Hoy, como lo advirtió Cortázar, no tenemos derecho a ser insensatos, pero tampoco a permitir que otros, impunemente, lo sean.

Luis Guillermo Solís Rivera / Expresidente de la República


La frase no es mía. Es del gran literato Julio Cortázar. Me la topé mientras escuchaba una entrevista suya en Televisión Española pocos meses antes de su fallecimiento en 1983, en que compartía mesa con el poeta Ernesto Cardenal. Se refería Cortázar, obviamente, a los tiempos que corrían entonces, pero como “cada día tiene su afán” (Mateo 6:25) su vigencia es absoluta ahora que vivimos de nuevo, en momentos de oscuridad.

La sensatez, es expresión de prudencia, cordura y buen juicio. La insensatez, lo contrario. En un sentido general y en una acepción más popular, se le llama “insensatez” a la tontera, también a la locura, pero principalmente a la falta de buen entendimiento. El insensato es una persona que hace las cosas de forma ‘chambona” e irresponsable. No es un ignorante, sino un imprudente que es incapaz asumir (para no decir comprender a cabalidad) las consecuencias de sus palabras y sus actos.

Cuando Cortázar afirmó que “no tenemos derecho a ser insensatos”, lo hizo pensando en todas y todos nosotros, quienes somos simultáneamente, testigos y protagonistas de nuestro tiempo. Pero lo dirigió de forma explícita a quienes tienen poder. Es decir, a quienes poseen la capacidad de incidir en la realidad y -con mayor o menos éxito- cambiarla, ya sea para bien o para mal. Es lógico aspirar a lo primero, pero la experiencia es que ello nunca es la regla y, en más de un caso, se convierte en la excepción. No hay que ser historiador para saberlo y menos todavía, para entenderlo.

En Costa Rica la prevalecido la sensatez por muchos años. También ha habido insensatez en otros. Pero en un retrospectiva, es indudable que las decisiones que como sociedad adoptamos, nos permitieron avanzar, al menos en el último siglo, hacia horizontes de mayor bienestar. Ciertamente no para todos ni en igual medida, pero resulta innegable que la construcción de la república que tenemos, es producto de un gradual proceso de decisiones sensatas tomadas por el conjunto de liderazgos nacionales que, desde lo público y lo privado, le permitieron al colectivo nacional asumir lo costos y beneficios del Estado Benefactor. ¿Hubo errores y retrocesos? Sí, por supuesto, pero el balance de ese claroscuro es positivo, pues nuestro país alcanzó niveles de progreso humano difícilmente comparables con los angustiantes ejemplos del vecindario. No estoy seguro, y más bien temo, que tal no sea el caso de ahora en adelante. Y todo, por la insensatez que prevalece en las esferas gubernamentales y, lamentablemente, en buena parte de la ciudadanía que sin duda las respalda, pese a que será la que pague la cuenta una vez que prevalezca la voluntad de los que mandan y quieren seguir haciéndolo, sin controles y sin contrapesos jurídicos ni institucionales.

Cuando leí la frase de Cortázar, un hombre de espíritu universal, la contrasté de inmediato con una arenga de estos últimos días, en que un alto cargo de la administración de la señora presidenta Laura Fernáandez, inducía a un grupo de sus seguidores para que dijeran que no temían ni a la dictadura ni al cierre del Poder Judicial. Fue casi una epifanía para mí.

No porque descubriera algo que no sabía, sino porque me percaté de que así como para algunos aquello es una mera consigna, para otros resistirlo debería ser un mandamiento. No por necedad o ganas de importunar sino por responsabilidad con el presente y futuro de Costa Rica. Hoy, como lo advirtió Cortázar, no tenemos derecho a ser insensatos, pero tampoco a permitir que otros, impunemente, lo sean.

En Diario Extra.