Leonardo Garnier Rímolo.

Está muy bueno el artículo Gustavo Román Jacobo: “Desafíos para la democracia y la paz en Costa Rica” publicado en La Revista. Gustavo nos ofrece un análisis del deterioro de la política (y de eso que llamamos la democracia) y cómo se relaciona con muchas de las tendencias que se han ido gestando en las últimas cuatro o cinco décadas – y el riesgo que esto entraña para nuestra vida en sociedad.

Vale la pena leerlo y releerlo y conversar a partir de lo que dice. Tenemos luego que ampliar la conversación a otras personas y otros espacios, y que esa conversación gire en torno a qué habría que hacer (como sociedad y como cada uno) para reconstruir la vida política y ciudadana de tal manera que podamos “vivir juntos” sin que la desigualdad y todo lo que entraña nos termine de romper (haciendo que nos rompamos unos a otros).

Como primer grano a esa conversación, me parece que hay un elemento que Gustavo menciona pero solo de paso y que probablemente sea uno de los nudos más difíciles de desamarrar para recuperar la posibilidad de una política menos capturada: la impresionante concentración nacional y global – sobre todo global – del poder económico, es decir, del poder y la lógica con que funciona ese poder, cómo lo permea todo, lo controla todo pero también lo oculta todo. Y lo oculta de la forma más perversa: inventándose falsos conflictos que nos enardecen, nos polarizan y nos distraen de las verdaderas fuentes de la desigualdad y del malestar. Esta falsa polarización hace que nos resulten cada vez más difíciles hasta las más obvias reformas para constituir, financiar y compartir programas elementales de bienestar individual y colectivo: servicios de cuido, de salud, de educación, de información, de condiciones laborales, de sustentabilidad ambiental, en fin, de vida en común – y no como favores sino como derechos.

La desigualdad que Gustavo menciona tiene en uno de sus extremos esta concentración de poder – probablemente la más grande de la historia humana – que al mismo tiempo se ejerce y se esconde y tiene la capacidad para debilitar los instrumentos y la institucionalidad que permitirían a “los ciudadanos” encontrar nuevas formas organizativas para cambiar el balance de poder.

Para eso es importante entender que los ciudadanos de que nos habla Gustavo no son simplemente ciudadanos, sino también miembros de distintas identidades colectivas. ¿Cuáles serán las combinaciones de identidades que nos permitan recuperar el sentido de lo colectivo que es indispensable para la política? ¿Cómo se reencuentran, reconstituyen y organizan los ciudadanos a partir de esas identidades comunes? ¿Cómo se hace política – para citar, como Gustavo, a Huxley – en este Brave New World tan parecido al 1984 de Orwell y que a veces amenaza con convertirse en el Gilead del Cuento de la criada de Atwood?

Pero bueno, hay que leer el artículo, releerlo y conversarlo. Y conversar.