Leonardo Garnier

Al principio era una fila de uno. Uno: solo y confortable. Ni parecía una fila. Conforme pasó el tiempo la fila fue tomando forma. Y perdiendo forma. Unos eran más altos, otros eran más gordos, otros aburridos. Unos eran unos y otros unas. La fila crecía.

Los primeros de la fila tenían muy claro para qué hacían fila. Hacia la mitad, estaban algunos que habían preguntado para qué era la fila, y otros más que, sin preguntar, parecían estar seguros de que esa era la fila. Atrás, la cosa era un tanto más confusa, pero perder el puesto por una duda, eso sí que no. Poco a poco aparecieron vendedores: papas fritas, cocacolas, hotdogs, chicles. En algunas partes de la fila la gente conversaba entre sí. En otras partes leían el periódico, una revista o algún bestseller. Otros hacían fila en silencio, observando el juego de las nubes, o simplemente observando. Como suele ocurrir, algunos descubrieron que una gente tenía más prisa que otra. Algunos no tenían prisa del todo. Y como suele también ocurrir, algunos descubrieron que podían contratar a quienes no tenían prisa del todo, para venderle puestos a quienes tenían más prisa. Al final, la fila fue un gran negocio. De uno. Uno, solo y confortable, que miraba la fila avanzar lenta desde lejos. Y sonreía.

Por Leonardo Garnier

Doctor en Economía especializado en Economía Política y Desarrollo Económico. Ha sido Ministro de Planificación Nacional y Ministro de Educación. Catedrático e investigador en la Universidad de Costa Rica. Docente en la Universidad Nacional y Profesor invitado en el Instituto Centroamericano de Administración de Empresas. Consultor en organismos internacionales.