Lilliana Sánchez: El populismo enemigo de la democracia

Pero los costarricenses no debemos olvidar que el populismo es un discurso que divide a la sociedad en dos campos antagónicos: el pueblo contra la oligarquía. El pueblo, debido a sus privaciones, es el depositario de lo auténtico, lo bueno, lo justo y lo moral.

0

Lilliana Sánchez Bolaños., Politóloga (Msc.).

Los costarricenses nuevamente hemos vivido una gran fiesta democrática por medio de la cual ninguno de los veinticinco candidatos logró el 40% del padrón electoral requerido para llegar a la Presidencia de la República.

Nuevamente, de forma libre y transparente los ciudadanos son convocados a una segunda ronda electoral que definirá el 3 de Abril quién será el elegido para construir el mejor camino hacia el Bien Común.

En esta oportunidad aparece en escena un candidato hasta ahora desconocido el Dr. Rodrigo Chaves, quien luego de vivir más de treinta años en el extranjero como Director del Banco Mundial, regresa al país y es nombrado por el actual Gobierno como Ministro de Hacienda. Luego de seis meses renuncia.

Como en casi todas las ocasiones, los pueblos se cansan de sus líderes porque los han traicionado. Corrupción, mentira, engaño, desigualdad social que es insostenible, entre otros causantes hace que esos mismos pueblos vean en líderes novedosos una salida rápida a su situación. Lo que no pueden medir los pueblos son las consecuencias de una infortunada decisión.

Como sabemos, el populismo es una forma de dominación autoritaria que incorpora a los excluidos de la política. En una primera etapa este fenómeno fue ligado a la transición de sociedades tradicionales a la modernidad. Por ejemplo, la relación entre Juan Domingo Perón y sus bases en Argentina fue personal y carismática. Sus visitas a plantas y sindicatos, los actos masivos, junto con una amplia utilización de los medios masivos, especialmente la radio, fueron uno de los factores centrales para erigir la figura de Perón en la del ‘hombre’, el único que podía ayudar a los trabajadores.

En esta visión, el liderazgo de Perón se asentó en una cultura política criolla fundamentada no solamente en la aceptación pasiva de un gobernante autoritario, legitimado por la tradición o aceptado por su carisma, sino también enraizada en el sentimiento del derecho a participar y definida por Gino Germani como la “democracia inorgánica”, que es una forma de entender la democracia como participación política no mediada por instituciones y que puede subordinarse a la adhesión a liderazgos autoritarios.

Desde otra óptica la teoría de la dependencia entendió el populismo como una fase en la historia de la región ligada a políticas de sustitución de importaciones. Los populismos irrumpen en contextos de crisis de los regímenes oligárquicos. Fueron movimientos multiclasistas de la burguesía industrial, la clase media y el proletariado. Los regímenes nacional-populares fueron vistos como democratizadores, pues expandieron el electorado y basaron su legitimidad en ganar elecciones limpias. La política económica de los populistas redistribuyó el ingreso, subió los salarios mínimos y promocionó la organización sindical. En muchos casos se lograron transformaciones estructurales como la reforma agraria. Además, en sociedades racistas, estos gobiernos incluyeron a los más pobres y a los no blancos, representándolos como los baluartes de la verdadera nacionalidad.

Esta teoría de la dependencia reconoció los efectos en promocionar la democratización fundamental de América Latina. Esto se basa en políticas económicas redistributivas, en el nacionalismo, en la intervención estatal y en la promoción de la organización y la participación popular. La incorporación populista dejó su legado en la manera en que se entiende la democracia en América Latina.

Enrique Peruzzotti señala que, si bien las elecciones limpias son la base de las credenciales democráticas del populismo, una vez que el pueblo ha votado, los populistas consideran que el electorado debe someterse políticamente al líder. Recordemos a Perón, cuando manifestó:

“Le hemos dado al pueblo argentino la oportunidad de elegir, en las elecciones más libres y honestas de la historia argentina, entre nosotros y nuestros adversarios. El pueblo nos ha elegido, por lo tanto ese dilema está solucionado. En Argentina, se hace lo que decidimos”.

Esta visión de la democracia no toma en consideración los mecanismos de rendición de cuentas más allá de las elecciones y tampoco presta atención a las formalidades de la democracia liberal, pues el líder encarna los deseos populares de cambio, y los mecanismos que protegen a las minorías, así como las formas de representación liberales y los mecanismos institucionales de la democracia representativa, son considerados como impedimentos para que se exprese la voluntad popular encarnada en el líder. La representación populista asume una identidad de intereses entre el pueblo y su líder, autoerigido como el símbolo y la encarnación de la Nación.

En el caso costarricense como en toda Latinoamérica, el populismo ha ocupado los espacios públicos a través de discursos que responden a las necesidades de los ciudadanos: no más corrupción, buscaré los mejores para gobernar, bajaremos el costo de vida, eliminaremos impuestos y no más pensiones de lujo, por ejemplo.

Y qué pasa y ya ha pasado: los ciudadanos cansados de líderes que les han engañado, fácilmente siguen a este nuevo líder que los llevará a un mejor vivir, que se convierte poco a poco en el salvador de los más pobres.

Lo más grave es que este nuevo líder y sus seguidores no explican que nuestro Estado de Derecho Social debe de ser respetado. Mucho menos que la misma Constitución Política establece una división de poderes que también hay que respetar. Lo único que el nuevo líder desea es obtener el poder político para luego eliminar todos los obstáculos constitucionales y legales vigentes por medio de referéndums sabiamente planeados.

Pero los costarricenses no debemos olvidar que el populismo es un discurso que divide a la sociedad en dos campos antagónicos: el pueblo contra la oligarquía. El pueblo, debido a sus privaciones, es el depositario de lo auténtico, lo bueno, lo justo y lo moral. El pueblo se enfrenta al antipueblo o a la oligarquía, que representa lo inauténtico o extranjero, lo malo, lo injusto y lo inmoral. La política se transforma en lo moral, y aun en lo religioso. No hay posibilidades de compromisos ni de diálogos, y todos los conflictos políticos son dramatizados como enfrentamientos entre campos antagónicos.

Ante estas circunstancias, los demócratas, los que creemos en la libertad, en el Estado de Derecho Social, en construir un nuevo camino para el Bien Vivir no podemos bajar la guardia por nuestras futuras generaciones, por nuestros adultos mayores y nuestros niños y mujeres. No podemos ni debemos detenernos en defender lo que tanto ha costado mantener.

COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...
La Revista es un medio de opinión libre y gratuito, pero necesitamos su apoyo, para poder continuar siéndolo Apóyanos aquí
Holler Box