogar Lombardo-Conejo nacieron, por lo que se sabe, al menos tres hijos: Francisca de Paula de Jesús, bautizada en San José el 27 de julio de 1802 y que murió en la infancia; Ramona Dolores, fallecida en Cartago el 29 de setiembre de 1810, y un varoncito, cuyo nombre se desconoce, ya que en la partida del libro de defunciones correspondiente a su entierro, efectuado en Cartago el 1° de julio de 1812, sólo se consignó que se trataba de un párvulo. Sin duda, Don Santos y Doña Micaela sufrieron mucho con la prematura muerte de sus hijos, aunque las costumbres de la época hacían celebrar el deceso de un niño con grandes demostraciones de júbilo, puesto que significaba la presencia de un nuevo ángel en el cielo.

El Capitán de Caballería Don José Santos Lombardo fue uno de los personajes más connotados de la Provincia de Costa Rica durante los últimos años borbónicos. Educado en el Seminario Conciliar de León de Nicaragua -verdadera Sorbona para los costarricenses de aquellos tiempos-, fue de 1799 a 1802 Teniente de Gobernador de San José, y más tarde ejerció en Cartago los cargos de Escribano Público (1803-1813), Alcalde Segundo (1803 y 1818-1819) y Alcalde Primero (1812 y 1816). En 1819, durante una enfermedad del Gobernador Don Juan de Dios de Ayala y Gudiño, ejerció interinamente el mando político de la Provincia. También desempeñó el cargo de Procurador Síndico de Cartago.

En el ámbito privado, Don Santos fue maestro de escuela en San José, y también participó con su medio hermano Don José Rafael de Gallegos en una sociedad comercial dedicada a la compraventa de tierras y al transporte de mercaderías, así como en la primera empresa minera que explotó los yacimientos del monte del Aguacate. Al contrario de Don José Rafael, nunca llegó a ser un hombre rico, posiblemente porque los ajetreos políticos distrajeron su atención de lo que hubiesen sido muy prósperos negocios.

En la época de la Independencia, Don José Santos Lombardo tuvo un papel de primer orden, y formó parte de la Junta de Legados de los Ayuntamientos y de la Junta de Legados de los Pueblos.

El 1° de enero de 1823 inició labores la segunda Junta Superior Gubernativa de la Provincia de Costa Rica y Don Santos fue elegido para presidirla. Fue así como Doña Micaela, quien frisaba en los cuarenta y tres años de edad, se vio convertida en cónyuge del funcionario público de más alta jerarquía. Curiosamente, sucedía en tal posición a una concuña, Doña Ignacia Sáenz de Gallegos, quien además era hija de una prima hermana suya.

Como esposa del Presidente de la Junta Superior Gubernativa, Doña Micaela no tuvo que desempeñar papel alguno, ni político ni protocolar. Sin embargo, la época en que su marido presidió los destinos de Costa Rica fue sumamente turbulenta, debido a las disensiones entre monárquicos y republicanos. A fin de cuentas se reunió un Congreso constituyente para decidir el futuro de la Provincia, y ante él manifestó Don Santos sus deseos de abandonar la Junta, que además había sesionado con escasa regularidad. El 20 de marzo, el Congreso juramentó a los integrantes de un nuevo gobierno, y quedó disuelta la Junta presidida por Don Santos. Éste pasó a ser Comandante General de las Armas, cargo que sólo ejerció por unos días, puesto que el 29 de marzo un cuartelazo dirigido por los monárquicos derrocó al gobierno constitucional.

En los días siguientes, Don Santos anduvo en conversaciones con opositores del nuevo régimen, e incluso trató en vano de ganarse al único militar verdaderamente experimentado con que contaban los monárquicos, Don Juan Dengo, a quien manifestó que estaba dispuesto a gastar hasta la última alhaja de Doña Micaela para que se restableciese el orden y se castigase a los golpistas.

Mucho tuvo que sufrir doña Micaela cuando el comandante republicano Gregorio José Ramírez, quien venció a los monárquicos cartagineses en la batalla de Ochomogo y atribuía a Don Santos connivencia con los golpistas, lo mandó arrestar en el cuartel de artillería de San José e incluso ordenó ponerle grillos. No fue sino hasta finales de setiembre de ese año cuando el tribunal que conoció del caso dispuso absolverlo de todo cargo,

Don Santos ejerció todavía algunos cargos públicos, entre ellos los de constituyente y Rector de la Casa de Enseñanza de Santo Tomás, pero su salud había quedado muy deteriorada como consecuencia de su rigurosa prisión. Falleció en la ciudad de Cartago el 25 de mayo de 1829, a los cincuenta y tres años de edad.

De conformidad con el testamento mancomunado que habían otorgado en Cartago en setiembre de 1816, Doña Micaela fue la heredera universal de Don Santos; pero en realidad no había mucho que heredar, fuera de la casa de la plaza. En esa residencia falleció el ilustre general peruano Don José de Lamar y Cortázar, ex Presidente de su país, en la mañana del 12 de octubre de 1830. Es posible que Lamar, cuyo entierro fue uno de los más lucidos y solemnes que se habían visto en Cartago, viviese como huésped o inquilino en la casa de Doña Micaela. En todo caso, ésta sólo conservó la casa algunos meses más, puesto que el 22 de febrero de 1831 la vendió en ochocientos cincuenta pesos a Don Pedro Mayorga y González de Villalón.

Poco después, Doña Micaela, su hermana Doña Luisa, y sus primas Doña Braulia Conejo de Sánchez y su prima Doña Bárbara Conejo y Carazo se vieron envueltas en un litigio contra su deudo Don Francisco Antonio Conejo, relativo a bienes inventariados en la sucesión de su difunto tío Don Manuel López- Conejo y La Riva Agüero y que ellas consideraban pertenecientes a la de su tía Doña María Josefa, hermana de Don Manuel. A fin de cuentas, se acordó someter el pleito al arbitraje de Don Valentín Gallegos y el Jefe de Estado Don Juan Mora Fernández. Al parecer éstos fallaron a favor de las señoras, puesto que en 1832 Doña Micaela, Doña Manuela y Doña Luisa vendieron a Don José Rafael de Gallegos, en la suma de doscientos veinticinco pesos, un terreno de cuarenta manzanas y media en las vecindades de Tres Ríos, a orillas del río Tiribí, “que heredaron de su tía María Josefa Conejo”.

En diciembre de 1838, Doña Micaela, enferma de consideración, otorgó un nuevo testamento, en el cual instituyó legados a favor de sus sobrinas María y Mónica Conejo, su prima Doña Manuela Conejo de Arguedas y las hijas de ésta, sus cuñados Don José Rafael y Doña Arcadia Gallegos, su sobrina Doña Regina Taboada y Gallegos y su fiel servidora Mercedes Láscares.

Doña Micaela López-Conejo de Lombardo murió en la ciudad de Cartago el 22 de febrero de 1839, cuando tenía alrededor de sesenta años de edad.


Las Primeras Damas de Costa Rica
José Francisco Sáenz Carbonell; Joaquín Alberto Fernández Alfaro; María Gabirela Muñoz Castro
1a. ed. – San José, C.R. : ICE, 2001.