Los cuatro jinetes del apocalipsis costarricense se llaman indiferencia, apatía, individualismo y cálculo egoísta

Me resisto a creer que todo está perdido, hago mío el verso de Rubén Darío: -¡Y si la Patria es pequeña, uno grande la sueña!

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Alvaro Salas ChavesMédico.

Estamos viviendo tiempos difíciles en Costa Rica. No solo estamos preocupados por la crisis fiscal que a todas luces es el resultado de un mal manejo de las finanzas públicas, sino más bien por la calidad y tipo de ciudadanía que estamos construyendo.

Ricardo Fernández Guardia ya nos alertaba del grave individualismo que caracterizó nuestras gentes a principio del siglo XIX, las enormes dificultades que tuvieron nuestros padres para fundar los pueblos de la meseta central, porque los habitantes no aceptaban dejar los campos y los montes, para convivir juntos y compartir los problemas y los beneficios de la vida en comunidad.

Sin embargo, esa no fue la historia de San Ramón, Grecia, San Carlos, Acosta o Pérez Zeledón! Hasta el día de hoy, estas comunidades son los mejores ejemplos de solidaridad humana, de preocupación de los unos por los otros, de hospitalidad, de las luchas y la construcción del destino  juntos.

Pero esa no fue la historia de los habitantes de la meseta central, donde radicaba justamente la mayoría de la población costarricense y convivían los poderes político, económico, militar y claro, la jerarquía eclesiástica, no siempre en armonía, pero dentro de lo esperable por aquellos años.

Aquello de que cada uno en su casa y Dios en la de todos, pegó duro. Mientras el modelo económico estuvo ligado al campo, la agricultura, la ganadería, la exportación de frutas y el café, ese sentimiento se atenuó y al contrario, se desarrollaron grupos asociados a la educación, el arte y la cultura. Se fundaron asociaciones deportivas y religiosas que se consolidaron en el tiempo. Florecieron, años después, las cooperativas de todo tipo, organizaciones todas que requerían del trabajo mancomunado y solidario de sus miembros o asociados.

Esto contribuyó indudablemente a conformar una sociedad bastante más homogénea que las surgidas en el resto de los países latinoamericanos. Mucho más pobre la nuestra que las demás, pero con la riqueza mucho mejor distribuida. El índice de Gini estuvo en sus mejores momentos de equidad. De hecho nos vanagloriábamos de ser el país con la clase media más grande en toda la   América Latina.

Sin embargo el modelo de desarrollo económico surgido en los últimos treinta años no ayudó a superar el “sálvense quien pueda”, al contrario, lo enfatizó.

Existen muchas explicaciones para este comportamiento. Pero lo real es que la sociedad se fragmentó, la desigualdad se acentuó, el índice de Gini nos delató y hoy estamos entre los países con la mayor desigualdad del continente. Como consecuencia de todos estos hechos, también la clase medio sufrió serios daños. La tendencia general fue la polarización hacia los extremos más pobres y ricos de la sociedad.

De aquella sociedad solidaria queda muy poco, solamente en algunos pueblos de la periferia del país. Siguen siendo los sancarleños, los generaleños, los nicoyanos y los vecinos de los santos, entre otros, la mejor expresión de la solidaridad humana, del trabajo por los demás, para que los pobres no sufran tanto.

La economía se orientó hacia el consumismo desmedido, de mil artículos inútiles, de alto valor económico que llenan los estantes de las casas, pero peor aún, de nuestras mentes. Nos orientamos hacia la alta tecnología, a las exportaciones de bienes y servicios de alto valor agregado, lo que está muy bien, pero la consecuencia inmediata fue una alta concentración de la riqueza  y una alta desigualdad social. Los programas de redistribución de la riqueza dejaron de ser prioritarios y cada día cuesta más completar su financiamiento. Si un estado no existe para garantizar el bienestar y la protección de sus ciudadanos, no tiene razón de ser.

Apareció el hedonismo como una forma de vida para un grupo grande de personas que olvidaron que la solidaridad, el bien común y el trabajo mancomunado fueron los pilares que forjaron las bases de nuestra vida en sociedad. Que el crecimiento económico fue la consecuencia de una población educada y sana, con capacidad de aprender y de aprobar los programas de educación pública y universitaria! Nadie recuerda que estas medidas respondieron a políticas públicas muy claras en el campo de la educación, la creación de la CCSS, de la UCR, del Fodesaf, de los CEN-CINAI y general de un estado benefactor!

Estas ideas del bien común, de educación de calidad para todos, de salud con calidad y oportunidad para todos, de programas de casas de interés social para elevar la calidad de vida de los menos favorecidos, del régimen no contributivo para asegurar el acceso a los servicios de salud de los más pobres, entre otras, no están en las agendas de las jóvenes generaciones de costarricenses. Las dan por un hecho, como que siempre estuvieron ahí. No estamos viendo que desaparecen delante de nuestros ojos, sin casi ser notados. Ya no es ese el paradigma.

Lamentablemente el consumismo, el hedonismo y la indiferencia por los problemas nacionales son nuestra marca. Y uno se pregunta: ¿Habrá tiempo de recuperar nuestros logros en el campo de lo social que tantos éxitos nos dio? Seguirá la corrupción en los llamados supremos poderes del estado la que nos gane la batalla? ¿Cómo podríamos combatir la desigualdad?

Y mientras tanto ¿qué haremos? Si todos los días hace hambre!

Me resisto a creer que todo está perdido, hago mío el verso de Rubén Darío: -¡Y si la Patria es pequeña, uno grande la sueña!

 

El autor es médico de profesión, fue Presidente Ejecutivo de la CCSS, de la cual es actualmente miembro de su Junta Directiva.

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