Los metecos

Cuento

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Rodrigo Madrigal Montealegre.

Muchos de nosotros habíamos frecuentado inicialmente los cursos de literatura, filosofía y cultura para extranjeros en la Sorbonne, fundada a mediados del siglo XIII como un centro de teología destinado a los estudiantes pobres. Convertida en universidad, allí se había fraguado la vil condena de Juana de Arco, se había fermentado la condena de los jansenistas en el siglo XVII y la lucha contra los enciclopedistas en el siglo XVIII, así como los grandes debates contra los jesuitas en ese mismo siglo. Convertido en un importante foro académico, atrajo a legiones de jóvenes sedientos de sabiduría, tales como Abelard, Hobbes, Descartes, Spinoza, Bergson, Camus o Sartre, cuya lengua en común había sido el latín, por lo que esa comunidad recibió el nombre de Barrio Latino.

Era estimulante la sensación de subsistir austeramente con un mínimo de recursos en un ambiente tan pletórico en vivencias sentimentales, culturales, intelectuales y humanas. Poder dilapidar una tarde entera en la Bibliothèque Saint–Geneviève o en la Bibliothèque Hemingway, frente al teatro del Odeón, para devorar las obras de Poe, Victor Hugo, Dostoyevski o Balzac, provocaba una satisfacción casi sensual. Lo mismo sucedía cuando nos paseábamos por las orillas del Sena, en donde nos divertíamos fastidiando a los pintores fingiendo un acento crítico: “¡Ese paisaje no está tan mal!” o “¡Usted comienza a progresar!”.

En aquella época, los autobuses parisinos tenían una apariencia antediluviana y una plataforma abierta en la parte posterior, lo que permitía abordarlos o saltar cuando se encontraban en movimiento. Fue en uno de ellos en donde tuvimos la primera experiencia parisina de vileza y crueldad, el día en que un revisor amonestó, con insolencia y brutalidad, a un joven pasajero porque este no tenía su boleto en la mano. Los demás pasajeros –como auténticos jacobinos– protestaron iracundos, exigiéndole a aquel energúmeno que tratara con respeto y dignidad a aquella víctima gratuita de su ira ciega: un joven ciego.

Sin dejarse amedrentar, se incrementó el furor de su santa ira, exigiendo que el invidente tuviera su boleto en la mano y vociferando como un poseído: “Moi, je m’en fiche! Moi, je m’en fout! Il doit avoir son billet dans la main et c’est tout! (1)”. Entonces, Antonio se erigió en tribuno y exhortó a los pasajeros: “¿No les parece que, al sorprender anoche a su esposa infiel en los brazos de su mejor amigo, este cornudo comete una ruin crueldad al convertir a este joven ciego en su víctima propiciatoria, para saciar un ciego deseo de venganza? ¿No comete este verdugo una injusticia sádica y vil, al exigirle obediencia ciega a un ciego?”.

Todos los demás pasajeros aplaudimos jubilosos. Entonces, aquel sádico revisor, cegado de ira por aquel motín a bordo, por la humillación de ser convertido en un hazmerreír y porque tal vez se había revelado una cruel verdad sobre su vida conyugal, la emprendió contra nosotros, como si le hubiésemos clavado un par de banderillas: “Cocu, moi? Ta soeur, sale bête! Espèce de con! Bougre de salaud!”(2). Ante aquel brutal contraataque y temiendo que aquel Júpiter tonante convirtiera el aparato de sellar los boletos en un proyectil, optamos por una prudente, aunque nada honrosa, retirada y saltamos de la plataforma trasera del autobús en marcha.

“¡Le diste en las mataduras al polifemo ese y si no saltamos, nos desintegra la bóveda craneal y nos desacomoda los pensamientos!” –le comenté a Antonio, mientras observábamos jubilosos cómo aquel energúmeno, el vil y ruin verdugo de jóvenes ciegos, aún vertía un vasto repertorio de insultos, anatemas y filípicas venenosas, cuya intensidad peyorativa aumentaba conforme se apagaban con la distancia en el Boul’ Mich’(8): “Métèques! – Salauds! – Fripouilles! – Crétins! – Ordures! – Vermine! – Racaille! – Crapules! – Cocu, moi?…”(3).

Era una época de grandes convulsiones en Francia, la cual restañaba aún sus heridas de la bestial guerra que desangró, devastó e hizo trepidar a toda Europa. Aunque fue uno de los países que sufrió menos devastación, la humillante derrota por los ejércitos nazis –debido, no a la falta de patriotismo de sus soldados, sino a una estrategia torpemente anacrónica del Estado Mayor, atrincherado aún en la guerra de las trincheras– había dejado cicatrices que se traducían en una xenofobia endémica, aunque nunca virulenta, que no había cicatrizado aún.

