Leonardo Garnier

Cuando el silencio se instala dentro de una casa, es muy difícil hacerlo salir

Marguerite Yourcenar

A distintos ritmos,
con distinta intensidad y su cadencia propia,
el silencio se nos fue colando entre la casa.
A veces se ausentaba los domingos,
pero el lunes, temprano,
cobraba venganza del feriado.
Crecía con el tiempo, se ensanchaba
receloso,
iba tomando los espacios y los momentos,
nos tapaba la boca con frases inservibles,
nos bloqueaba los oídos con bostezos,
noticieros, miniseries y telenovelas.
Se apoderaba de los recuerdos, los cambiaba,
los convertía en fotos viejas y anónimas
de personajes misteriosos, ignotos,
a los que ya nada nos unía.
Atrapaba los pequeños combates hogareños,
las diferencias, los desacuerdos,
y los acallaba en un coro de resentimiento
– húmedo, mohoso silencio –
que nos fue desvalijando la memoria,
trastocando los sueños y las ilusiones
en quimeras inalcanzables y odiosas.
Todo,
hasta los pequeños gozos cotidianos,
compartidos,
todo se lo fue apropiando, nos lo fue quitando,
hasta que fue demasiado tarde
y, en silencio,
dejamos la casa
y nos fuimos.
En silencio.
Cada uno por su lado.
Sordos.
Mudos.
Vacíos.

 

Por Leonardo Garnier

Doctor en Economía especializado en Economía Política y Desarrollo Económico. Ha sido Ministro de Planificación Nacional y Ministro de Educación. Catedrático e investigador en la Universidad de Costa Rica. Docente en la Universidad Nacional y Profesor invitado en el Instituto Centroamericano de Administración de Empresas. Consultor en organismos internacionales.