Laura Chinchilla: Destruir la política es destruir la democracia misma

No olvidemos las lecciones de la historia, la destrucción de la política en otros países no ha llevado más que a la destrucción de la democracia misma.

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Laura Chinchilla Miranda.

El 2 de julio del año 2013, en su noticiero del mediodía, un importante medio de televisión nacional anunciaba en un tono que invitaba a unirse a la actividad que “un grupo de ciudadanos cansados del mal manejo de la administración pública, preparaba una marcha en contra del gobierno.” Hasta ahí todo parecía una noticia más, desfavorable hacia la administración de turno, pero hubo dos aspectos muy particulares de dicha información: primero, la convocatoria a que se hacía alusión era anónima y realizada desde una cuenta falsa en Facebook, y segundo, la consigna de dicha actividad era impulsar un “golpe de estado simbólico”. Las justificaciones que se enarbolaban para dicha movilización eran tan amplias como difusas, “imposición de impuestos, negocios, acuerdos y demás que el gobierno hace, aún en contra de la voluntad del pueblo”, según informaba una fuente que nunca se reveló.

Aunque esta actividad fracasó, pues la gente ni se movilizó ni hubo tal golpe de estado, lo cierto es que durante el gobierno 2010-2014 que tuve el honor de dirigir, experimenté en múltiples ocasiones los efectos perversos de tres ingredientes que se han venido cultivando en nuestro país desde hace algún tiempo: la recurrencia a las vías de hecho por parte de grupúsculos que se atribuyen la representación del “pueblo indignado” y en defensa de causas difusas, la existencia de políticos sin convicciones democráticas dispuestos a cabalgar sobre el lomo de la bestia populista, y medios de comunicación que han abusado de su capacidad de influir para desinformar.

En estos días he vuelto a sentir la misma angustia y desazón que sentí en algunos momentos en la silla presidencial. Observo a los mismos agitadores profesionales detrás del caos y los bloqueos, a los políticos demagogos que entonces azuzaban a los estudiantes con noticias falsas sobre iniciativas que no existían y que supuestamente les impediría sacar fotocopias para estudiar, le sustituyen hoy los que manipulan sobre temas de baños mixtos y privatización de los contenidos de la educación; finalmente, la periodista que entonces espetaba la noticia de manera incendiaria desde la pantalla de televisión, ha sido sustituida por el griterío descalificador y polarizante de las redes sociales.

Aunque en algunos casos los autores que están sembrando el caos, son hoy diferentes a los de ayer, sus motivaciones y falta de escrúpulos son exactamente los mismos: ir poco a poco generando lo que podríamos llamar un golpe de estado, sin importar a costa de qué o de quienes. Cuando hablo de golpe de estado, no me lean en clave de asonadas militares o movimientos armados; hablo de los golpes de estado contemporáneos que se dan paulatinamente mediante el esfuerzo sistemático de desgaste y desprestigio de las instituciones democráticas y la incesante promoción de un discurso de rencor y polarización. Y aparecen los “salvadores de la patria” abundantes en matonismo pero ralos en principios y valores, con su receta de echar por la borda todo lo que se interpone entre éste y su sagrada voluntad, y con los trágicos resultados que ya conocemos en países de nuestra región y más allá. “¡Qué se vayan todos! ¡Qué se vayan largo!”, vociferó un sindicalista criollo desde su cuenta de Twitter. Lo mismo se escuchó en las calles de Caracas cuando Hugo Chávez intentó la asonada militar que lo elevaría a figura nacional y que lo precipitaría finalmente a la presidencia de su país.

Es cierto que hay razones objetivas para que la gente esté preocupada y angustiada: la entrada en vigencia de nuevas reglas fiscales que generan incertidumbre, una economía que no logra crecer y generar empleo a la velocidad deseada, inseguridad ciudadana, entre otras. A esto se suman grupos especialmente vulnerables que requieren de urgente atención a sus necesidades. Sin embargo, hago un llamado a cómo nos organizamos y canalizamos nuestras demandas y preocupaciones. La respuesta efectiva ante estas situaciones no será nunca la incitación al caos, a la polarización y la violencia.

El gobierno de la república está dando muestras de querer escuchar y rectificar, pero tampoco puede claudicar en las obligaciones que le impone la coyuntura actual para estabilizar las finanzas del país y reactivar una economía que genere los empleos que la gente demanda. Varios diputados de oposición, están haciéndose eco de los mensajes a la calma y la sensatez y están abiertos a legislar en el marco de la permanente negociación, pero deberán seguir avanzando con las reformas para la consolidación fiscal y para evitar que el país siga siendo extorsionado por un grupo de dirigentes gremialistas.

A diferencia de otras ocasiones, los medios de comunicación de manera predominante están denunciando a los agitadores profesionales y llaman a la calma, pese al bullicio imperante en las redes sociales. Sin embargo, la superación última de esta difícil coyuntura, dependerá de cómo trabajadores, pequeños y grandes emprendedores, académicos, profesionales liberales y toda la ciudadanía, reaccionemos antes quienes nos invitan a avalar medidas de coerción y violencia en nombre de los intereses del pueblo. Sin claudicar en las justas aspiraciones que abriga cada costarricense, debemos censurar las vías de hecho y seguir apostando por el diálogo, la negociación y la institucionalidad.

No olvidemos las lecciones de la historia, la destrucción de la política en otros países no ha llevado más que a la destrucción de la democracia misma.

Laura Chinchilla Miranda
Ex Presidenta de la República

 

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