Para una nación tan orgullosa de su historia y de sus glorias militares, así como de su cultura vasta, exquisita y profunda, el proceso de la descolonización, a su vez, había abierto nuevas llagas que car- comían, como una gangrena, la estabilidad del sistema político y la moral de la nación. Las guerras de emancipación de sus colonias habían desmoralizado a las fuerzas armadas; erosionaban las instituciones y exacerbaban el nacionalismo de un pueblo que, en cada rincón de sus ciudades, celebraba prodigiosas hazañas, conquistas militares, actos de heroísmo, victorias pasadas y la nostalgia de glorias que ya agonizaban.

La insurrección en Argelia se había propagado también en la metrópolis, en donde residía una población árabe muy numerosa y un sector ultraderechista fanatizado que se oponía a la descolonización.

A su vez, la captura de Ahmed Ben Bella, héroe y líder idolatrado de los argelinos, provocó una división y un proceso de represalias mutuas entre las dos tendencias nacionalistas, que se inició con la masacre en Mechta Kasba, en la que un contingente del F.L.N. asesinó a un grupo rival del M.N.A., y desató una lucha de exterminio fratricida, especialmente en París, en donde un enorme cinturón del proletariado árabe parecía sitiar la capital.

París se encontraba inmerso en una atmósfera de guerra civil y la opinión pública se polarizaba. “Le fascisme ne passera pas!”(4), voci- 42 feraba la vertiente progresista, resucitando el grito de guerra de los republicanos españoles. “Algérie française!”(5), era la respuesta de la extrema derecha, mientras los gobiernos tambaleantes y un Parlamento débil se desgastaban en polémicas bizantinas y en sucesivas crisis ministeriales.

Eso explicaba la agresividad de las C.R.S. –las brigadas antimotines– contra los estudiantes y las palizas que nos propinaban durante las manifestaciones en las que se exigía el fin de aquella guerra injusta, así como la culminación de una era colonial anacrónica. Eso suscitó la lamentable masacre del 17 de octubre de 1961, cuando una manifestación espontánea de argelinos, provocó el pánico en las fuerzas del orden y una represión tan brutal que, al día siguiente, más de un corpus delicti apareció flotando en el Sena.

Una de esas golpizas aconteció en la Mutualité, en donde, semanas antes, habíamos, asistido a escuchar a Evgueni Evtuchenko, el gran poeta ruso y apologista de la desestalinización, quien recitó ‘La tercera nieve’. Allí denunció los monstruosos crímenes de Stalin, así como la tenebrosa bestialidad de Beria, a quien describía como una sórdida ave de rapiña que, en las noches, avanzaba lentamente en su limosina por los bulevares moscovitas, al acecho de cándidas jovencitas y a abusar de ellas, valiéndose de su posición de jefe de la policía secreta soviética, con la misma sangre fría con que ejecutaba a millones de ‘enemigos del pueblo’ por ser disidentes o sospechosos.

En varias ocasiones, tuvimos la suerte de escapar de la agresividad de las C.R.S., formadas por unos colosos robustos, unos titanes corpulentos, entrenados cotidiana y espartanamente en las artes marciales. Se decía que utilizaban, a manera de un látigo, sus sobretodos de cuero, a los que les introducían balines de plomo en los pliegues para flagelar a sus víctimas, los obreros y los estudiantes, a quienes detestaban porque estos los provocaban con cáusticos epítetos: “Bourreaux!” – “Assassins!” – “Gorilles!” o “Mort aux flics!”.

Entonces recordamos el episodio en el que Bertrand Russell participaba en una manifestación pacifista y fue víctima de la policía londinense, la que se ensañaba propinándole una paliza brutal. Un amigo, alarmado, intervino para rescatarlo, exclamando: “¡Deténganse, insensatos! ¡Están linchando al científico más eminente de Inglaterra!”. Pero los gendarmes, poniendo oídos de mercader, continuaron aporreando a aquel hombre de ciencia, por lo que nuevamente gritó: “¡Sicarios! ¡Están asesinando al filósofo más inteligente del siglo veinte, al intelectual más venerable y al pensador más genial del mundo moderno!”. Sin embargo, esas súplicas también se perdieron como prédicas en el desierto, porque los gendarmes continuaban moliendo a palos el lomo del eminente sabio.

Indignado e impotente, el amigo recurrió al último argumento que se le ocurrió para que le dejaran algún hueso intacto: “¡Vándalos!” –les gritó– “¡están cometiendo un acto de felonía, al vapulear a uno de los miembros más distinguidos de la aristocracia británica, a la quinta esencia de la nobleza por cuyas venas corre la sangre azul, a la crema de la crema, la clase suprema!”. Los gendarmes, atónitos y avergonzados por aquel acto de profanación que cometían contra lo más venerable de la tradición británica, se detuvieron, se disculparon y con sumisa humildad escoltaron al noble pensador hasta su morada.

