Luis Fernando Allen: Elecciones, bicentenario y COVID-19

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Luis Fernando Allen Forbes, Economista y Administrador de Empresas

Los costarricenses caminamos hacia el bicentenario a celebrar el período más prolongado de nuestra democracia. Lo que supone que la democracia es una construcción permanente, que en cualquier momento puede debilitarse incluso desaparecer, en otras palabras la legitimidad de la democracia no se adquiere de una vez y para siempre.

Desde su inicio el COVID-19 ha presentado retos apremiantes para las sociedades y sistemas democráticos del mundo. En unos pocos meses la pandemia ha trastocado aspectos fundamentales de la vida social del ser humano al restringir su participación en reuniones y encuentros públicos y dificultar el cumplimiento individual y colectivo de sus deberes cívicos, así como el goce de sus derechos políticos.

Esto supone que los comicios electorales hayan sido víctimas de  la pandemia obligando a los estados a transformar rápidamente las normas, las prácticas y los sistemas de gestión electoral por medio de la innovación y la elaboración de soluciones oportunas, adecuadas y sostenibles.

En los tiempos que vivimos la democracia no se reduce al mero ejercicio electoral, de allí la importancia de fortalecer no solo el derecho electoral que garantice las condiciones para acceder al poder político y al ejercicio del poder, sino para administrar la cuestión pública para generar el bienestar común.

El desencanto democrático contemporáneo es un hecho establecido. Se inscribe con evidencia en una historia hecha de promesas incumplidas e ideales traicionados. Las elecciones se convirtieron, al mismo tiempo, en el momento privilegiado de expresión de frustraciones democráticas, y esto se materializa en el ascenso de los partidos populistas.

La democracia costarricense es en la actualidad un mecanismo de  elección de la clase política que  gobierna. Está demostrado que la democracia ha aportado poco para potenciar y desarrollar  valores desde el poder. Todo lo contrario  y  evidente es que vivimos en un sistema corrupto impulsado desde el propio Estado “Democrático”.

Democracia no significa solo soberanía popular, deliberación pública, designación de representantes; democracia también significa atención a todos, consideración explícita de todas las condiciones. No ser representado es, en efecto, ser un invisible en la esfera pública, que los problemas de su vida no sean tenidos en cuenta y discutidos.

Una mayor visibilidad y una mayor legibilidad conducen además a mejorar la gobernabilidad de la sociedad y las posibilidades de reforma. Una sociedad con un déficit de representación de sí misma oscila, en efecto, entre la pasividad , el resentimiento y el miedo.

Finalmente, cuando se ocultan las realidades, se dejan las vidas en la oscuridad, los prejuicios y los fantasmas gobiernan la imaginación. Esto también es lo que alimenta la desconfianza y los temores. Cuando los individuos se ignoran, los mecanismos de repliegue y de pobreza se multiplican.

 


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