Luis Paulino Vargas Solís, Economista.

Conversar sobre la economía marginalista o neoclásica es muy importante, porque vivimos un mundo que, en medida nada despreciable, ha sido modelado por esa teoría económica. A lo largo de generaciones, esta ha esculpido la visión de mundo de incontables economistas, incluyendo prácticamente a la totalidad de quienes, desde encumbradas posiciones de poder, han tomado las grandes decisiones de política económica.

En la entrega anteriores (los “apuntes sobre economía 4 y 5”), expliqué cómo fue el nacimiento de la llamada “economía marginalista” también llamada “economía neoclásica”, y brevemente hice referencia a sus premisas fundamentales. Ahora intentaré explicar, de forma lo más intuitiva posible, la “concepción de mundo” (o, puesto en elegante: la ontología y epistemología) de esa teoría marginalista o neoclásica.

  1. Como mencioné en mis “apuntes” anteriores, la “Teoría del Equilibrio General”, un aporte original del economista francés León Walras (1834-1910), es, con seguridad, el núcleo central de esta economía marginalista. La interrogante que anima la propuesta del “Equilibrio General” es, con seguridad, la misma que hizo que Adam Smith propusiera la metáfora de la “mano invisible”: ¿cómo un sistema económico descentralizado -conformado por muchas empresas, hogares y personas que actúan y deciden en forma independiente – lograba coordinarse y funcionar?
  2. El País de Nunca Jamás: como en la ficción de James M. Barrie, que nos relata la historia de Peter Pan y Campanita, la respuesta que la teoría económica elabora por medio del modelo del “Equilibrio General”, construye un mundo de fantasía, por completo ajeno a la realidad de los seres humanos. Eso es así en vista del nulo realismo de las premisas de base y de la forma como se describen el sistema económico y su funcionamiento. No solo es una tierra mágica, sino, además, un mundo eternamente infantil, del que se borraron los desafíos propios de la adultez.
  3. Por su construcción matemática, el sistema económico que el modelo describe vive en un eterno presente, un tiempo lógico o matemático, no natural ni humano, en el cual ese presente es, a un mismo tiempo, pasado y futuro.
  4. En esa tierra mágica, no habitan seres humanos comunes y silvestres, con lo que es propio de su condición de tales: más o menos sabios o ignorantes, falibles, caprichosos, cambiantes, influenciables, racionales en parte, emocionales e incluso irracionales en otra parte.
  5. Habitan, en su lugar, “agentes económicos” a los que se les atribuyen virtudes que son propias, no de una persona humana, sino más bien de espíritus celestiales: su comportamiento es perfectamente racional, tanto como es perfecto el conocimiento que poseen, todo lo cual les permite tomar decisiones óptimas (e instantáneas), para maximizar un determinado objetivo económico. Y siendo así de “perfectos”, son, sin embargo, seres unidimensionales: su vida se reduce al logro de ese objetivo económico, puesto que este parece ser su única razón para existir.
  6. Hay muchos individuos, o sea, muchos agentes económicos, y muchos mercados. O sea, muchas decisiones que, se supone, son adoptadas las unas independientemente de las otras. Todo eso debe “equilibrarse”, o sea, en cada mercado la oferta ha de igualarse con la demanda, de modo que todo se venda y el mercado se “vacíe”, y eso debe ocurrir en todos los mercados al mismo tiempo. De ahí lo del “Equilibrio General”.
  7. Pero ese equilibrio debe cumplir con dos condiciones clave: debe ser único y debe ser estable. Que sea único, significa que existe un solo precio al cual cada mercado se equilibra. Que sea estable significa que, si por alguna extraña razón, ajena al propio mercado (quizá un “espíritu chocarrero”), se genera un desequilibrio, el mercado retorna de inmediato al equilibrio.
  8. Siendo que, como ya dije, hay muuuuchos “agentes económicos”, resulta entonces que todos son muy pequeños y ninguno tiene poder suficiente para ejercer influencia alguna sobre el precio que rige en el mercado. A eso le llaman “competencia perfecta”. Como vemos, en el País de Nunca Jamás todo es perfecto.
  9. Pero aquí surge un problemita: si nadie puede influir el precio ¿cómo se hace para que este cambie y poder llegar al equilibrio, o bien restablecerlo cuando algún “espíritu chocarrero” lo altera? He ahí la pregunta de los cien mil camellos bailando en la punta de un alfiler, la cual puso al señor Walras a sudar tacacos. La resolvió introduciendo un “deus ex machina”, o sea, un demiurgo: el famoso subastador de Walras.
  10. Este subastador anuncia precios, recibe ofertas y demandas de la diversidad de “agentes económicos” y si no se logra empatar las unas con las otras y establecer el equilibrio, modifica ese precio y vuelve a anunciarlo. Nada podría ser más ridículamente contradictorio, puesto que la economía de mercado, altamente descentralizada, cuyo funcionamiento se pretendía explicar, termina resolviendo sus problemas mediante un mecanismo centralizado y autoritario.
  11. El modelo del “Equilibrio General” walrasiano, que surge en el decenio de 1870, ha dado lugar, a lo largo de las décadas, a una abundante producción teórica, cada vez más sofisticada en su formulación matemática. Últimamente evolucionó hacia modelos computarizados, modelos basados en las nociones de caos y complejidad y modelos alimentados por la teoría de los juegos. Desarrollos matemáticos publicados entre los decenios de los cincuenta y los setenta del siglo pasado, llegaron a la conclusión de que el equilibrio ni es único ni es estable y que, por lo tanto, no es equilibrio. Lo cual hace implosionar todo ese esperpéntico edificio teórico.
  12. Los problemas fundamentales siguen en pie, y se pueden resumir en lo siguiente: son modelos teóricos de un altísimo nivel de abstracción, los cuales, en su afán por lograr los resultados deseados, priorizan las condiciones matemáticas a la relevancia económica. O sea: nada dicen de la economía realmente existente, en la que habitan las personas humanas de carne y hueso. Son el País de Nunca Jamás.

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