Los regímenes imaginarios del fútbol

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Jacques Sagot, Pianista y escritor.

El “Rey Pélé”, el «Príncipe Francescoli”, ”El Káiser Franz Beckembauer», el «Emperador Adriano», «Franco Causio, El Barón del Calcio”. .. El imaginario épico y aristocrático del fútbol.

El «Divino Zamora», el «Divino Rivelino», «Raúl, El Ángel del Real Madrid”, «La Mano de Dios de Maradona”, «El Estadio de Wembley catedral del fútbol»… El imaginario religioso proveyendo lo mejor de su retórica para la sacralización de veintidós señores que se encierran en un rectángulo verde a patear bola.

“El bombardeo Müller», «Di Stéfano, la saeta rubia», ”Zico, el artillero del Flamenco», ”Uwe Seeler, el pánzer alemán» “Roberto Carlos: la patada atómica», «El tanque Valenzuela», la estrategia, la táctica, los volantes defensivos y los volantes ofensivos, los capitanes de los equipos, los arietes, el uniforme de los guerreros, las marchas militares a guisa de himnos, los vítores para los gladiadores vencedores, la rechifla y el escarnio de circo romano para los vencidos, la emblematización de los equipos en un animal tótem, así sea el “Monstruo” o el  ”León… El imaginario guerrero expresado en su forma más atávicamente belicista.

“Ronaldinho no juega, le hace el amor a la pelota!», «El Pibe Valderrama la acaricia y se la pone a Asprilla, como diciéndole: tómala que es tuya”  “¡Es que Robinho güevea mucho la bola.” ”¿Viste? La divinura de Kaká fue transferido al Milán», ”¡Ay no, a mí el que me vuelve loca es Paolo Maldini”

«El portero Oliver Kahn perdió su virginidad con el golazo que le clavó Ronaldo en la final»…: el imaginario erótico -a veces puramente genital, a veces ligeramente sublimado- no se queda atrás como proveedor de las más insólitas metáforas futbolísticas.

«El Pato López», «El Animal Edmundo”, «El Chapulín Romario», «El Pelícano Medford”, «La Araña Negra Yashin”, «La Pantera Negra Eusebio”, «El Pez Volador Hrubesch”, «El Caballito Konoptka», «El Pato Fillol»… El imaginario zoológico convierte a veces una contienda futbolística en un verdadero bestiario.

Y luego, por supuesto, está «el chunche», ontológicamente indeterminable, pues por el solo nombre no es posible saber a ciencia cierta si calificaría dentro de lo que Heidegger llamaría un ente zuhanden (un utensilio, algo a la mano), o un vorhanden (un ente que se ofrece a nuestra contemplación filosófica y no es percibido por su mera utilidad).

El fútbol ha terminado por convertirse en lo que Foucault llamaría un «generador de discursividad», una actividad abordable desde todas las perspectivas imaginables (sociológica, antropológica, sicológica, lingüística, estética, fisiológica y, por supuesto, chatamente deportiva). Como tal, apela a diversos regímenes metafóricos, esto es, convoca imágenes propias a las más disímiles áreas del saber humano. Algunas de estas imágenes son legítimas, verbigracia, los términos tomados de la milicia.  Después de todo, el deporte cristaliza ese espíritu competitivo que es, a su vez, sublimación de la guerra. Como todo deporte, el fútbol confina a un espacio lúdico bien codificado la proclividad hegemónica y pugnátil del ser humano. El imaginario épico y guerrero le es consustancial. Por el contrario, resulta aberrante, grotesco -y en ocasiones, ofensivo- el recurso a imágenes eróticas o religiosas. La institución de una iglesia consagrada al culto de Maradona en Argentina, por ejemplo, es un fenómeno de demencia colectiva, un verdadero monumento al cretinismo, inspirado por un cretino que driblaba bien, y cuyo gran aporte a la cultura universal consistió en haberse ”bailado» a seis ingleses durante la Copa Mundial de 1986, y en haber balbucido montañas de estupideces a través de una carrera jalonada por incidentes de drogadicción y dopaje. (¿No debería todo héroe deportivo ser, en primerísima instancia, consciente de su rol social como modelo y objeto de emulación en la juventud? ¡Cuánto más digna la carrera de su homólogo brasileño, el ejemplar Pelél)

Pero este proceso de sacralización de lo profano -perpetrada con la complicidad de los medios- no sería concebible sin su fenómeno correlativos la desacralización de lo sacro. Los pueblos espiritualmente huérfanos, afligidos por clases clericales desprestigiadas y carentes de liderazgo religioso, idolatrarán a cualquier farsante con poses mesiánicas que tenga suficiente presencia en los medios de comunicación masiva.

Otro tanto sucede con el imaginario aristocrático del fútbol (el “Rey”, el «Príncipe», el ”Káiser»): no es que padezcamos de nostalgia por la aristocracia concebida como jerarquía social; antes bien, la noción de aristocracia emerge como sinónimo de toda forma de excelencia. Los títulos nobiliarios y de realeza codifican esa facultad rara y reñida con la mediocridad general: la excelencia, sea esta profesional o humana.

Conocer el lenguaje de una sociedad es la primera forma de detectar sintomáticamente sus patologías colectivas. Celebro el fútbol como actividad lúdica generadora de pasiones y beligerancias manifiestas, intensas quizas. Lo censuro como epidemia como morbo social, como totalitarismo cultural, como omnipresencia inescapable en los medios. El imaginario del fútbol no es un fenómeno inocuo. Examinado bajo el lente de la semiología y de la crítica social, arroja respuestas harto reveladores sobre la insania de nuestras sociedades.

Artículo inédito.

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