Leonardo Garnier: ¿Hay que escoger entre eficiencia y equidad?

La eficiencia y la equidad no pertenecen a campos distintos de la vida en sociedad, ni pueden pertenecer a campos distintos del conocimiento o, mucho menos, a campos distintos de las políticas públicas, como suele pensarse cuando se distingue la política social de la política económica

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Leonardo Garnier Rímolo, Economista (Dr.).

¿Deben crecer antes los salarios, o primero debe aumentar la productividad? Al replantearse esta pregunta, Branko Milanovic rescata una discusión que debe ser central en Economía, como ya lo demostraba el famoso pero curiosamente olvidado “debate entre los Cambridge” en los años 1960s, conocido como la controversia sobre la teoría del capital.
Contrario a lo que se plantea tradicionalmente desde la visión económica más ortodoxa, las decisiones sobre producción y distribución no pueden entenderse como independientes, pues son procesos que se determinan recíprocamente o, si queremos, son aspectos de un único proceso que no puede separarse conceptualmente. Cuando las decisiones de distribución y producción se analizan simultáneamente, se entiende – contrario a lo que propone el análisis neoclásico – que no es correcto afirmar que la productividad marginal es la que determina los salarios, ya que cambios en los salarios alteran la elección de técnicas por parte de las empresas y, por tanto, la productividad. Salarios y productividad se determinan simultáneamente.
Por eso pueden existir equilibrios de alto nivel, donde altos salarios se asocian con alta intensidad de capital y alta productividad, generando un círculo virtuoso de crecimiento y bienestar; pero también equilibrios de bajo nivel, en los que los bajos salarios se asocian con baja intensidad de capital y baja productividad, provocando un círculo vicioso de crecimiento excluyente o, usando otra terminología, una trampa de pobreza.
En la Costa Rica de 1949, don Pepe Figueres, presidente de la Junta Fundadora de la Segunda República, abogó por una política de salarios crecientes que presionara a las empresas a modernizarse, elevando la productividad para poder enfrentar esos salarios crecientes. En sus palabras: “Los sueldos y jornales crecientes conducen a una mayor eficiencia en la administración de los negocios. Se abandonan gradualmente las actividades menos productivas. La agricultura y la industria van eliminando los llamados negocios marginales. Se introducen nuevos métodos técnicos y nuevas máquinas. La producción sube, tanto en términos globales como en relación a las horas de labor invertidas. El trabajo se valoriza. El hombre se dignifica”.
Por supuesto, Figueres advertía que así como la productividad no aumenta independientemente de los salarios, estos no pueden crecer en forma totalmente autónoma, sin relación con la productividad. Por eso decía: “Es evidente que el alza de los jornales debe ser gradual. Debe ir dando tiempo a que las cosas se acomoden. Una carrera ascendente demasiado rápida puede arruinar muchas empresas y disminuir la producción empobreciendo al país”. Y en forma visionaria – como han establecido muchas vertientes de economía política – afirmaba que este no era un problema meramente nacional, sino internacional: “Mientras los trabajadores de otros países compitan con los trabajadores del nuestro, ofreciendo el trabajo humano a un precio bajo, el resultado será que los compradores internacionales obtendrán esa mercancía donde más barata se encuentre, y no podremos unos ni otros progresar en riqueza y en cultura. Por eso yo veo con simpatía los organismos internacionales que tienden al alza de salarios en todas partes”.
Hoy, sería bueno que nuevamente los economistas abandonáramos la comodidad de los equilibrios neoclásicos estáticos (o falsamente dinámicos) en los que producción y distribución se determinan independientemente – y con los que muchos terminan justificando, a nombre de la eficiencia, el abandono de las políticas redistributivas – para recuperar la visión integral que caracterizó a la Economía desde sus épocas clásicas, pasando por Smith y Ricardo, por los desarrollos críticos del marxismo, y por las más recientes aportaciones estructuralistas y neo-Ricardianas.
En efecto, no se trata de un argumento nuevo, sino de un argumento indebidamente relegado y que refiere a un problema que ha sido analizado desde muy diversas perspectivas teóricas (e ideológicas). Podemos recordar los análisis de la CEPAL sobre el deterioro de los términos de intercambio, la especialización primario-exportadora, el surgimiento de un sistema centro/periferia, y la dependencia; también están los análisis que vienen más directamente del marxismo, sobre el desarrollo desigual del capitalismo, las formas centrales y periféricas de acumulación y la sobreexplotación de la fuerza de trabajo; se agregan los aportes neo-ricardianos, como el ya mencionado debate sobre el capital y la dinámica interactiva entre la elección de técnicas y la distribución; algo similar ocurre con los recientes planteamientos de Piketty, que vuelve a poner la lucha distributiva entre salarios y ganancias en el centro del argumento; y, finalmente, los análisis que integran estas preocupaciones con la moderna economía del crecimiento, los equilibrios de alto y bajo nivel, las trampas de la pobreza y el papel del capital humano.
Como se desprende del estudio de todos estos enfoques, los salarios no son el “precio de equilibrio” de la fuerza de trabajo que depende, automática y eficientemente, de la productividad marginal de los trabajadores, ya que esta productividad, a su vez, depende del acuerdo distributivo que prevalezca en la sociedad, acuerdo que se da en el contexto del desarrollo de las fuerzas productivas: se determinan simultáneamente. En consecuencia, la eficiencia y la equidad no pertenecen a campos distintos de la vida en sociedad, ni pueden pertenecer a campos distintos del conocimiento o, mucho menos, a campos distintos de las políticas públicas, como suele pensarse cuando se distingue la política social de la política económica. Por eso no podemos conformarnos con una falsa eficiencia que renuncia a la equidad (y que desperdicia enormes posibilidades de crecimiento y bienestar) sino que podemos y debemos aspirar a una eficiencia genuina que comprende que el objetivo y la definición misma de “eficiencia” es inseparable del bienestar y la equidad.
(citas de Figueres tomadas del informe radial sobre las labores del Ministerio de Trabajo presentado por el Presidente de la Junta Fundadora de la Segunda República el 2 de setiembre de 1949): José Figueres, escritos y discursos 1942-1962, editado por Alfonso Chase, Editorial Costa Rica, 1986)

Leonardo Garnier Rímolo.
El autor es Académico, Economista, ha sido Ministro de Planificación y Ministro de Educación en dos Administraciones

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