Lo que significaba ser bueno o malo en el antiguo Egipto

En el antiguo Egipto no había una sola palabra para definir el bien o el mal. Esta riqueza léxica es uno de los aspectos más importantes del estudio del comportamiento de esta civilización.

Las diversas conductas del individuo, en los ámbitos de la sociedad y la religión, podían ser definidas con un amplio elenco de vocablos. Aunque las distinciones de comportamiento que refleja esta riqueza léxica pueden ser universales, y comunes al hombre moderno, las implicaciones y manifestaciones de estas pautas en el antiguo Egipto sólo se entienden a través de los principios, costumbres y reglas de su particular sistema ideológico, intelectual y religioso.

No es lo mismo bueno que correcto

En la literatura egipcia abundan las descripciones del individuo de buen comportamiento (remech-nefer), correcto (maaty), sabio (remech-rej), discreto (ger), paciente (uaj-ib), generoso (jeye-jer), devoto (remech-necher) o heroico (nejet).

Estos calificativos proliferan en textos autobiográficos que elogian el comportamiento del difunto en vida, justifican sus acciones ante los dioses y propician la existencia eterna. También aparecen en los relatos de aventuras donde, a través de las acciones y palabras de sus personajes o por medio de encomios integrados en el relato, ensalzan sus virtudes y méritos, reforzando el topos del héroe.

Los calificativos arriba descritos abundan también en los textos sapienciales, cuyo objetivo era promover los parámetros de orden social de la época, y establecer las reglas éticas y morales para alcanzar la condición ejemplar de sabiduría y honorabilidad.

Alborotador, insolente o malo

A pesar de que la percepción mágico-somática de la escritura en el antiguo Egipto –la relación que entendían los egipcios entre la representación textual de una realidad y su efecto en la misma mediante la magia– no alentaba la descripciones de conductas o actos inmorales, el empleo de referencias indirectas al mal comportamiento también era común en los textos. Sobre todo, en aquellos que pretendían instruir al individuo sobre la corrección social y religiosa.

Encontramos las siguientes referencias al individuo de mala conducta: (remech-bin, benat), que actúa como un criminal (isefety, iry bu-yu), codicioso (afy), insolente (yer-jer), maligno (yu-qed), idiota (sug, jene), alborotador (sejem-ib, kenes), vago (dema), glotón (jety) o impío (saba).

El análisis lexicológico del repertorio empleado para expresar las virtudes y vilezas del individuo permite su relación con dos conceptos fundamentales y antagónicos de la cultura egipcia: maat “orden, justicia, verdad, bondad” e isfet “caos, falsedad, injusticia, maldad”.

El bien: vara y pluma

Etimológicamente, el primero de estos conceptos, maat, procede de la palabra maa “recto, genuino”, escrito con jeroglíficos que representan un bastón o vara y una pluma, símbolo de la diosa. El concepto de maat es fundamental en la cultura egipcia, ya que no sólo manifestaba el orden cósmico y la justicia divina sino también el equilibrio social y político preservado por el rey egipcio y la conducta íntegra de cada individuo hacia la familia, la comunidad y los dioses.

De ese modo, maat integraba elementos legales, religiosos, morales, éticos y de la sabiduría o conocimiento personal. Además, constituye uno de los ejemplos más tempranos de la deificación de un concepto abstracto. Desde el Reino Antiguo, la palabra puede aparecer escrita con el jeroglífico del rollo de papiro atado, en referencia al conocimiento necesario para tener una actitud correcta, o con el de la diosa, para aludir a la divinidad del orden y la justicia.

Balanza de Maat con el corazón del individuo y la pluma de la diosa (Libro de la Salida al Día de Nany, cantante del dios Amón, Dinastía XXI, ca. 1050 a. C.; Metropolitan Museum of Art, pieza cat. MMA 30.3.31)

Su papel justifica la presencia destacada de la deidad en el capítulo 125 del Libro de la Salida al Día (más comúnmente conocido como Libro de los Muertos), donde se juzga al difunto mediante el pesado de su corazón contra la pluma que alude al orden de maat (imagen de arriba) o en los relieves de los templos donde el monarca ofrece el equilibrio social y cósmico a los dioses (imagen de abajo).

Ramsés IV realiza una ofrenda de Maat al dios Amón-Re (relieve del templo de Khonsu en el complejo de Karnak, Reino Nuevo, Luxor; imagen del autor)

A nivel individual, cada sujeto debía mantener una conducta adecuada que obedeciese las reglas de la maat, el orden divino y el código moral. Este compromiso se expresaba en los textos con acciones como “hacer maat” (iri maat) o “decir maat” (yet maat), es decir, hacer o decir “aquello que es correcto”. El buen comportamiento contribuía, además, a la definición del carácter e identidad del egipcio tanto en vida como en el más allá.

El mal: gorrión y ente sobrenatural

La ausencia de las pautas sociales, religiosas y morales que debían prevalecer en el país y hacer florecer su sociedad resultaba en la manifestación del caos. Este desequilibrio cósmico afectaba a los dioses y traía la injusticia y el crimen a Egipto.

Este concepto también se conocía como isfet y fue motivo de atención en textos religiosos, literarios y sapienciales. Etimológicamente, isfet utilizaba normalmente el jeroglífico de “gorrión”, un tipo de signo vinculado semánticamente a nociones negativas, dañinas o catastróficas. Algunas veces aparecía con el de “deidad” o “ente sobrenatural”, lo que reflejaba la conceptualización del mal como un monstruo supernatural, independiente, nocivo y latente que debía ser aislado del mundo y derrotado.

En los textos funerarios, ciertos seres del inframundo encarnan dicha fuerza maligna y destructora, como es el caso de Rerek en los Textos de los Ataúdes o Apep/Apofis en el Libro de la Salida al Día y otros libros del inframundo.

Del mal individual al caos cósmico

Isfet representaba no sólo el caos cósmico y la desaparición del orden social y político, sino también la emergencia de injusticia e inmoralidad, de actos criminales y abusivos, así como de un comportamiento impío hacia los dioses y sus templos.

Por esa razón, la literatura egipcia condenaba reiteradamente la manifestación de vicios, abusos y crímenes desde el propio individuo, ya que estas flaquezas del espíritu eran consideradas el origen de un desequilibrio aún mayor de carácter social y cósmico que los dioses y el monarca aborrecían. En el Diálogo de un Hombre con su Espíritu, el hombre en disputa con su consciencia narra su desconsuelo por la ausencia de maat:

¿A quien puedo dirigirme hoy? Cada uno estafa y todo hombre roba a su vecino. ¿A quien puedo dirigirme hoy? El criminal está seguro y el amigo se ha convertido en enemigo. ¿A quien puedo dirigirme hoy? Las mentes de los hombres son envidiosas y ya no existe el corazón de un hombre en el que se pueda confiar. ¿A quien puedo dirigirme hoy? No hay personas que hagan lo correcto y solamente quedan aquellas que hacen mal (Diál. 112-29).

En la literatura egipcia la conducta de un individuo se podía definir comúnmente como adecuada, con el adjetivo nefer “bueno, bello”, o como inapropiada, mediante los adjetivos bin y yu “malo, lamentable”. Para el antiguo egipcio, el antagonismo entre la fuerza vital, dinámica y benéfica de maat y el poder latente y destructor de isfet era constante y susceptible de determinar el destino de la creación, los dioses y las personas.

The Conversation

Antonio J. Morales Rondán recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, Comunidad de Madrid, Junta de Castilla-La Mancha, Fundación Palarq y Asociación Española de Egiptología.

Publicado originalmente en The Conversation

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