Leonardo Garnier

Sin perspectiva

Es terrible eso de perder la perspectiva, sobre todo pensar que cualquiera se la puede encontrar y andar por ahí con tu perspectiva, como si fuera suya.

Uno se pasa los días angustiado, desencajado, sin mayor sentido de dirección, sin otro oficio que buscar bajo los sillones y en las rendijas, y revisando todos los domingos los avisos económicos, por si alguien la encontró y no la encontró lo suficientemente interesante como para quedársela, y optó por poner el anuncio “se encontró perspectiva, no muy amplia, pero entera, informes al teléfono…” Y ese temor que crece con los domingos que pasan, de no recuperarla nunca, de tener que empezar de nuevo, desde el principio, o peor aún, desde otra perspectiva. Y las preguntas incómodas y burlonas de los amigos ¿qué, siempre perdida tu perspectiva? ¿La perdiste, o te abandonó tu perspectiva? Y la soledad terrible, cuando nosotros mismos nos preguntamos si alguna vez, realmente, tuvimos una perspectiva propia. Pero la mayor angustia es la angustia que sentimos no cuando estamos solos, sino en medio del parque o el estadio, o al comprar los víveres en el mercado, o en las sesiones de trabajo en la oficina, cuando alguien se nos acerca de improviso y nos mira a los ojos un instante con una mirada entre cómplice y perdida. Es entonces que un escalofrío profundo nos recorre el cuerpo, con la sospecha de haber percibido en esos ojos, perdida, nuestra vieja perspectiva, que hoy ajena nos reclama el abandono, y nos amenaza desde la perspectiva de nuestros propios temores.