Los Estados Unidos y la América Latina

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Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

Años atrás escribí este artículo, el cual desempolvo para reeditarlo en La Revista y cuanto más a tiempo en esta actualidad, que día a día nos depara el presidente Donald Trump, con sus ocurrencias tanto en política doméstica como internacional.

Pareciera que el tiempo no transcurre y los modelos económicos al fin y al cabo marcan el paso inexorable de cuya marcha no conseguimos salir, amigo lector.

RMM.

Al leer las manifestaciones del ya famoso Informe Plank – según el cual “Latinoamérica bien puede valer una misa, pero no una masiva asistencia técnica, cuidado político o atención militar” – se pregunta uno si no tendría razón Malaparte, cuando dijo que “los americanos se levantan temprano, pero se despiertan tarde”.

La política de los Estados Unidos ha recorrido una trayectoria que da la impresión de ser fluctuante, ondulatoria o pendular en su política subcontinental, oscilando a través de toda una gama de posiciones – como la beligerancia, el expansionism

o, el paternalismo, la confraternización, la indiferencia, la égida tutelar, o el intervencionismo hegemónico para caer, a menudo, en un letargo del cual suele esporádica y súbitamente despertar.

Para comprender mejor la razón de este comportamiento tan hesitante y a menudo contradictorio, cabe aventurarse a analizar los elementos condicionantes y los diversos imperativos que convergen en la formulación de su política latinoamericana.

Dentro de este contexto, cabe preguntarse concretamente si a los Estados Unidos los mueve el deseo, la conveniencia o la intención de mantener a nuestros países en el nivel de subdesarrollo económico actual, en uno inferior o en un nivel superior. Resulta imposible, desde luego, dar una respuesta categórica, absoluta y definitiva, pero sí cabe descubrir los intereses que participan en el proceso, así como las resortes que impulsan y orientan su política hacia las naciones del sur.

En primer lugar, interviene un factor ineludible e inexorable, lo que se ha dado por llamar la geopolítica. Si uno personalmente puede escoger a sus vecinos, no ocurre lo mismo con las naciones. “¡Pobre México – exclamaba Porfirio Díaz cuando sangraba aún la herida de la amputación territorial que se le infligió a su país – tan lejos de Dios y tan cerca de Estado

s Unidos!”. La proximidad geográfica atrae casi inevitablemente a pequeñas naciones – divididas por un fenómeno natural o por un proceso histórico determinado – dentro de las órbitas hegemónicas de las grandes potencias. El dinamismo interno de una gran potencia, simultáneamente, se desborda en el ámbito internacional, siendo desde luego más fuerte su proyección en una región próxima, donde exista virtualmente un vacío de poder. La mayor o menor brutalidad con que se realiza esta penetración varía según las relaciones de fuerza, la madurez de las naciones y el destino que se han trazado.

Si se toman, a su vez, los imperativos de la política comercial, a los Estados Unidos sí les conviene que nuestros países se desarrollen, ya que el intercambio comercial es más intenso entre naciones desarrolladas, que entre un país avanzado y otro atrasado. Es lógico que el intercambio sea mayor entre dos pueblos que producen mucho, que entre uno que produce y otro que apenas subsiste, aunque este criterio tiende a ser parcialmente neutralizado por las condiciones desiguales en los términos de intercambio, aunque conserve validez.

En el sentido que favorece el desarrollo latinoamericano, se puede invocar la presión que ejercen las corporaciones con inversión de tipo industrial, pues, cuanto más elevado sea el poder adquisitivo de la zona donde se instalen, mayor será la expansión potencial de su mercado. La formación de nuestro Mercado Común puede ser un ejemplo de la intervención desarrollista de esos intereses foráneos.

En sentido inverso actúan – con toda lógica – aquellas corporaciones dedicadas a la actividad extractiva que consiste en la explotación de nuestros recursos minerales, a las cuales les resulta más propicio un bajo nivel de desarrollo de nuestras naciones que impida la formación de industrias competitivas autóctonas. Estas competirían, restringirían o anularían sus concesiones. Como ventaja adicional, a aquellas les conviene la consolidación de gobiernos débiles, condescendientes y entreguistas, que faciliten su penetración sin riesgos de exigentes regalías o de simple expropiación. De esta forma, casi la totalidad del hierro, la bauxita, el cobre, el estaño y el petróleo, explotados de nuestros suelos, han sido expatriados o exportados, sin valor agregado, como materias prima y a precios ridículos.

