Meses atrás publicamos un artículo que demuestra la importancia cada vez mayor de la Iglesia –en general– en el campo de la política, tanto los pros y contras, así como su impacto en las decisiones en el ámbito legislativo.

Destacábamos su presencia en dos niveles. Uno es el propiamente partidista, que aglutina seguidores en los partidos “cristianos” y ha llegado a tener cuatro legisladores directamente. El otro, se presenta transversalmente en cada partido, lo que también se da con los cristianos.

Los análisis hasta hace poco se centraban en esta capa, sin profundizar más allá porque no había justificación para hacerlo, quedando para tesis de grado de algún estudiante curioso.

Pero ahora sí que cobran importancia. Es tal, que estamos a poco de ser gobernados por un partido cristiano, de los que por años se han mantenido en la Asamblea Legislativa con representaciones minoritarias y sin mayor huella que el oponerse a proyectos que riñen con las letras de la Biblia.

Los representantes de estos partidos cumplían función de “apoyo” a los gobiernos de turno, ofreciendo votos a cambio de la aprobación u obstaculización de ciertos proyectos. No ha faltado campaña presidencial en la que no se haya buscado el voto cristiano bajo el compromiso de prebendas a la hora de llegar al poder.

Sin embargo el 4 de febrero todo cambió: ¡los cristianos salieron del closet!

Ya no estarán a disposición del mejor postor; tendrán su propia y robusta estructura política sustentada en una inmensa organización a nivel de barrios, distritos y de ahí para arriba.

Si pudieron obtener la mayor votación para Presidente y convertirse en la segunda fracción legislativa más importante, ya no tienen límites ni necesidad de prestarle votos a nadie. Ahora es a la inversa: si quieren, hacen alianzas y bajo sus condiciones.

En el plano socioeconómico y político, relegado a estudios académicos y alguna investigación periodística, comenzaremos a ver la realidad tal cual es.

Y es que los partidos políticos perdieron definitivamente su electorado base en los sectores más pobres e inclusive en la clase media. Territorialmente es fácil observarlo en las zonas costeras y localidades rurales, donde los cristianos “barrieron”.

El mito de maquinarias políticas capaces de resolver todo lo que no se hizo ni dijo el inevitable “Día E”, no define nada desde al menos las últimas dos elecciones.

Los miles de millones gastado en organización, giras, asesores, signos externos, redes sociales y publicidad no sirvieron de contrapeso a la disciplina y mística religiosa para acudir a las urnas y votar, sin mayor motivación que el recibir apoyo material y obviamente espiritual de las iglesias. Apoyo que el Estado, a pesar de las cifras inconmensurables destinadas a la atención de la pobreza, ha sido incapaz de brindar por medio de apoyo a la educación, vivienda entre otros, reducir de manera significativa la pobreza. Y apoyo, que tampoco los partidos políticos han podido brindar de ninguna forma, pero que sí recurren al apoyo inverso, es decir dennos algo: ¡voten por nosotros!

Un exdiputado se preguntaba cuáles serían los niveles de delincuencia que tendría este país en barrios marginales en los que ni la policía entra, de no ser por el trabajo social y pastoral de los diversos grupos religiosos.

No lo conocemos, pero es fácil de imaginarlo. Lo claro es que estos actores políticos una vez salidos del closet, no vuelven a regresar.

 

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Por La Revista CR

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