Luis Paulino Vargas: La inflación

Pero la inflación, tanto a corto como a largo plazo, es mucho más que un fenómeno monetario. Depende, en primer lugar, del nivel de desocupación de personas trabajadoras e instalaciones productivas, lo que permitiría incrementar la producción sin incrementar los precios. En ambos aspectos, hoy la desocupación en Costa Rica es escandalosa.

Luis Paulino Vargas Solís, Economista (Ph.D.)

Al reiterar machaconamente las comparaciones con la crisis de inicios de los ochenta, uno de los fantasmas favoritos que los economistas del “mainstream” sacan del sepulcro, es el de la inflación, para lo cual apelan a una versión de la teoría monetarista, que, de tan simplona y vulgar, seguramente habría ruborizado al propio Milton Friedman.
El monetarismo recomendaba una regla fija para determinar el crecimiento de la cantidad de dinero en la economía en función del crecimiento que ésta tuviese. Esa regla fue aplicada por los bancos centrales a inicios de los ochenta del siglo pasado, y luego abandonada, por la sencilla razón de que se demostró que se basaba en una premisa falaz: la de que los bancos centrales pueden controlar la cantidad de dinero.
Por lo demás, los economistas a que hago referencia, cuando parlotean sobre la inflación, lo hacen desde una aplicación determinista de la llamada “teoría cuantitativa del dinero”, cuyas primeras formulaciones datan del siglo XVI. En los cincuenta, Friedman propuso un replanteamiento, el cual ganó gran popularidad en los setenta y ochenta.
Esta teoría afirma que el nivel de precios está en función de la cantidad de dinero en la economía (la oferta monetaria). La premisa de base es que la inflación es “siempre, y en última instancia, un fenómeno monetario”. A partir de esto, nuestros economistas afirman, con un simplismo enternecedor, que cualquier intervención del Banco Central que implique emisión de dinero, traerá inflación “como en los ochentas”.
Pero la inflación, tanto a corto como a largo plazo, es mucho más que un fenómeno monetario. Depende, en primer lugar, del nivel de desocupación de personas trabajadoras e instalaciones productivas, lo que permitiría incrementar la producción sin incrementar los precios. En ambos aspectos, hoy la desocupación en Costa Rica es escandalosa.
Pero, además, y sobre todo, la inflación tiene un trasfondo institucional y sociopolítico fundamental.
He ahí la enorme diferencia entre el momento actual, y aquel de los setenta y ochenta del pasado siglo. En aquel entonces, la relación capital-trabajo estaba mucho más balanceada que hoy día, y el contexto institucional propiciaba que se diera lugar a una espiral precios-salarios que se autoalimentaba y generaba un impulso inflacionario sostenido.
Hoy las personas trabajadoras son mucho más vulnerables frente al poder de la patronal, y la institucionalidad ha evolucionado hacia una gran permisividad en las decisiones de despido y contratación, lo cual además opera en el contexto de niveles catastróficos de desempleo, lo que obliga a las personas trabajadoras prácticamente a “mendingar” un empleo. La espiral “precios-salarios” de los setenta y ochenta ha desaparecido.
No entender esto es un anacronismo y una muestra de anquilosamiento teórico.

 

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