Debe tomarse en cuenta el papel cada día más importante que juegan los recursos minerales en toda economía en expansión – capitalista o comunista – para explicarse esa diplomacia de intriga y subversión, de guerra de cancillerías en que se debaten las grandes potencias en el marco del Tercer Mundo. La escasez de un mineral importante puede inmovilizar toda la maquinaria industrial o paralizar el aparato bélico de una gran potencia, lo que explica el carácter a veces vital de mantener el control hegemónico de las fuentes de abastecimiento de esos valiosos recursos estratégicos.

En contrapartida y en sentido inverso, se plantea un criterio de índole política y es que – donde existe miseria generalizada y frustración contenida – el terreno es fértil para la subversión reivindicativa y el nacionalismo fanatizado. Este criterio dicta lógicamente la conveniencia de toda gran potencia de contribuir a elevar el nivel de desarrollo de las zonas bajo su influencia.

Si se contempla el problema desde el punto de vista militar, a toda gran potencia le conviene contar con aliados leales y fuertes, ya que, de ser débiles, se convierten en flancos vulnerables expuestos al adversario, aportan una frágil capacidad de combate y más bien exigen una vigilancia y protección que imponen una sustracción y distracción de fuerzas valiosas, como le sucedió a Hitler con Italia. Esta consideración dicta la conveniencia, para toda gran potencia, de fortalecer el desarrollo de sus aliados que, de otro modo, serían un peso muerto sin valor militar. Tal fue el principio que inspiró el Plan Marshall, que ha sido sin duda el único verdadero acierto en la política exterior, generalmente torpe, de todas las grandes potencias modernas y que tan a menudo ha sido citado como modelo desarrollista en América Latina.

Pero, a su vez, en contrapartida, puede suceder que al contribuir al fortalecimiento de una región vecina, ésta se convierta eventualmente en rival o adversaria de la potencia tutelar. Es el riesgo de criar cuervos, como ha sido el caso de la China en relación con la Unión Soviética, al temer que aquella se convierta en una potencia rica. Esta cautela, siempre presente en la mente de todo estratega atenuaría la importancia del criterio anterior e incitaría a una ayuda calculadamente limitada y mezquina, sobre todo en una época en que los términos del conflicto convencional son superados por los de la guerra nuclear.

Por otro lado, los antiguos protagonistas de la Guerra Fría tienden a reducir sus puntos de fricción al plano más conciliante de la rivalidad cordial ya las ofensivas a nivel de cancillería, rivalizando en promover imágenes de prestigio internacional y minando las posibles alianzas del adversario. Esto ha desgastado la fuerza y la eficacia de la política de subasta con que se valieron muchos países del Tercer Mundo, para obtener cuantiosas aportes en calidad de ayuda internacional en las dos décadas pasadas.

La forma en que languideció el ambicioso programa de la Alianza para el Progreso que tanta expectativa y entusiasmo suscitó hace diez años – ante el espectro de la revolución castrista – parece ser un indicador del anquilosamiento en que ha quedado sumida la política meridional de Estados Unidos, como resultado de un reparto tácito de zonas de influencia entre las dos grandes potencias.

A todo esto habría que añadir la poderosa influencia de la opinión pública norteamericana, en la que un tradicional sentimiento de simpatía va aparejado con la sensación de una relativa inutilidad de la ayuda otorgada en el pasado. El despilfarro y la corrupción que a veces ha provocado, así como las confiscaciones y el nacionalismo que no han impedido, han dejado un sabor agridulce de decepción y derrotismo en la opinión del contribuyente.

La actitud personal del Presidente Nixon es un ingrediente importante y adicional que habría que agregar, sobre todo si se toma en cuenta que no debe conservar muy buenos y gratos recuerdos de nuestros países, por la inhóspita bienvenida que a veces recibió. A esto habría que añadir las múltiples preocupaciones que agobian a aquel país – como la guerra vietnamita, los problemas monetarios, la crisis moral y el reajuste de un vasto y complejo sistema socioeconómico – para explicar la ausencia de orientación y el vacío de contenido que parecen caracterizar su repliegue de la turbulenta problemática latinoamericana. Pero cabe preguntarse – parafraseando a nuestro gran poeta folklorista – si “por defender, los nortes, no están dejando los sures al viento”.

 

El autor es académico, Politólogo, fundador de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR y Profesor Emérito de esa Escuela y Ex Viceministro de Cultura.
Publicado en Reflexiones Políticas

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