Luis Paulino Vargas Solís: Acerca del dólar – “algunos ganan; otros pierden”

Luis Paulino Vargas Solís, Economista.

En las últimas semanas, el debate sobre la cuestión del dólar se ha puesto caliente. Con el fin de justificar la situación actual, tanto desde el gobierno como desde el Banco Central, se defiende una tesis que se resume en la frase con la que encabezo este comentario. Esa idea necesariamente va de la mano de la tesis de que es el “libre mercado” el que determina que las cosas funcionen así. O sea: es una fuerza impersonal y despolitizada, a la que se le atribuye infinita sabiduría, la que lleva el dólar al punto donde se encuentra.

Resulta, entonces, que nadie tiene la culpa de que las cosas sean como son, y, siendo eso así, lo que permanece es el hecho de que alguna gente “gana”, y otra gente “pierde”. Por lo tanto, nada puede hacerse, excepto, quizá, rezar para que las ganancias de un lado sean mayores que las pérdidas del otro, de modo que, en el balance neto, la sociedad costarricense como un todo, salga gananciosa.

Ciertamente hay quienes ganan: las personas que tienen deudas en dólares; los bancos privados cuyo negocio en gran parte gira alrededor de la colocación de créditos en dólares; los oligopolios de la importación; el comercio que funciona con productos importados; las líneas áreas que ven incrementarse el flujo de turistas costarricenses hacia el exterior. Incluso el gobierno gana, ya que la deuda en dólares, al pasarla a colones, se desinfla.

A menudo dicen que el “consumidor” también se beneficia, pues dispondrá de productos importados más baratos. Y, sin embargo, esa idea es, cuanto menos, discutible, ya que hay indicios que sugieren que, en su mayor parte, la baratura del dólar repercute, principalmente, en mayor rentabilidad para importadores y comerciantes, y solo limitadamente en menores precio para la masa de consumidores. En realidad, es muy posible que el precio minorista de los productos importados, baje solo en la medida justa para sacar del mercado a la producción nacional. El caso del arroz es seguramente el que mejor lo ilustra, puesto que, a la baja del dólar se suma la fuerte reducción de los aranceles. De modo que, aunque en los últimos dos años, el precio internacional tendió a aumentar, aun así, quedaría un amplio margen para reducir el precio al consumidor. Y, sin embargo, y como es conocido, esa reducción jamás se dio, cuando, entretanto, las familias productoras costarricenses han sido lanzadas a la ruina por la fallida “ruta del arroz” chavista.

Esa narración sobre las “ganancias” derivadas del dólar barato, tiene elementos de verdad. Pero cuando nos pasamos a la hoja donde se anotan las pérdidas, la cuestión no se agota en el daño que seguramente están registrando las actividades de exportación y turismo, más el que sufren todos aquellos sectores productivos que compiten con importaciones. Hay todavía un algo más profundo y de más decisiva importancia: las consecuencias a largo plazo sobre la estructura productiva que esto podría tener.

Pongámoslo así: una situación de perdurable revalorización del colón, puede introducir un fuerte sesgo importador, que, al prolongarse en el tiempo, provocaría la destrucción de segmentos importantes de la economía, los cuales eventualmente se contraerían, sea porque, estando orientados hacia el mercado interno, no soportaron la competencia de importaciones artificialmente abaratadas por el tipo de cambio, o sea porque, orientados hacia el mercado externo, sufrieron una caída de su rentabilidad lo suficientemente fuerte y persistente, como para terminar cerrando el negocio.

O sea, podría darse un proceso de “desindustrialización”, en el sentido de que porciones importantes de la estructura productiva -de la industria manufacturera y del sector agropecuario- podrían, si no desaparecer, sí sufrir una contracción significativa. Y los que logren sobrevivir, seguramente lo harán alimentándose de insumos importados, en vez de hacerlo con insumos nacionales, lo que agrandará los huecos que ya se observan en el deshilachado tejido productivo de nuestra economía.

Cuando, en todo caso, es importante anotar que el proceso, en virtud del cual las importaciones van “mordiendo” y apropiándose de una porción creciente del mercado interno, no es nueva: es una de las tendencias de largo plazo, inherentes al modelo económico implantado en los marcos del proyecto neoliberal. Sin embargo, dentro de las condiciones que propicia la aguda caída del dólar de los últimos 19 meses, esa tendencia se ha profundizado y acelerado.

Claro, crecería toda la parte del comercio alimentado de importaciones, pero, en su conjunto, con una muy disminuida capacidad de creación de empleos, y niveles tecnológicos relativamente bajos.

Hay otros problemas que deberían interesarnos. Espero referirme a eso posteriormente.

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