Liza Jiménez: «Si Dios me quita la vida», de Francisco Alejandro Méndez

En el caso de Francisco Alejandro Méndez, escritor guatemalteco que vivió muchos años en Costa Rica, el universo narrativo dentro del texto nos compromete a indagar qué hay detrás de la vida de una familia latinoamericana, pero sobre todo qué hay detrás de aquel Dios que podría quitárnosla.

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Elizabeth Jiménez Núñez, Abogada y escritora.

Reseñar el libro titulado: Si Dios me quita la vida del autor Francisco Alejandro Méndez es darle un buen «maní garapiñado» a los amantes de la literatura negra. El texto del novelista, pero sobre todo su título, se manifiesta como un universo duro con un tiempo verbal que nos obliga a expresar probabilidades, pero sobre todo dudas. El narrador nos conduce, nos abre una rendija: la fatalidad que rodea a la familia Figueroa a través de un nudo de acontecimientos dentro de un núcleo dominado por un tumor silencioso pero letal: la violencia intrafamiliar como primer núcleo de poder.

En este texto el personaje principal se vuelca como un todo frente a las circunstancias, es decir, las circunstancias se convierten en el personaje central, y los individuos en «piezas circunstanciales». Acaso no estamos hablando de una colectividad que, se ve interpelada por un diálogo interno, una pugna sociológica pero sobre todo psicológica, más allá del epicentro moral que envuelve a la sociedades latinoamericanas. Porque lo difícil no es narrar la realidad que vivimos los centroamericanos, sino más bien, dibujar la crudeza, la secuencia de los acontecimientos, los detalles detrás de los horrores, esos detalles que delatan a los que producen pequeñas equivocaciones, ese personaje colectivo inmerso en las calamidades y sujeto a ellas, quizá el colectivo como único culpable.

Si Dios me quita la vida nos presenta un primer acercamiento: la paradoja del crimen, un contexto construido con dos escenarios precisos que, posteriormente dejarán impávido al lector, porque —escúchenlo bien—, absolutamente nada dentro de esta narrativa magistralmente hilvanada está descrito por casualidad. Por ejemplo, uno de los escenarios, el estadio Doroteo Guamuch, conocido popularmente como Mateo Flores, se convertirá en el lugar donde las piezas sueltas terminarán por amarrarse, porque el juego de las escenas está muy bien estudiado y la narrativa está diseñada con la astucia del cronista-literato. Pinceles que se juntan y nos dan pase a la gama de colores que  dan  valor simbólico a los matices que encierra la violencia.

Un segundo escenario será la casa donde vive la familia Figueroa, ese lugar que a puerta cerrada parece guardar una fotografía espeluznante. El escritor es astuto, me refiero a esa astucia del que ha venido ejerciendo el oficio de manera ininterrumpida, un conocedor de sus territorios, un verdadero integrante de sus propias ficciones, amasadas sin reparo y construidas con una noción muy fina del género de novela negra, un ejercicio de la escritura con una profunda noción de lo lúdico por encima de lo meramente trágico.

Francisco Alejandro nos abre la gama de grises a través del comisario Wenceslao Pérez Chanán, —personaje que aparece en otras de sus producciones literarias—precisamente porque resquebraja la figura del investigador clásico, creando condiciones propicias para darle cabida a un ser humano con familia, hijos, e incluso con su Muñeca, la american pit bull a la que le acaricia la panza con los pies. Un comisario cuya adicción al maní garapiñado y  con sus detectives estrella trata sin tregua de darle sustento al proceso de investigación judicial que lleva a cabo, sin perder de vista la realidad en la que se mueve. Su perspicacia es quizá el bálsamo sagrado en un contexto donde los antecedentes nos hacen ser más reflexivos a la hora de interpretar los hechos delictivos, las consecuencias. El autor nos hace concentrar la atención en el origen de los detonantes criminales, conductas que empujan también a la violencia criminal, nexos y hechos particulares que en otras palabras: abren el portillo para la concepción de «una justicia a lo centroamericano».

Los epígrafes son la puerta de entrada al universo textual, nos arrancan hasta el pegamento de los huesos falsos. Evocan algo que va más allá de los finos amarres pues se convierten en una búsqueda que desestabiliza desde la primera página. En el caso de Francisco Alejandro Méndez, escritor guatemalteco que vivió muchos años en Costa Rica, el universo narrativo dentro del texto nos compromete a indagar qué hay detrás de la vida de una familia latinoamericana, pero sobre todo qué hay detrás de aquel Dios que podría quitárnosla. Uno de sus epígrafes alude a El asesino de la carretera de James Ellroy que susurra: «Al quitarles la vida, los conocí en los momentos más exquisitos de su existencia».

Finalmente y para dejarlos con curiosidad entre los dientes, el comisario Pérez Chanán se enfrenta a algo inusual: unos policías músicos, —cuidado y no— determinantes para atar cabos sueltos dentro de la búsqueda de «una justicia a lo centroamericano» que nos crispa la piel mientras leemos. Algo textual nos dice: «Finalmente la secretaria del comisario toma nota de cada una de las oraciones escritas por Luis Demetrio Traconis, pero interpretada por cantantes como Javier Solís: «Si Dios me quita la vida antes que a ti/le voy a pedir ser el ángel que cuide tus pasos pues si otros brazos te dan/ aquel calor que te di/ sería tan grande mi celo/que en el mismo cielo/me vuelvo a morir».

Los invito a leer este magnífico texto del escritor Francisco Alejandro Méndez, lectura rápida, fácil de procesar para un ávido lector, rápida como los dibujos japoneses cuyo trazo parece sencillo a simple vista —aun cuando es bien sabido— que todo objeto con valor estético debe ser visto por el «otro» como un ejercicio sencillo, bien estructurado, aunque el proceso de tortura sea solo una de las tantas formas de dejarnos al aire en el tiempo verbal cuyas probabilidades, pero sobre todo de dudas, nos permiten acercarnos a un conflicto inherente a la condición humana.

 

Francisco Alejandro Méndez Castañeda​ es un escritor y crítico literario guatemalteco. Premio Nacional de Literatura de Guatemala en el 2017. Escribe en los géneros de novela y cuento, además de publicar estudios fundamentales de la crítica literaria. Nació en la Ciudad de Guatemala. Se graduó de periodista por la Universidad de San Carlos de Guatemala y egresó del doctorado en Letras por la Universidad Nacional de Costa Rica. Trabajó de periodista de medios escritos y televisivos guatemaltecos.

 

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