Luis Guillermo Solís Rivera, Expresidente de la República, Catedrático (ret.) de la Universidad de Costa Rica

Crecí entre libros. Por vocación familiar y por oficio, los libros y sus depósitos -las bibliotecas, las librerías y hasta las ventas de segunda mano- han formado parte de mi vida desde muy niño y nunca han dejado de ejercer sobre mí una fascinación casi religiosa independientemente de donde se encuentren. Durante décadas, hice un punto de visitar esos lugares como si fueran santuarios. No hubo capital a la que llegara, ni universidad en la que enseñara, ni ciudad que me acogiera, cuyas “casas de libros” no recibieran mi devota y en ocasiones, casi fervorosa visita. Aquél ritual era siempre obligatorio y su impacto en mi espíritu y en mi bolsillo (en el caso de las librerías) inexorable.

Había mucho de sensorial -no solo de racional y académico- en aquellas visitas. El olor a historia, la luz mortecina, los grandes anaqueles, el silencio sacramental de salas y corredores, las vetustas bibliotecarias o los apasionados vendedores de ediciones raras. Y también una sensación de continuidad, de inmanencia. Por aquellos pasillos habían caminado genios, hadas, ángeles y demonios. Sus butacas habían sido ocupadas por buscadores de luz, víctimas de la vida, jóvenes y viejas personalidades irrepetibles, riquísimos intelectos mil veces replicados por sus discípulos. En las ventas de segunda habían quedado amores empeñados, ideas desechadas, fotografías anónimas, viejas esperanzas, firmas que valen, aún hoy, un Potosí. Pero sobre todo sabiduría, torrentes de ella, disponible siempre y al alcance de la mano de toda persona dispuesta a buscarla en los catálogos, ficheros o mejor, en la mente prodigiosa de quienes conocían, por haber vivido en su interior la vida entera, el alma de aquellos parajes que resultaban tan misteriosos.

Recuerdo con absoluta claridad mi primera visita a una biblioteca. Fue a la Biblioteca Nacional, que en aquel entonces todavía ocupaba su vieja sede entre el Parque Morazán y el Teatro Variedades. La hice con mamá y tendría siete u ocho años, urgido de encontrar un libro sobre “hombres prehistóricos” para hacer una tarea encargada por una de mis maestras favoritas, la “Niña” Myriam Solano. Aquel edificio de piedra y ladrillos me produjo una verdadera “epifanía” incluso muchos, muchos años antes de saber que algún día llegaría a ser historiador. Su fachada, sus amplias puertas, la que me pareció entonces una enorme escalinata de madera que llevaba a los depósitos en la segunda planta, el sonido de las planchas de madera del piso, único audible fuera del roce de las páginas, todo aquello me impactó tanto, que hoy, casi seis décadas después, lo recuerdo como si hubiese sido apenas ayer.

Pero más todavía, recuerdo la figura alta y esbelta de un señor que bajaba aquella portentosa escalinata quien saludó a mamá por su nombre, me dio la mano caballerosamente y le preguntó qué nos traía a la Biblioteca. Sonriente, mamá le llamó “don Julián”, me lo presentó como el director de aquel establecimiento y, sin mayor ceremonia le dijo el motivo de nuestra aventura. Don Julián era el gran poeta Julián Marchena quien a la sazón casi concluía su primer ciclo en la dirección de la Biblioteca junto a don Moisés Vincenci (1938-1967), hizo lo que entonces era usual en los altos mandos de nuestras instituciones públicas: me tomó de la mano, nos invitó al segundo piso y él mismo nos llevó al libro que tanto necesitaba. Después bajamos, se despidió y fuimos atendidos por una señora que terminó de procesar manualmente el préstamo en tarjetones amarillos, según era usual en aquellos días.

Muchas veces fui a “la” Biblioteca desde entonces. Primero a la antigua y después, tras su demolición absurda y pueblerina, que con frecuencia asocié a una versión tropicalizada de la sentencia del general Millán Astray “(…) que muera la inteligencia”, a su sede actual al costado norte del Parque Nacional. Principalmente recuerdo tardes que se me hacían cortas en su extraordinaria Hemeroteca, investigando para mi querido maestro Samuel Stone. Pero todavía hoy la Biblioteca me conmueve, lo confieso, como lo hizo hace apenas pocas semanas cuando bajo su alero escuché a mi colega Manuel Araya Incera rememorar la vida y obra de mi madrina Hilda Chen-Apuy Espinoza bajo el patrocinio de su dilecta actual titular, doña Laura Rodríguez Amador.

Lamentablemente, a don Julián no lo vi más sino hasta pocos meses antes de su fallecimiento en 1985. Para entonces ya era profesor en la Escuela de Historia de la Universidad Nacional y fui a verlo, invitado por él, a su casa de habitación cerca del Parque Bolívar junto a doña Margarita Segreda. Me pidió atender una inquietud suya relativa a un manuscrito que poseía. No pude evitar contarle al prócer sobre nuestro primer encuentro que, obviamente, el viejo poeta no recordaba. Si me dijo que había aprendido a desconfiar de quienes lo visitaban y, para lisonjearlo, le decían que habían leído “todas sus obras”, cuando solo había publicado una, “Vuelo Supremo”, cuyo poema emblemático tuve la fortuna de escucharlo declamar esa tarde en un íntimo recital inolvidable.

Nunca compartí esta anécdota fuera del círculo de familiares y amistades cercanas. La resguardaba celosamente como un tesoro personal en el silencio de mis recuerdos más recónditos. Pero hoy, cuando me hacen el honor de pedirme alguna reflexión sobre los 135 años de la que ahora es la Benemérita Biblioteca Nacional “Miguel Obregón Lizano”, he decidido plasmarla aquí como un homenaje muy sencillo a don Julián, a don Miguel y a sus colegas directores desde 1888 a esta parte que incluyen a muchos de los gigantes de nuestra cultura. Entre otras personalidades a Máximo Soto Hall, Valeriano Fernández Ferraz, Lisímaco Chavarría, Adolfo Blen, Carlos Gagini, Roberto Brenes Mesén, Joaquín García Monge y un largo y distinguido universo de inigualable brillantez intelectual.

Como me siento hijo adoptivo de los libros, lo soy también de las bibliotecas y dentro de ellas, una: la Biblioteca Nacional de Costa Rica. En ella, un día conocí a don Julián, quien como yo mismo lo hice a miles de niños cuando fui presidente, me dio la mano y sonrió.