Los apóstoles del terror

El derecho a la rebeldía adquiere legitimidad en los regímenes donde el poder se consolida gracias a los campos de concentración, al uso de la fuerza bruta, a la delación, a los procesos prefabricados y a la política secreta

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Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

La política es esencialmente, en mi criterio, un fenómeno de poder, el cual consiste en una dosis variable de fuerza y de consentimiento, en forma inversamente proporcional. Cuando el consenso tiende más a la unanimidad, menos será necesario el recurso a la fuerza o la amenaza de la coacción y mayor será la legitimidad de los medios para acceder y ejercer el poder.

La utilización de la violencia ha sido, sin embargo, una constante casi universal en el largo camino de la historia. Las grandes luchas se han librado más en los heroicos campos batalla que en las urnas electorales y aún en nuestra época, las bayonetas de Mirabeau sirven para todo, menos para sentarse en ellas. Lo que nos distingue del pasado es que cualquier persona endeble puede manipular un tanque o un bombardero con la capacidad de pulverizar totalmente a una ciudad y que la humanidad gasta quinientos mil millones de dólares anuales en sofisticados y destructivos armamentos.

El recurso al terror, como una “última ratio” para conquistar o ejercer la prerrogativa de hacerse obedecer, ha sido un fenómeno intermitente en la historia sangrienta de la humanidad y aplicado usualmente contra grupos étnicos, religiosos o ideológicos, como medio de imponer la voluntad. Por otra parte, pocos credos y doctrinas se han abstenido de empuñar el estandarte ensangrentado del terror, como lo demuestran las listas de proscripción de los césares romanos, las hogueras inquisitoriales contra los herejes, los pogroms rusos, las masacres de los jenízaros turcos, el terror jacobino, los procesos de Moscú, los” fasci di combattimento” italianos y las secciones de asalto hitlerianas.

Lo que ha sido menos usual, menos recurrente y más extraño en el proceso político, ha sido el terrorismo como medio de sembrar – como el dios Pan de los griegos – el pánico con fines revolucionarios, particularmente en sistemas democráticos donde el recurso a la violencia está proscrito como instrumento de dominación, por ser inútil, ilegítimo e innecesario.

Los precursores lejanos fueron los magnicidas clásicos, las sectas secretas tan bien descritas en las obras de Dostoyevski, Sartre y Camus, así como el anarquismo a la Ravachol, cuya consigna era “la propaganda por el hecho”, conscientes de que el miedo a la muerte surte un efecto paralizador.

Lo que es novedoso es el efecto ampliado y multiplicado con espectacularidad publicitaria, con que se propaga la noticia de sus hechos, gracias a los modernos sistemas de comunicación colectiva que, por su poder de divulgación, convierten el efecto de un comando minoritario en el equivalente a la hazaña de todo un ejército de antaño.

Igualmente novedoso es la vulnerabilidad de las sociedades modernas, debido a la complejidad y la debilidad de sus temas de servicios vitales, ampliamente expuestos al control, al ataque o a la destrucción, como lo expuso tan claramente Malaparte en su tratado “La Técnica del Golpe de Estado”, así como la protección a la clandestinidad, que ofrece la gran ciudad moderna, esa selva de concreto, fácilmente convertida en “maquis” urbano.

Se puede estereotipar al terrorista por sus métodos, pero no por sus móviles, ya que sus actos pueden estar motivados por el odio, el afán de dominio, por un acto de venganza, por un desafío a la dominación imperante o por una reacción contra la fuerza o la opresión. Pero con frecuencia implica un sentimiento de impotencia y una frustración de no poder utilizar los medios convencionales para conquistar o ejercer el poder o para transformar la sociedad.

Desde el punto de vista ético, el recurso al terror antepone el principio de que el fin justifica los medios, cualquiera que sea el signo ideológico que lo inspire, o la aplicación de la ley del talión, condenada por los valores tradicionales, así como el precepto de quien no está conmigo, está contra mí.

El terrorismo revolucionario, en una democracia, suele ser un coctel molotov, a menudo preparado por la instigación de “falsos proletarios” o los llamados “whisquierdistas”, en el que se mezclan los ingredientes de un dogmatismo fanatizado, de un romanticismo utópico, de cierto sado-masoquismo cruel, de misantropía y mesianismo, de snobismo intelectual y de actitud prometeica, y orientado a darle una mano a un supuesto rumbo y desenvolvimiento de la historia.

Sus métodos implican la clandestinidad, el fanatismo, la disciplina férrea, la infiltración, el golpe audaz, sorpresivo y certero del crimen, el secuestro, el sabotaje y la extorsión, con el propósito de minar la estabilidad de un régimen tolerado por todos los demás y por lo tanto, imposible de destruir o desarticular, salvo por grandes crisis. Por eso, sus actos se convierten en actitudes suicidas, en luchas estériles, en gestos histriónicos encaminados a “épater les bourgeois” y sus protagonistas terminan convirtiéndose en verdugos y mártires merecedores de mejores causas.

El derecho a la rebeldía adquiere legitimidad en los regímenes donde el poder se consolida gracias a los campos de concentración, al uso de la fuerza bruta, a la delación, a los procesos prefabricados y a la política secreta. Pero aun allí, el terrorismo como método de rebelión, es abominable y sólo sirve para engendrar mayor terror, como cuando se intenta apagar con aceite con aceite una hoguera.

 

Rodrigo Madrigal Montealegre.
El autor es académico, Politólogo, fundador de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR y Profesor Emérito de esa Escuela y Ex Viceministro de Cultura.
Publicado en La Nación 12/071981

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