Los tartufos

Son los mismos que están dispuestos a inmolar al mismo Cristo, - como el Gran Inquisidor de Dostoyevsky, - cuando éste condena la intransigencia, la tolerancia y la deshumanización de sus postulados. Son esos que de tanto amar a la humanidad, terminan despreciando y odiando a los hombres.

0

Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

Decía un dramaturgo francés que «para conocer la verdad hace falta mucha imaginación.»  La búsqueda de la verdad es una de las tareas más fascinantes y satisfactorias, aunque frustrantes, pues siempre se nos escapa. Creemos encontrarla en los dogmas y nos damos cuentas que sólo hay mitos; la buscamos en la ciencia, única fuente del conocimiento, y ésta nos revela sus misterios, pero sin llegar nunca a la certeza, por lo que terminamos finalmente en la conclusión de que «sólo sé que no sé nada.»

Sin embargo, a veces descubrimos que entre nosotros se encuentra alguno de esos seres prodigiosos, uno de esos oráculos que reclaman para sí la posesión de la verdad y la encarnación de la virtud. Nunca falta en alguna sociedad, uno de estos descendientes de Maniqueo, que dividía el mundo en dos bandos polarizados: los buenos y los malos. Como nosotros creíamos que en la noche de la política todos los gatos son pardos, ellos nos rescatan del error y nos hacen ver que estamos equivocados, que la humanidad se divide en dos partes: los liberales, que son los ungidos y los progresistas, que son unos monstruos de perversidad.

Estos perdonavidas utilizan el lenguaje mesiánico y dogmático de los Savonarolas, erigidos en un púlpito imaginario, desde el cual lanzan fulminantes anatemas y mortales interdictos. Aplican el principio de que «el que no esté conmigo, está contra mí» y estos están condenados al fuego eterno. Son falsos Torquemadas que están siempre dispuestos a levantar hogueras inquisitoriales, donde van a terminar los herejes y los más veniales pecadores. Son los descendientes de Chausson, los que están siempre dispuestos a inmolar a Juana de Arco, aplicando el severo código de su dogma y que durante un siglo entregaron a un millón de mujeres y hombres a las llamas de sus piras, acusados de herejía, simplemente porque ellos poseen la verdad y encarnan la virtud, y porque no admiten ni perdonan las flaquezas humanas, ni se doblegan a sus dictados. Son los mismos que están dispuestos a inmolar al mismo Cristo, – como el Gran Inquisidor de Dostoyevsky, – cuando éste condena la intransigencia, la tolerancia y la deshumanización de sus postulados. Son esos que de tanto amar a la humanidad, terminan despreciando y odiando a los hombres.

Así como el perro viejo no le ladra a la luna, hemos aprendido a desconfiar de muchos de estos predicadores de la virtud y de la verdad. A menudo descubrimos una enorme dosis de tartufismo – como el personaje de Moliere, que simulaba virtud y beatitud  fingida, que cubría una hipocresía -.

 

Rodrigo Madrigal Montealegre.
El autor es académico, Politólogo, fundador de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR y Profesor Emérito de esa Escuela y Ex Viceministro de Cultura.
En La Nación 25/03/1974

Del mismo autor le podría interesar:

 

También podría gustarte

Comentarios

Cargando...