Luis Fernando Allen: Normalización del insulto

El insulto es el grito de quién no tiene razones, del que no es capaz de sustentar sus tesis sobre la base de argumentos válidos y que genera un diálogo sordo frente las razones de los demás.

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Luis Fernando Allen Forbes, Economista y Administrador de Empresas

Como sociedad nos desintegra una crisis moral, de un país que perdió sus valores tradicionales y la referencia a lo espiritual, Sucumbe también porque perdimos valores  que le aportan sentido a la vida,  estableciendo prioridades, límites morales y reglas de conducta.

Recientemente escuche que Antonio Desanti da su adhesión a José María Figueres y según José María se debe a la identificación de grandes tareas que tenemos como sociedad entre ellos la creación de empleos, crecimiento económico y la unificación del PLN y Antonio agrega que lo mejor es apoyar a José María por el bien de Costa Rica y la unión del partido.

En este contexto no analizaré si es conveniente o no el apoyo de Desanti a José María. Lo que sí ha resultado es una serie de memes e insultos y burlas hacia lo que ellos se decían en la campaña política anterior que al parecer resultó en burla al pueblo.

Hace ya algunos años el insulto se abre paso con fuerza en el lenguaje político,  como herramienta para despreciar a los adversarios políticos. La finalidad del insulto es desacreditar al oponente y avisar a los ciudadanos de la peligrosidad de la persona así como influenciar la orientación del voto; y por otro lado, es una herramienta útil para desviar la atención de un problema y para descargar culpas o responsabilidades.

Es claro la repercusión negativa que esto tiene sobre la ciudadanía,  ya que el más fuerte no es quién razona sino el que grita y ofende . El hábito se extiende gracias a la labor de los medios de comunicación y las redes sociales.

Los ataques entre o hacia políticos están a la orden del día y adquieren una dimensión pública en la que cada ciudadano está legitimado a aportar su propia dosis de ofensas. La descalificación se ha extendido peligrosamente a todas las esferas políticas hasta influir incluso en la sociedad y en el comportamiento de los ciudadanos.

El abanico de insultos es muy variado y día tras día, estamos asistiendo a una escalación de la violencia verbal: desde las calumnias generalistas hasta los ata ques personales, pasando por ofensas rabiosas o apodos creativos.

El insulto es el grito de quién no tiene razones, del que no es capaz de sustentar sus tesis sobre la base de argumentos válidos y que genera un diálogo sordo frente las razones de los demás.

El insulto fácil está alcanzando su máxima difusión gracias al fenómeno de las redes sociales. Aunque todavía no existe una jurisdicción al respecto, cada vez hay más querellas por insultos, amenazas por internet o ciberacoso.

La moderación viene a ser un verdadero problema para foros de periódicos, blogs y redes sociales en general, más aún, cuando las ofensas vienen consideradas como una forma más de libre expresión.

Por último, considerar el insulto como una libertad es una mala interpretación de la democracia y de los derechos que supone ser ciudadanos libres.  Por todo eso, hace falta cada vez más difundir una cultura de la palabra, basada y fomentada por una educación política y ciudadana de valores y respeto mutuo.


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