El clima oscilaba, por lo tanto, entre una mezcla de pesimismo, originado por las tendencias fanáticas, y una dosis de sano optimismo provocado por la recuperación económica y el impenitente culto parisino a la vida. El resultado era un híbrido de contrastes entre un spleen (6) de París baudelaireano y la tradicional joie de vivre (7) de un pueblo acostumbrado a amar la vida. El otro ingrediente que contribuyó a forjar una sensación fatalista en la mente de aquella generación, alucinada por el temor a desaparecer pulverizada en partículas de polvo y moléculas de vapor, en la efímera fracción de un segundo, era el terror nuclear.

El pánico nuclear atormentaba a aquella juventud. Por esa razón, buena parte de la gente joven se preguntaba si era más oportuno el sacrificio en aras del futuro o el disfrute de las delicias de cada instante, en función de una existencia breve y un destino apocalíptico. Le angustiaba la certeza de que era insensato engendrar hijos en aquel mundo absurdo y demencial, para que terminaran convertidos en carne de metralla de un monstruoso holocausto nuclear.

Sentimientos similares debieron conocer quienes vivieron durante la peste negra, en el siglo XIV. Ante aquel terrible flagelo, unos se refugiaban en el éxtasis de un misticismo delirante, en el afán de salvar sus almas de una muerte inminente. Otros, a su vez, se entregaban desenfrenadamente a los placeres carnales, en un frenético intento de disfrutar los últimos vestigios de una vida efímera y precaria que se les escapaba inexorablemente de las manos.

Algo parecido describía Axel Munthe, al relatar la peste del cólera que se desató en Nápoles, a principios del siglo XX, en donde presenció, como médico voluntario, el frenesí sexual que suscitó, como si la especie, alarmada por su extinción, se impusiera instintiva y compulsivamente la tarea de reponer aceleradamente las pérdidas vertiginosas que causaba aquel flagelo de mortalidad masiva.

En forma similar puede interpretarse la famosa respuesta que formuló un mariscal francés, cuando, después de una batalla sangrienta, un subordinado se lamentó de la carnicería humana que yacía a sus pies: “No se preocupe, París repone eso en una noche”.

Se debatía aquella generación frente al dilema entre un conformismo convencional de sacrificio en función del futuro y la tentación de disfrutar voluptuosamente cada instante fugaz, como si fuera el último episodio de una existencia que había sido condenada fatal e involuntariamente por un dramático destino, propio de las tragedias griegas, en el cual los protagonistas, en lugar de ser unas deidades olímpicas, eran unos insensatos mortales quienes, desde sus elevados pedestales, gobernaban tan demencialmente nuestro planeta que lo arrastraron al borde de la guerra nuclear.

Eso explicaba, también, el comportamiento tan inhóspito y primitivo de algunos misántropos quienes atormentaban sádicamente a los jóvenes ciegos en aquellos autobuses lentos, feos y anacrónicos con plataformas traseras, las cuales servían para que, inducidos por un profundo sentimiento de conmiseración, indignación y solidaridad humana, los descendientes de auténticos jacobinos se indignaran y los metecos que defendían a aquellas víctimas de la crueldad pudieran saltar y ponerse a salvo.

(1)  “¡A mí no me preocupa! ¡A mí no me importa un corcho! ¡Él debe tener su boleto en la mano y eso es todo!”.
(2)  “¿Cornudo, yo? ¿Y tu hermana, bestia? ¡Pedazo de idiota! ¡Especie de imbécil!”.
(3)  Diminutivo afectuoso de boulevard Saint–Michel.
(4) “¡Metecos, imbéciles, sinvergüenzas! ¡Cretinos! ¡Basuras! ¡Gusanos! ¡Chusmas! ¡Crápulas! ¿Cornudo yo?”.
(5)  “¡El fascismo no pasará!”. 11 “¡Argelia francesa!”.
(6)  Melancolía.
(7) Amor a la vida.

 

 

Rodrigo Madrigal Montealegre.
El autor es académico, Politólogo, fundador de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR y Profesor Emérito de esa Escuela y Ex Viceministro de Cultura.

 


NOTA:
Este cuento forma parte de la obra “Mascarada parisina”, de Rodrigo Madrigal Montealegre, publicada por Uruk Editores el año 2015, previa autorización del autor.

Quienes tengan interés en adquirir el libro, pueden escribir al siguiente correo: info@larevista.cr

 

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