Luis Paulino Vargas Solís, Economista.

Adam Smith nació el 16 de junio de 1723, en una pequeña ciudad llamada Kirkcaldy, a orillas del Mar del Norte, en Escocia. Falleció en Edimburgo el 17 de julio de 1790. Estudió en la Universidad de Glasgow y la de Oxford. Fue profesor en la Universidad de Edimburgo y luego en la misma Universidad de Glasgow. En 1759 publicó su primera gran obra, “Teoría de los Sentimientos Morales”, que, en lo fundamental, es un trabajo filosófico. Su mayor fama proviene de su segundo gran libro: “Investigación sobre la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones”, publicado en 1776.

Esta segunda obra es la que motiva a que de él se diga que es “el padre de la economía moderna”. Ocurre, además, que los autodenominados “liberales en lo económico” (en Costa Rica tenemos ejemplares muy conocidos) a menudo apelan a Smith como su gran precursor. Hay buenas razones para dudar de esto último, puesto que la obra de Smith está cruzada y enriquecida por profundas reflexiones morales, algo por completo ausente en esos personajes contemporáneos. Pero creo que mejor dejamos esa faceta del asunto para otro día.

Mejor preguntémonos: ¿es correcto decir de Smith que es el “padre de la economía”? Yo le daría a esa pregunta una respuesta matizada.

Para empezar, es cierto que “La Riqueza de las Naciones” es una obra magna, la cual, desde el punto de vista de la economía, brinda aportes en muchos sentidos pioneros y fundacionales. Primero, por sus ambiciosos alcances y el abordaje sistemático, riguroso y comprensivo que hace de los asuntos económicos más relevantes de su época. Segundo, porque deja sentadas las bases fundamentales en que se asienta la indagación y reflexión económica a lo largo de décadas y siglos, hasta el día de hoy. Smith influye a sus sucesores dentro del linaje de los economistas clásicos (Ricardo, Malthus, Mill, etc.); reformulado de diversas formas, está presente lo mismo en Carlos Marx, que en la archiconservadora corriente marginalista o neoclásica, y, como vemos, incluso hoy día, hay “liberales en lo económico” que no dejan de mencionar su nombre.

En resumen: debemos tener claro que Smith es muchísimo más que la famosa metáfora acerca de la “mano invisible”, la cual, por cierto, solamente aparece mencionada una vez en “La Riqueza de las Naciones”, para ser más preciso, en el capítulo II del libro cuarto (“De los sistemas de economía política”).

Pero también sería injusto no reconocer que la reflexión e indagación rigurosa sobre asuntos económicos, empezó a darse desde mucho antes que Smith hubiese publicado su célebre obra. La encontramos en la Grecia Antigua, especialmente en Aristóteles (384-322 antes de nuestra era), sobre todo en sus obras La Política y Ética Nicomáquea. La encontramos en la corriente mercantilista, que floreció en Europa entre los siglos X y XIV, de la cual el liberalismo económico se encargó de construir una imagen caricaturesca, y hasta ridícula, no obstante que -como bien lo señaló Keynes- lo que hizo fue promover políticas de desarrollo, muy similares a las que, en los siglos XIX y XX, permitieron el ascenso de las potencias capitalistas actuales. La encontramos, incluso, en algunos monjes medievales, a menudo citados por autores de la escuela marginalista austríaca.

En especial, debemos mencionar a los fisiócratas franceses -sobre todo François Quesnay (1694-1774)- quienes antecedieron por muy poco a Smith, pero lo influyeron de forma significativa, sobre todo con motivo de su estadía en Francia entre 1764 y 1766.

O sea: quizá podamos decir que Smith es el “padre de la economía moderna”, pero sin dejar de mencionar y reconocer los abuelos y tatarabuelos.

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