Hamilton García de Lima: El frente amplio de Lula

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Los esfuerzos del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva por volver al poder continúan a toda marcha, como se dice en la jerga náutica. Lo que no se sabe es si esa navegación lo llevará a buen puerto o si se lo tragarán las tormentas en el camino. Lo cierto es que, aunque llegue al destino deseado, el desembarco de la tripulación presenta grandes retos.

Hasta ahora, el Partido de los Trabajadores (PT) nunca ha sido un partido de frentes amplios, aunque se constituyó como un frente para superar el viejo comunismo brasileño, representado por el Partido Comunista Brasileño (PCB). En este camino, iniciado en 1979, sindicalistas, teólogos de la liberación, comunistas disidentes y ecologistas se agruparon en torno a un discurso radical para derrocar la dictadura militar, cuya superación se dio por el voto en una transición negociada, liderada por el MDB, que el PT tildaba de “burguesa”.

Gobiernos sin compromisos programáticos

Desde entonces, el PT apostó por el “cuanto peor, mejor”, hasta la campaña electoral de 2002, cuando un cambio de discurso le permitió ganar la presidencia, pero sin asumir compromisos programáticos con aliados serios en el Parlamento. Prefiriendo navegar por los estragos de los intereses mal constituidos de la política brasileña, el gobierno de Lula desembocó en el Mensalão y el Petrolão.

La ampliación de la alianza con partidos como el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) y el Partido Progresista (PP) no fue capaz de desviar al PT de la compra de bancadas conservadoras para remediar su minoría legislativa. Por el contario, ello le dio fuerza para profundizar en esta práctica.

¿Cuáles serían las razones para que apostáramos a la actual adhesión del lulopetismo a un frente amplio? Una respuesta proviene del sociólogo Luiz Werneck Vianna, intelectual destacado de la izquierda democrática brasileña. Para este sociólogo, “una nueva oportunidad” se abre “ante la situación excepcional que vive el país”, refiriéndose al desastre económico-social de la pandemia y a la forma en que el gobierno de Jair Bolsonaro intentó aprovechar la situación para imponer un régimen discrecional.

En este contexto, para Werneck Vianna, la alianza Lula-Alckmin para integrar la dupla presidencial sería “la fórmula brasileña de la geringonça portuguesa”, uniendo “las experiencias de la socialdemocracia entre nosotros”. De esta manera, se formaría un frente político capaz de enfrentar a la extrema derecha, ahora aliada con los partidos del llamado “centrão”, un verdadero bloque “de control social y político de la masa de rezagados de la modernización brasileña” que se proyecta a partir de “los intereses emergentes del agronegocio y de las élites encargadas de las finanzas”.

El problema de esta propuesta es que tales privilegios no solo no fueron enfrentados abiertamente por el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) en sus ocho años de gobierno, sino que fueron reforzados durante los trece años de gobiernos del PT. La Operación Lava Jato lo confirmó al sacar a la luz tales prácticas en procesos sancionados por la Justicia brasileña. Su anulación corresponde a una serie de casuismos jurídicos, lejos de verdaderas garantías constitucionales.

No se puede descartar, obviamente, que las penurias vividas por nuestra socialdemocracia, incluida la revuelta de 2013, hayan enseñado algo a sus dirigentes. Sin embargo, las circunstancias y el método de construcción de este supuesto frente amplio alrededor de Lula, que Werneck Vianna supone capaz de “rescatar las mejores promesas que hemos cultivado a lo largo de nuestra trayectoria”, no son nada prometedores.

En primer lugar, este frente común está marcado por el interés electoral inmediato de Lula en resolver la elección en la primera vuelta, lo que le liberaría de mayores compromisos programáticos en la segunda vuelta. En segundo lugar, porque gira en torno al liderazgo carismático del expresidente, que se convertiría en el principal árbitro de la “geringonça” en formación.

Otra respuesta, en la misma dirección, proviene de los (pocos) firmantes del manifiesto Movimento Pelo Brasil, articulado por una rama disidente de la Rede Sustentabilidade (partido de la excandidata presidencial Marina Silva). Caracterizando las próximas elecciones como un “plebiscito”, este grupo afirma que “no hay duda de que la historia está haciendo que Lula represente la alternativa que Brasil debe abrazar”, debido a los “éxitos de sus gobiernos y la voluntad de construir un amplio frente programático”.

Esa percepción se basa no solo en el olvido de los errores de los dos gobiernos de Lula y del gobierno y medio de Dilma Rousseff —cuya paternidad es innegable—, sino también en una confianza ingenua en una disposición que carece de una base efectiva en prácticas institucionales de acuerdos y diálogo.

La única articulación programática promovida por el PT se está produciendo con respecto a la formación de una federación con el Partido Socialista Brasileño (PSB), el Partido Comunista de Brasil (PcdoB) y el Partido Verde (PV), basada fundamentalmente en la mera matemática del número de municipios gobernados por cada partido. Esto demuestra el fracaso de la izquierda para remontar el vuelo sobre el pantano en que se ha convertido el sistema partidario-parlamentario brasileño.

Las rupturas necesarias pero improbables

Sin embargo, no todos se dejan llevar por este canto de sirena. El editorial de un importante medio de prensa sostuvo recientemente que “la irresponsabilidad demagógica” que ha prevalecido durante lo últimos 20 años en el país, “con la excepción del (…) gobierno de Michel Temer”, ha significado el “retroceso y la destrucción del futuro” que culminó en el bolsonarismo y el “lulopetismo renovado”. La promesa de este último de “reconstrucción y transformación de Brasil” no se sustenta ante la persistencia en negar la necesidad de reformas que postergó durante todos los años en que estuvo en el poder.

Aunque podemos discrepar de los grandes medios de prensa sobre la naturaleza de las reformas que necesita el país, concordamos en que “Lula no está dispuesto a promover cambios legislativos estructurales, políticamente difíciles, y que requieren ir en contra de intereses organizados”.

Para desilusión de quienes siguen apostando por una ruptura democrática con el orden neopatrimonial-financiero que extorsiona el presente y roba el futuro de Brasil, lo más probable es que Lula y el PT sigan inclinados a restaurar el equilibrio (insostenible) de la Nueva República, cuyo cadáver se resiste a ser enterrado.


Hamilton García de Lima, doctor en Historia Contemporánea, por la Universidad Federal Fluminense (UFF), y magíster en Ciencia Política, por Unicamp. Profesor de política en la Universidad Estatal del Norte Fluminense Darcy Ribeiro (UENF).

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